Pantalla Grande

Megalópolis

CINE KAMIKAZE



Director: Francis Ford Coppola

Guion: Francis Ford Coppola

Fotografía: Mihai Malaimare Jr. (Color / 2.00:1)

Música: Osvaldo Golijov

Montaje: Cam McLauchlin, Glen Scantlebury, Robert Schafer

Diseño de Producción: Beth Mickle, Bradley Rubin

Dirección Artística: Samantha Avila, Brittany Hites, David Scott, Domenic Silvestri, Freddy Waff

Vestuario: Milena Canonero

Productores: Francis Ford Coppola, Michael Bederman, Barry Hirsch, Fred Roos

Productores Asociados: Jesse James Chisholm, Adriana Rotaru

Co-Productores: Mariela Comitini, James Mockoski, Masa Tsuyuki

Productores Ejecutivos: Darren Demetre, Anahid Nazarian, Barrie Osborne

Intérpretes: Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight, Laurence Fishburne, Talia Shire, Jason Schwartzman, Kathryn Hunter, Dustin Hoffman, Grace VanderWaal, Chloe Fineman, James Remar, D.B. Sweeney, Isabelle Kusman, Bailey Ives, Madeleine Gardella, Haley Sims


Idioma (VOSE): Inglés

Duración: 138'

SESIÓN 03.12.25

Además de liderar durante la década de los 70 a los integrantes del recién constituido Nuevo Hollywood —entre otros, Martin Scorsese, Brian De Palma, Steven Spielberg o George Lucas—, Francis Ford Coppola, mítico artífice de El padrino (The godfather, 1972), escenifica a la perfección las glorias y desdichas características del cineasta-íntegro-en-busca-de-independencia-artística. Apocalypse now (Apocalypse now, 1979) fue el primero de sus largometrajes producido al completo por American Zoetrope, productora fundada en 1969 por Coppola junto a George Lucas con la intención de esquivar a los grandes Estudios. Por desgracia, Corazonada (One from the heart, 1982), el siguiente film dirigido por el italoamericano tras su odisea vietnamita, supuso un batacazo económico de tal magnitud que, según el mismo Coppola ha declarado en diversas entrevistas, durante los siguientes quince años tuvo que producir y dirigir películas, no siempre de su agrado, con el único objetivo de saldar las deudas contraídas. Su último film “no independiente” fue Legítima defensa (The rainmaker, 1997), título de encargo basado en un superventas de John Grisham, gracias al cual pudo finalmente reparar el descubierto generado por Corazonada. Desde entonces, y tras un hiato de diez años alejado de la dirección —tiempo durante el cual se centró en diversos negocios vinícolas, hosteleros y editoriales de carácter familiar—, Coppola ha tratado de hacer realidad su sueño de la independencia artística total, aunque con resultados quizá un tanto discutibles, arriesgando (y perdiendo) toda su fortuna personal en una serie de largometrajes que, tanto la crítica como el público, e incluso los distribuidores, han preferido ignorar.

Por consiguiente, el tramo final de su filmografía es un catálogo de rarezas inclasificables, como el experimento Distant vision (2015) que aún permanece sin fecha de estreno, o montajes alternativos de ciertos títulos ya amortizados durante sus años de prestigio, pero que, a juicio del cineasta, aún pueden mejorarse. No obstante, son sus nuevos largometrajes los que más nos interesan: un cuarteto de títulos en los que el director parece coquetear con estilos y temáticas afines a otros autores que él admira, pero situados en las antípodas de su cine, como David Cronenberg en El hombre sin edad (Youth without youth, 2007), Pedro Almodóvar en Tetro (Tetro, 2009), David Lynch en Twixt (2011) o el mismísimo Federico Fellini en Megalópolis (Megalopolis, 2024). Suplantaciones de personalidad aparte, se puede afirmar que durante este último periodo Coppola ha hecho lo que le ha dado la gana, sin nadie, más allá de las limitaciones presupuestarias, que le impusiera decisiones ajenas a su voluntad.

Inspirada en personajes y sucesos históricos acaecidos en el siglo I durante los años finales de la República Romana, Megalópolis se erige como una monumental parábola de ciencia ficción en la que, tras sufrir algún tipo de cataclismo, Nueva York ha pasado a llamarse Nueva Roma. La ciudad es gobernada de manera autocrática por el alcalde Franklyn Cicero (Giancarlo Esposito), que se opone frontalmente a las ideas visionarias del arquitecto Cesar Catilina (Adam Driver), empeñado en reedificar la ciudad para hacer realidad su sueño de un futuro utópico. A tal fin pretende utilizar el megalón, una sustancia milagrosa creada por él mismo, susceptible de emplearse tanto como material de construcción como en el diseño textil o en el campo de la medicina, aunque Cicero y sus huestes hayan iniciado una campaña de descrédito advirtiendo de los numerosos peligros derivados de la supuesta inestabilidad del megalón. Figura clave en este enfrentamiento es el banquero Hamilton Crassus III (Jon Voight), tío de Catilina y víctima de un complot liderado por su hijo Clodio Pulcher (Shia LaBeouf), aspirante a heredar la fortuna que, en última instancia, permitiría materializar el sueño del arquitecto. Por otra parte, Catilina esconde motivos personales que justifican su enemistad con el alcalde, y que la hija de éste, Julia Cicero (Nathalie Emmanuel), trata de averiguar mientras se enamora del rival de su padre. En semejante hervidero, el único aliado de Catilina es su fiel mayordomo Fundi Romaine (Laurence Fishburne), quien además ejerce como narrador de la historia.

Megalópolis ha sido un proyecto largamente acariciado por Coppola que empezó a gestarse en el año 1977, hace ya casi medio siglo. Por fin, tras superar obstáculos económicos y humanos de todo tipo, llega a nuestras pantallas precedida de las inevitables dosis de controversia. Al fin y al cabo, se trata del sueño de toda una vida, mediante el que Coppola, plenamente identificado con el arquitecto protagonista del film, ha intentado demostrar que, en ese mundo utópico que él imaginó, los artistas serán al fin libres para crear sin restricciones de ningún tipo. Pero la crítica no ha sido especialmente amable con este título de resonancias ampulosas, que, según parece, será el largometraje que cierre la filmografía del Maestro, juzgándolo, de manera harto extremista, o bien como la última obra maestra de un genio, o tachándolo de desastre caótico e intolerable. Bien levante aplausos o pataleos, lo que no cabe dudar, dado el puesto de honor que ocupa Coppola en la Historia del Cine, es que el estreno de Megalópolis supone todo un acontecimiento que los amantes del cine no podemos dejar escapar. A través de un estilo visual a todas luces excesivo, a veces descoyuntado y siempre provocador, que bascula a partes iguales entre lo deslumbrante y lo aparatoso, Coppola cierra su filmografía con esta metáfora ciclópea y fabulesca, también algo naíf, de la Norteamérica actual. Metáfora, por cierto, fácil de trasladar a cualquier país moderno en el que los enfrentamientos ideológicos hayan experimentado un recrudecimiento en los últimos tiempos, lo que inevitablemente parece alejarnos de toda posibilidad de utopía. Por desgracia, en ninguno de estos países se fabrica el megalón, esa sustancia de la que tanto Catilina como Coppola aseguran que están hechos los sueños. 

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