La historia se desarrolla a finales de la Segunda Guerra Mundial, en un pueblo remoto en los Alpes italianos (existe realmente un Vermiglio cerca de Trento y Bolzano, al Norte de Italia). Empieza en invierno, entre paisajes nevados, poco antes de Navidad. En el centro del pueblo y de las tramas que forman la película están el maestro Cesare (Tommaso Ragno) y su gran familia (espera el nacimiento de su décimo hijo y hay una bonita escena al principio con un interminable desfile de cuencos y tazones que hay que llenar de leche). La principal noticia reciente ha sido la llegada al pueblo de dos “retornados” (o desertores de la guerra). Uno es un siciliano, Pietro (Giuseppe De Domenico), que ha ayudado a volver desde Alemania a un hijo del pueblo, Attilio (Santiago Fondevilla), cargándolo sobre sus hombros en la última parte del camino. En agradecimiento, el pueblo le acoge (acallando las opiniones de que los desertores son “cobardes”) y le permiten quedarse escondido en un pajar, decretando una “ley del silencio” sobre su presencia. Surge el amor entre el extraño Piero y la hija mayor del maestro, Lucia (Martina Scrinzi), que empieza con miradas, notas y besos fugaces. En la escuela de adultos, Piero utiliza una redacción sobre lo que más desea, para pedirle al maestro la mano de su hija. Pero en el pueblo también hay secretos. Ada (Rachele Potrich) se masturba detrás del armario y luego inventa rebuscadas “penitencias”. El maestro guarda secretos en un cajón con llave. Y otro secreto más grave saldrá a la luz más adelante…
La guionista y directora, Maura Delpero, nacida en Bolzano, muy cerca del Vermiglio real, donde vivió su familia, ha definido Vermiglio como «un paisaje del alma… un acto de amor por mi padre, su familia y su pequeño pueblo… un homenaje a una memoria colectiva». Su abuelo fue el maestro del pueblo en aquella época y, según ella dice, en Vermiglio hay cuatro o cinco apellidos importantes, y Delpero es uno de ellos. Esto le permitió pasar tiempo en el pueblo, en la vieja casa de sus abuelos, recuperando las historias que había escuchado siendo niña, poniendo en su lugar las viejas fotografías, evocando rostros y olores, para que su película fuera creciendo de manera “orgánica,” según lo que ella llama “memoria filogenética”.
Cesare, el maestro, es una figura compleja, una mezcla de intelectual y campesino. Un referente bondadoso y racional que, a través de la educación, los mapas de un atlas y la música abre una ventana a un mundo más grande. Pero también es un patriarca autoritario y adusto, que mantiene férreamente su autoridad, que se desentiende del control de natalidad y que prima sus deseos (la compra de un disco) sobre las necesidades vitales de la familia, aunque lo justifique por el valor del arte y la belleza. En definitiva, no deja de representar el mundo del pasado. Por eso el protagonismo se va desplazando hacia Lucia, que abre las puertas a una nueva era, del conflicto a la reconstrucción, de lo antiguo a lo moderno, del campo a la ciudad, según explica Delpero: «Lucia, al convertirse en una metáfora de la transición de la posguerra, a través de la tragedia y la necesidad, se convierte en la protagonista de la superación y en la mujer de una nueva era».
Tommaso Ragno (el maestro) es un actor conocido y con amplia filmografía, con quien la directora tuvo que trabajar su tono y movimientos, porque es un hombre de ciudad. El reparto combina intérpretes profesionales con cierta trayectoria (Roberta Rovelli, Giuseppe De Domenico, Carlotta Gamba, Santiago Fondevilla, Sara Serraiocco), con actrices y actores no profesionales de la región, que han debutado en el cine con esta película, como Rachele Potrich, Anna Thaler, Patrick Gardner y, sobre todo, Martina Scrinzi (Lucia). Hay muy pocos diálogos en la película (que está hablada en dialecto trentino, les cuesta entenderse con el siciliano Pietro), de ahí la importancia de los movimientos, los gestos y las miradas.
La historia de Vermiglio, que comienza en el crudo invierno nevado, se desarrolla a lo largo de las cuatro estaciones (hay una referencia explícita a Vivaldi), lo que permite mostrar el cambio en los bellos paisajes captados por la fotografía del ruso Mikhail Krichman (Leviatán y Sin amor, entre otras). Pero tampoco se idealiza ese duro mundo rural.
Maura Delpero define su película como: «Una historia de niños y adultos, de muertes y nacimientos, decepciones y renacimientos, de cómo se mantienen firmes ante los cambios que les ofrece la vida, de su camino desde la colectividad hasta convertirse en individuos. Una historia de las altas tierras cubiertas de nieve. Del olor a madera y leche caliente en las mañanas heladas. Con la guerra a lo lejos, pero siempre presente, protagonizada por aquellos que quedan fuera de ella: mujeres en las casas, neonatos fallecidos por el frío, el temor a la viudedad, padres que esperan un regreso de sus hijos que nunca llega, maestros y sacerdotes haciendo de padres y madres… En la lógica férrea de la montaña que recuerda al hombre cada día cuán pequeño es».