El legado de Anna Turbau en la fotografía contemporánea es innegable. Su obra ha dejado una huella profunda en la fotografía española. Sus fotografías son un testimonio de su tiempo, pero también una reflexión sobre la condición humana.
En 2017 recibe el reconocimiento a buena parte de su trabajo gracias a la exposición A intimidade da imaxe, y a la publicación que le acompañó, Anna Turbau. Galicia, 1975-1979, todo ello de la mano del Consello da Cultura Galega.
Además, Turbau ha realizado diversas exposiciones individuales y colectivas, ha publicado varios libros y ha participado en diferentes seminarios y festivales de fotografía. Su obra se atesora en diversas colecciones, entre las que cabe destacar el Centro Gallego de las Artes de la Imagen y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Desde mediados los noventa del siglo pasado vivió entre Calatañazor (Soria) y Barcelona, continuando su trabajo fotográfico como la serie Mujer y Silencio (2009) o la documentación de la exhumación de fusilados de guerra en Calatañazor (2017), con la colaboración de su marido Llorenzo Soler, cineasta y documentalista valenciano.
Desde 2023, la Fundación Photographic Social Vision representa su obra, encargándose de su preservación, incluyendo catalogación y digitalización, y también de su difusión, asesorando a la autora en la organización de exposiciones y venta de obra.
En los últimos años Anna Tubau estaba muy ilusionada en retomar su carrera de fotógrafa, no ya en el mundo periodístico, sino como artista de la imagen. Había realizado varias colecciones y exposiciones de gran interés, también había sido reconocida su trayectoria en Galicia durante el final de la década de los setenta, invitada a participar en muestras, charlas, ofreciéndole igualmente distinciones y actos de gran aprecio. Lo mismo en su Cataluña natal, donde algunas de sus obras figuran en los más destacados museos.
Especialmente animada con su trabajo, quería participar dentro de Soria en numerosas actividades y en el Centro Nacional de Fotografía de reciente creación en nuestra ciudad.
Su repentino e inesperado fallecimiento ha frustrado todas estas expectativas, si bien es nuestro deseo y así lo esperamos que asociaciones fotográficas tanto nacionales como provinciales, la Escuela de Arte y Superior de Diseño y el propio nuevo Centro, reconozcan su valía y muestren su obra.
Mientras, el cineclub Uned le rinde un homenaje proyectando el documental La mirada de Anna, realizado por Lorenzo Soler.
En los primeros años de la transición política española -desde 1977 a 1979-, la fotoperiodista catalana Anna Turbau se trasladó a Galicia para trabajar como free lance para las publicaciones Interviú y Primera Plana, dos revistas editadas en Barcelona que marcaron una nueva manera de hacer periodismo comprometido. Hasta entonces, Anna había estado ejerciendo la profesión en Cataluña donde se centró en el tratamiento de temas sociales y políticos, en una época en que no era precisamente fácil. En los últimos años del franquismo y del tímido despertar de algunos medios de comunicación, el simple hecho de sacar una cámara a la calle despertaba las sospechas de las fuerzas del orden. La cámara de Anna Turbau fue la única que estuvo presente en los primeros años de la transición gallega, donde los incipientes movimientos, sociales, políticos y sindicales o asamblearios iban, poco a poco, saliendo a la luz.
A través de sus fotos, los recuerdos y testimonios de los protagonistas de la segunda mitad de los 70 descubrimos la historia menos oficial de los años de la Transición a la democracia en Galicia. La cámara de Anna Turbau logró capturar imágenes que se convirtieron en auténticos iconos de los orígenes del fotoperiodismo en Galicia.
El documental rescata más de 300 fotografías de los miles de contactos que Anna Turbau conservó en sus archivos y que han permanecido en silencio durante 30 años. Entre otras figuras y personajes de Galicia, Anna Turbau entrevista al psiquiatra Cipriano Jiménez.
Según explica Turbau en Detrás del instante, en el 1976, por ejemplo, nadie sabía lo que pasaba en el psiquiátrico de Conxo. Todo el mundo decía que era una auténtica tortura. Por esa razón, entrar en ese sitio cerrado se convirtió en un reto para ella. «Era impensable sacar fotos allí«. Afortunadamente, conoció a un médico psiquiatra que consiguió que se pudiese colar en el edificio una tarde de invierno, cerca de la hora de la cena.
«Encontré a una niña agarrada a una muñeca totalmente destrozada. Había mujeres muy tranquilas, seguramente dopadas. No encendían las luces y las raciones de comida eran escasas. En el pasillo los pacientes se acercaban a la ventana para aprovechar los últimos rayos de luz del día. Y entonces allí encontré a una niña agarrada a una muñeca totalmente destrozada, y yo pensé: ¿aquí hay niños? Y estaba con la muñeca mirándome. Yo me acerqué poco a poco, y la fotografié. (…) Estaba realmente amorosa. Estaba como para abrazarla. Era amor puro esa niña«, añade Anna. ¿Qué hacía una niña encerrada en un psiquiátrico de adultos? ¿Quién era? «Esa niña no tenía que estar ahí«.
La fotógrafa reconoce que no tomó esas imágenes en Conxo con la intención de publicarlas porque nadie estaba por la labor de denunciar el abandono del manicomio, porque tenía miedo a las represalias y para proteger al médico por si le despedían. Así que guardó el trabajo que incluía la foto de la adolescente con la muñeca durante más de 40 años. En 2012 expuso la imagen en el centro cultural Centre Cívic Casa Golferichs en Barcelona. «Entonces hubo todo un movimiento de psiquiatras, me dijeron que la habían conocido, creían que se llamaba María. Que murió cerca de los años 80, y que nunca estuvo medicada. Pero esa niña no tenía que estar ahí.«, detalla Anna.
Más tarde, le pidieron exponer en el Museo Reina Sofía las imágenes del psiquiátrico de Conxo para ver lo que supuso su abandono durante tantos años. «La fotografía tiene ese poder: el poder de contarte una historia, aunque hayan pasado muchos años«, concluye Turbau.