De AzulOscuroCasiNegro (2006), de Daniel Sáchez Arévalo, a Whiplash (2014), de Damien Chazelle, pasando por Madre (2019) de Rodrigo Sorogoyen a Cerdita (2022), dirigida por Carolina Pereda, son muchos los cortometrajes que han acabado teniendo una continuidad y extendiendo su duración al largo. Por donde pasa el silencio, ópera prima de Sandra Romero, es un nuevo ejemplo de esta tendencia aunque, como señala la propia realizadora sevillana, pese a compartir el mismo título, elenco protagonista (los hermanos Araque) y premisa inicial (la vuelta de Antonio al pueblo sevillano de Écija durante las vacaciones de Semana Santa), «no tienen casi nada que ver». Si el cortometraje con el que la joven cineasta ganó la Biznaga de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de Cine de Málaga en el año 2020 se centraba en el reencuentro con un antiguo novio, el largometraje se ocupa principalmente de la relación con sus hermanos y otras relaciones familiares. Antonio (que es actor profesional), Javier y María se interpretan a sí mismos en el filme en un notable ejercicio de aunar realidad y ficción bajo la premisa de la naturalidad y la autenticidad. «Empecé a escribir pensando en ellos, pero los pongo en situaciones ficticias, aunque la enfermedad de Javier es real y traspasa toda la película. Partimos de una realidad delicada que él puso sobre la mesa con total honestidad», explica Romero. Se refiere a la discapacidad que padece y que en filme se erige en el núcleo central del conflicto cinematográfico sobre el que Antonio tendrá que tomar una decisión: volver al pueblo para ayudar a su familia o seguir haciendo su vida lejos de ella.
Esta especie de realismo ficcionado nace, en realidad, de lo cotidiano, de la cercanía. Sandra y la familia Araque se conocen desde siempre. Todos nacieron y se criaron en el pueblo sevillano de Écija. Además, la directora es amiga íntima de Antonio desde la adolescencia. Evidentemente, indica, «tenemos vivencias muy parecidas. Nuestras vidas dialogan mucho y empecé a escribir esta película», relata. Cuando el guion ya se encontraba en una fase muy avanzada, realizadora y protagonistas ensayaron durante seis meses en los que «toda la parte que yo había escrito y el tono que yo estaba buscando se conjugó con las improvisaciones de ellos llegando a transformar algunas escenas», explica. El objetivo no era otro que todo fuera de verdad, natural, «que no parecieran personas recitando los textos que yo les había escrito», concluye. El resultado es un retrato, en ocasiones duro y descarnado, visceral y sin anestesias, del amor fraternal y de las presiones y exigencias familiares. «Ellos y yo hemos puesto las tripas. Ha sido gratificante y doloroso, pero la ficción nos ha ayudado a enmarcar cosas que son inabarcables en la vida, que a veces no entendemos del todo», afirma la cineasta. De esa mezcla de documental y cine surge una construcción ficticia que toca partes reales de las personas que están delante de la cámara. El resultado, es una autenticidad en algunos momentos deslumbrante en la que el espectador se siente testigo privilegiado y casi uno más de la familia. A veces, eso sí, con incomodidad, porque en el fondo Por donde pasa el silencio no es un retrato amable de la familia, sino un filme que habla del desgarro del desarraigo para los que se van y para los que se quedan y también de esos chantajes emocionales derivados de las obligaciones familiares o de las ausencias.
El guion, que se fue perfilando en una de las becas de residencia de la Academia de Cine Española, consiguió entrar en el prestigioso proyecto Script Station de la Berlinale. Pero los ensayos también tenían como objetivo que los actores no profesionales fueran familiarizándose con la cámara, de ahí que en ese medio año de labor previa al rodaje también estuviera presente el director de fotografía, Angello Faccini. «Quería una puesta en escena un poco invasiva en este sentido, con una cámara muy cercana que siempre estuviera a escasos centímetros de los actores, una manera de trabajar que requiere mucho tiempo de preparación para que se puedan conseguir buenos resultados», añade la realizadora, que obtuvo muy buena acogida con este filme en la sección New Directors en la 72º edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
El resultado, en este sentido, resulta sumamente interesante en cuanto a cómo quedan diluidas las fronteras entre la ficción y lo documental y cómo se integran y refuerzan ambos para crear casi una realidad híbrida en un entorno, el familiar, que para la realizadora ofrece un campo de investigación muy interesante desde el punto de vista narrativo. «En Andalucía la familia es muy importante. Renunciamos a muchas cosas por ella», asegura. Además, quería hacer una película que hablara del amor y de la relación entre hermanos, algo que, como hija única, le resulta fascinante e incluso «muy misterioso». En el caso de Antonio y Javier mucho más, puesto que son mellizos.
En Por donde pasa el silencio, con las procesiones de Semana Santa como telón de fondo, los personajes tratan de resolver sus problemas, se enfrentarán a situaciones incómodas, hablarán de asuntos pendientes y participarán en celebraciones familiares, pasando como en las mejores familias, del amor al ‘odio’. Andalucía, su cultura, su idiosincrasia, y no sólo por las festividades semanasanteras, está también muy presente en el filme debut de Sandra Romero. «A mí me apetece que esté en las películas. Creo que tenemos que acostumbrarnos a escuchar otros acentos», considera.