Hace treinta años Fernando León de Aranoa nos mostró su talento en la excelente ópera prima, Familia (1996). Crítica y público valoraron la visión de este autor de las relaciones humanas al ponernos frente a un espejo en el que una falsa familia contratada por horas se comporta como lo haría una auténtica. Alquilar unos hijos, unos padres y una esposa para esos momentos en los que necesitamos engañar a la soledad.
Parece una locura, pero todo está inventado. En Japón, desde los años ochenta, cualquiera puede alquilar a una o varias personas y pagarles para que actúen frente a él con la suficiente autenticidad y realismo para que se produzca lo que Samuel Taylor Coleridge llamaba “suspensión voluntaria de la incredulidad”. Si el que paga el servicio pone algo de su parte, conseguirlo no es tan difícil.
Familia de Alquiler (Rental Family, 2025) es la segunda película de Hikari, una japonesa que a los diecisiete años se lió la manta a la cabeza y puso rumbo a Estados Unidos para conocer todo lo que le fascinaba de USA cuando era una niña. Aunque hay que matizar este viaje iniciático, porque el lugar inicialmente escogido no fue la Costa Este o la soleada California, sino Utah (la América profunda y mormona). Siete años después marcharía a Los Ángeles para estudiar cinematografía, dedicarse a la danza y la fotografía, dirigir algunos cortometrajes alabados en festivales y, por último, conseguir ideas y presupuesto para rodar sus primeras películas. Esta es la segunda y última, hasta la fecha.
Phillip (Brendan Fraser) es un actor americano que, por azares de la vida, llegó a Japón hace más de siete años para rodar espots publicitarios y trabajos de segunda y tercera categoría. Últimamente no recibe muchas ofertas, pero lleva tanto tiempo en este país que no tiene valor para emprender el regreso a su tierra, donde tendría que empezar de cero. Sobrevive de los trabajos baratos que le consigue su agente artístico. En esta situación lánguida y depresiva continuaría si no fuera por la llamada telefónica de su representante, que le saca de la cama: “Te he conseguido un trabajo fácil y bien pagado. No tardes, te esperan”.
A partir de ese momento, Philip conocerá una actividad económica lucrativa y surrealista de la que ignoraba totalmente su existencia: empresas que te alquilan un novio, un amigo o un hijo, e incluso pueden organizar tu propio funeral para recibir en vida la despedida que siempre soñaste con tener.
Japón es un país donde, debido a una cultura protocolaria y formalista, resulta muy difícil generar nuevas relaciones personales. La soledad y el alejamiento entre las personas se convierten en una condena para la mayoría de los japoneses, acentuándose más a partir de los sesenta años. La institución de la familia, que era uno de los ejes del Japón tradicional y que servía de mecanismo integrador y protector de sus miembros, ahora languidece a causa de una tasa de natalidad negativa. Podríamos decir que es un país de 123 millones de personas abocadas a la soledad.
Para Philip este trabajo, que al principio le incomodaba y le parecía una farsa, termina por convertirse en su propia terapia. Los distintos papeles que interpreta por encargo le ayudan tanto a él como a sus clientes. En el fondo, es un cóctel del Método Stanislavski con unas gotitas de Freud. La vocación de ayudar a sus “pacientes” le hace implicarse demasiado, en contra de la opinión del director de la empresa que le paga.
La película se enfrenta al reto de mezclar el idioma japonés con el inglés en las distintas situaciones de su protagonista. Fraser habla en ocasiones en japonés —ignoro si lo hace bien o si tiene los mismos problemas para los idiomas que tienen los anglosajones—, pero para lograr una mayor fluidez en la historia, el inglés es la lengua más que suena.
Familia de alquiler no pretende juzgar o cuestionar este tipo de negocio, nacido de la tristeza o de la soledad; se limita a mostrarlo con ternura, justificando su existencia en la medida en que pueda servir de ayuda a personas que necesitan cubrir un hueco en su puzle existencial. Hay excepciones, claro. Es el caso de los maridos que contratan a una supuesta novia para forzar un divorcio sin revelar la identidad de la auténtica amante.
Es evidente que el componente estrella de esta película es Brendan Fraser, un actor que ha sabido reinventarse a medida que pasaban los años y su aspecto se alejaba del joven dinámico y atractivo de hace veinte años. Con un Oscar en su mochila gracias a La ballena (2022), sigue transmitiendo ese aire de inocente simplicidad o de niño grande en esta interpretación. Junto a él un actor que para los japoneses es una auténtica institución: Akira Emoto. En su papel interpreta a una vieja gloria del cine y del teatro, olvidada con el paso de los años. Trabajar con él fue lo más gratificante; en palabras de Hikari, aceptaba todas las sugerencias que se le planteaban, a la vez que se relacionaba con Brendan Fraser en un idioma que ni era japonés ni era inglés, sino que se parecía a un mix de palabras comunes de los dos idiomas, junto con un repertorio de gestos y muecas que harían emocionar al mismísimo Marcel Marceau.
Familia de alquiler, más allá de mostrarnos las peculiaridades de un país tan diferente al nuestro, expone las coincidencias a la hora de retratar los desajustes de nuestra sociedad occidental (entre los que se incluye también Japón) en los nuevos modelos de familia y relaciones de pareja. El futuro ya está aquí: alquilen una pareja o una familia para esos días en los que no se aguantan ni ustedes mismos.