Usamos como título un verso de la preciosa canción Ceniza, de Rozalén, que nos pone en el centro del tema de cuidar a nuestros mayores, que es el de esta película.
A la protagonista, Claudia (Júlia Mascort), de 18 años, le toca ser una heroína involuntaria, sin madurez ni preparación para ello (y quién la tiene). En una edad de efervescencia vital, de salir y entrar, de pensar en seguir o no estudios, en su novia, en irse de casa, en irse lejos… la vida la atropella con un plan distinto. Su madre, Julia (Sonia Almarcha), cuyo 54 cumpleaños se celebra al principio del film, empieza a mostrar señales de una enfermedad degenerativa. Olvidos, despistes, palabras perdidas… Hasta que, progresivamente, ya no puede valerse sola y necesitará ayuda hasta para ir al baño… El padre, Manuel (Tomás del Estal), es sensible, tiene paciencia y buena intención, pero no deja de pertenecer a una generación acostumbrada a encontrárselo todo hecho. La hermana, Inés (Laura Weissmahr), la “madura y responsable” tiene pareja, su vida hecha, y va a tener un hijo; aunque quiera, no puede estar. La que queda, pues, es Claudia, la que va a verse obligada a ocuparse de todo.
Durante seis años, que transcurren entre elipsis y saltos temporales, sin exceso de explicaciones, entre casa, residencia y hospital, Claudia tiene que hacerse responsable, estar siempre ahí, a la vez que se rebela y quiere tener su propia vida, buscar su propia felicidad, sin por eso ser una traidora. El amor, la entrega, la culpa, la rabia, los reproches… el no llegar y el que la enfermedad lo ocupe todo. Ver la fragilidad de los padres, pobrecitos. Querer escapar. Desear incluso que todo termine.
Este es el primer largometraje como guionista y directora de Marta Matute, tras el corto Una amiga (2023). Según ella misma relata en el press-book, se trata de una historia que se basa en su propia experiencia: «De los dieciocho a los veintisiete años ocupé gran parte de mi vida al cuidado de mi madre. Mis hermanas, mi padre y yo. Todos nos echamos a la espalda esa tarea mientras seguíamos con nuestras vidas y se instalaba una tristeza en la nuca que no te dejaba estar en el día a día al cien por cien (…). Veía la fragilidad de mi madre y la vulnerabilidad de mi padre y mis hermanas y sentía un amor y un dolor inédito, muy potente, que a veces era demasiado».
Marta Matute ha reunido un reparto excepcional para dar vida a este drama agridulce, triste y sin embargo luminoso. Yo no conocía a Júlia Mascort, que sólo había aparecido en el corto Las chicas (2024) y que carga con el peso de la película, como su personaje carga con el peso de la familia: con gracia, talento y luz. Una interpretación fabulosa. Pronto veremos a Mascort en la serie o miniserie Cuando sólo quedemos nosotros (2027). De Sonia Almarcha, qué vamos a decir, una gran actriz de teatro y de cine [La soledad (2007) y El buen patrón (2021) son sólo dos ejemplos entre muchos]. Laura Weissmahr es una todoterreno, del drama, Salve María (2024), a la comedia, Se tiene que morir mucha gente (2026), y aquí defiende el personaje que, desde la comodidad de la butaca, nos puede parecer más egoísta y despegado (pero al que, en realidad, muchos nos parecemos). Y el veterano Tomás del Estal, con una filmografía de 60 títulos, encarna con solidez ese padre perdido, relegado, también frágil.
Como pueden ver en el recuadro de “palmarés”, Yo no moriré de amor arrasó (merecidamente) en el Festival de Málaga en marzo de 2026.
Según explica Marta Matute, «la razón por la que empecé a escribir esta película fue las ganas de acompañar a todas aquellas personas que están al cuidado de un ser querido, y en especial a esos jóvenes que se convierten en cuidadores precoces empujados inevitablemente a madurar y a sacrificar parte de su juventud por amor». Desde aquí también queremos saludar a todas esas personas, no sólo jóvenes, que cuidan a quien les dio la vida.