Hay un chascarrillo o chiste breve en el que la esposa, criticando a los vecinos de enfrente, le dice a su marido “¿Te puedes creer que se han gastado un millón en construirse en el cementerio un panteón familiar? Mucho dinero, y luego no tienen donde caerse muertos”. Esta es la preocupación que tiene la abuela de nuestra historia, aunque lamentablemente aún no ha conseguido reunir el dinero suficiente.
Muchas de las películas de temática familiar que hemos proyectado en nuestro Cineclub proceden de Japón. Como ya recordarán por anteriores críticas, constituyen un género propio con etiqueta diferenciadora: Shomin-geki . Pero en esta ocasión abordamos este género desde otra cinematografía también oriental, la tailandesa. No es un país muy frecuentado en nuestras pantallas, si mis archivos no me fallan, sólo teníamos proyectada una película anterior; la fascinante e incalificable Tío Boonmee, que puede recordar sus vidas pasadas (2010). En el presente caso nos encontramos con un cine menos experimental y seguramente mas disfrutable para todos los paladares. Tailandia es un país en el que han confluido diferentes pueblos asiáticos y que ha tomado prestada la influencia de muchos de ellos. Por ese motivo, en lo sustancial, nos recordará algunas formas de acercarse a la realidad familiar que habremos visto anteriormente en Japón, Corea o China.
Como ser millonario antes que muera la abuela es el título elegido por la mayor parte de los distribuidores mundiales de la cinta (lógicamente, según el idioma de cada país). El título original es Lahn mah, que, si mi dominio del tailandés está en lo cierto, se traduce como “El nieto y la abuela”. Es indudable que el título elegido para la exportación nos promete más explícitamente que nos encontramos ante una comedia. Sí, pero no. Es seguro que reirán en algunos momentos, en sus visitas al cementerio o en sus rezos y devociones a las distintas deidades que abarrotan su casa, pero también les ablandará el corazón y puede que les haga soltar alguna lágrima.
A la abuela le han diagnosticado un cáncer en fase muy avanzada. Sus tres hijos empiezan a planificar quién podrá cuidarla durante la quimioterapia y la convalecencia. M, el nieto de su única hija, vislumbra en ello una oportunidad provechosa de negocio. Sospecha que la herencia se la llevará el que la cuide hasta el final. No ha cuidado nunca a nadie, ni siquiera se sabe cuidar a sí mismo. Su sueño de labrarse un futuro como streamer en internet ha quedado en eso, un sueño. La abuela es la última esperanza de ganar un dinero fácil. ¿Cuánto le puede quedar, tres o cuatro meses? Merece la pena.
Los hijos varones tienen un cálculo interesado. El menor de ellos es la oveja negra, que no pierde la ocasión de dar sablazos a su madre. El otro tiene una visión más empresarial, confía en ser él quién se lleve al final todo el patrimonio. La madre de M es la única descendiente que no es movida por el egoísmo y le preocupa la decisión de su hijo.
Podría decirse que en ese microcosmos familiar puede que nos identificáramos con alguno de sus miembros o veamos reflejados esos comportamientos en personas próximas a nosotros. Al fin y al cabo, la familia es algo que no se elige, la aceptamos como algo que nos vino impuesto y, con frecuencia, llegamos a quererla.
Esta es la ópera prima de Pat Boonnitipat y con ella ha conseguido ser la película más popular en Asia durante el pasado año, pisando fuerte en los distintos estrenos occidentales. Al igual que el personaje de la abuela, él también tiene raíces chino-tailandesas, ello le permite unir las diferentes formas de concebir la familia y el choque cultural con el mundo moderno.
Respecto al elenco, me van a perdonar que no me detenga más de lo imprescindible. Confieso no conocer a fondo esta cinematografía, ya sólo aprenderse los largos e impronunciables nombres de sus actores y directores más populares es todo un reto. El joven que interpreta al nieto (Putthipong Assarattanakul), es un conocido y popular cantante con algunas películas en su haber, todas en Tailandia. La abuela (Usha Seamkhum) no tenía ninguna experiencia en la interpretación, pero fue un acierto indudablemente. El peso de su presencia se nota, incluso en los momentos en los que no aparece en pantalla.
Ver cinematografías exóticas, como es este caso, tiene siempre una doble virtud. Si tenemos suerte, la calidad de la película; en segundo lugar, el acercamiento a una cultura y tradiciones fascinantes para los ojos de un occidental con poca experiencia aventurera. A modo de anécdota, vale la pena fijarse en la peculiar forma que tienen en este país para hacer cola en las consultas de los ambulatorios públicos. Al paso que va nuestra sanidad no es descartable que lo acabemos copiando.
Nos encontramos frente a un meritorio Shomin-geki a la tailandesa. Puede que no estemos frente a un Mizoguchi, Koreeda ni por supuesto ante un Yasujiro Ozu, pero consigue reunir las mejores virtudes que debe tener este género específico. Es fácil de ver, sin ser superficial; tiene momentos divertidos, sin ser del todo una comedia; tiene momentos emotivos, sin ser un drama. Por último, nos permite reflejarnos en la parte que nos afecta a todos como integrantes de un colectivo familiar. Entre nuestros respetables abonados habrá abuelos, padres, hijos y puede (sólo puede) que algún nieto. Todos nosotros hemos disfrutado muchas veces de la familia y también muchas otras la hemos padecido. Qué se le va a hacer. Como dijo Mark Twain, los familiares son como los mosquitos, puede que no los soportemos, pero tienen nuestra sangre.