Cuando las tres plagas (guerra, peste, hambre) se desatan sobre la Tierra, el Cielo, representado por un Arcángel (Werner Fuetterer), hace una apuesta con Satanás (Emil Jannings): si el demonio consigue corromper a un hombre sabio y bueno como Fausto (Gösta Ekman), destruyendo lo que hay de divino en él, podrá reinar sobre la Tierra. Satán acepta la apuesta, porque sabe que ningún hombre es capaz de resistirse al mal. Las alas del diablo cubren la ciudad y la peste se extiende: unos rezan y hacen penitencia para pedir la salvación y otros se lanzan al desenfreno para disfrutar del poco tiempo que les queda. El anciano Fausto, médico y alquimista, intenta infructuosamente encontrar una cura para la enfermedad. Cuando todos sus intentos fallan, piensa que ni la fe ni la sabiduría sirven para nada. Desesperado, quema todos sus libros. Pero una página que arde en el fuego revela “casualmente” una forma de invocar al demonio… En un cruce de caminos, bajo la tormenta, Fausto acude al maligno, que aparece como Mefistófeles (Emil Jannings). Éste le ofrece servirle y entregarle el poder y la gloria… a cambio de su alma, claro. De momento, le ofrece una “prueba” de un día, que Fausto acepta, firmando con su sangre. Gracias al poder diabólico, Fausto crea una cura para la peste, lo que todos celebran… Pero, como se ha pasado al lado del mal, Fausto ya no puede acercarse a un crucifijo (como los vampiros). Al ver eso, los asustados y tornadizos aldeanos lo rechazan y le apedrean. Desolado, Fausto se dispone a beber veneno para morir. Pero Mefistófeles le detiene: cómo piensa en morir, si no ha vivido. Toda su vida no ha sido más que “moho y libros”, le dice el demonio. Y entonces le hace la oferta que nadie puede rechazar: recuperar la juventud.
Un joven Fausto (también Gösta Ekman) es conducido por un Mefistófeles igualmente rejuvenecido (Jannings) y ambos sobrevuelan la Tierra en una capa voladora. El recorrido (una de las secuencias más pasmosas del film) termina junto al mar, en el palacio de los Duques de Parma. Con ayuda del poder diabólico, Fausto seduce a la Duquesa (Hanna Ralph), mientras Mefistófeles asesina al Duque (Eric Barclay). Cuando Fausto tiene a la Duquesa en sus brazos, Mefistófeles le informa de que ha terminado el día de prueba y tiene que firmar el “contrato de permanencia”. Fausto acepta el trato: la juventud y el poder a cambio de su alma. Pero, pasado un tiempo, se cansa de los palacios y quiere volver a su ciudad. Y allí se enamora de la joven Gretchen (Camilla Horn), que vive con su madre (Frida Richard) y su hermano Valentin (Wilhelm Dieterle). Con la ayuda de unas joyas proporcionadas por Mefistófeles (que en toda esta parte nos recuerda al “gracioso” de nuestro teatro del Siglo de Oro) y con la mediación de la tía Marta (Yvette Guilbert), Fausto consigue enamorar a Gretchen, mientras entre Marta y Mefistófeles se produce, en paralelo, un tira y afloja bastante chistoso. Aunque haya habido una trampa en su origen, la pasión que surge entre Fausto y Gretchen es sincera y de verdad… Pero el demonio no puede dejar de enredar, para lograr la condenación de Fausto… El resto, ya lo verán. Únicamente adelantamos (alerta de espóiler) que al final hay un claro incumplimiento de contrato y que todo se resuelve por el poder de una palabra eterna, que prevalece sobre todo: LIEBE, amor.
Fausto es la película más “expresionista” de Murnau y una de las grandes obras maestras de su director. Su premisa fantástica y su contenido moral se plasman en un deslumbrante dominio de las luces, las sombras, los efectos, la arquitectura y lo que Eric Rohmer llamó “organización del espacio”.