El biopic es una aproximación a la trayectoria vital o a fragmentos de ella vividos por una persona que, por diferentes motivos, forma parte de la historia reciente o lejana. En este caso nos encontramos frente a una película en la que su personaje objeto de atención no es ajeno al conocimiento de la inmensa mayoría de la población mundial. Todos tenemos una opinión formada sobre él – generalmente negativa- pero es posible que muy poca gente conozca cómo llego a ser quién es; en qué crisol del infierno se forjó nuestro singular héroe.
Vale, sí; estamos hablando de Donald Trump. Reconozco que el párrafo anterior ha podido ser un preámbulo innecesario. Demasiadas expectativas ante alguien sobradamente conocido. Quizá por ello he querido ignorar el infame título que se le ocurrió al distribuidor de la película en nuestro país: The Apprentice. La historia de Trump. Considero más adecuado el título original en el que se suprime cualquier burda aclaración. Además, todo aprendiz tiene un maestro y nuestra historia también habla de él.
Siendo un veinteañero millonario, Donal Trump (Sebastian Stan) conoce a Roy Cohn (Jeremy Strong) un famoso y architemido abogado neoyorquino, conocido por conseguir en los tribunales todo lo que se proponía. Cohn empezó de ayudante del senador McCarthy en los convulsos años de fiebre anticomunista, llevando hasta el final la condena a muerte de los esposos Rosenberg. No había causa innoble en la que no participara. Defendió a los jefes de la Mafia de las cinco familias de Nueva York, los jueces le odiaban y le temían, el amoral Andy Warhol estaba entre sus clientes y amigos, fue un feroz crítico de los homosexuales, a pesar de ser público y notorio de tener también esta orientación y celebrar fiestas privadas que abochornarían a cualquier empadronado en Sodoma. Y, además, para completar su currículo, fue el escultor que modeló en sucio barro a quién hoy dirige la primera democracia del mundo.
Me he permitido explayarme en Roy Cohn, porque probablemente muchos de ustedes no conozcan a fondo al personaje, ni la estrecha vinculación que le unió con Donal Trump. A partir de estos datos y los que les facilite el visionado de la película podrán estar en igualdad de condiciones con un americano medio que la haya visto. Pero no se equivoquen, The Apprentice (en adelante El aprendiz) es también una historia de amistad inquebrantable, en la que el maestro se vacía por entero en su aprendiz, mostrándole toda su sabiduría y renunciando a sí mismo en esa entrega. Aunque Trump es hetero, podríamos decir que estamos ante una peculiar historia de amor.
Ali Abbasi ya es conocido en nuestro Cineclub. Hace dos años proyectamos su excelente Holy Spider. Como recordarán, es un director Iraní de nacimiento, aunque su trayectoria cinematográfica está ligada a Europa y ahora a Norteamérica (la película es coproducción canadiense-estadounidense). En esta ocasión ha logrado mostrar ese estilo que bebe en cierta medida del cine setentero y ochentero, dependiendo del periodo de narración en la que nos encontremos. Abbasi echa mano del celuloide de 16 mm a la hora de retratar las calles de un Nueva York sucio y decadente, aún convaleciente de la crisis económica del 73. Por el contrario, los pasajes que transcurren en la década de los ochenta son tratados con filtros de cámaras que imitan la imagen de video VHS. Esa “suciedad” o artificiosidad en la imagen es potenciada con los movimientos de cámara al hombro, simulando un reportaje periodístico.
Más allá del tratamiento fílmico elegido por el director, El aprendiz se apoya en el trabajo desempeñado por sus dos actores protagonistas, Sebastian Stan y Jeremy Strong. La mayoría de los elogios, y algunos premios, han recaido en Strong. No tengo nada que oponer a ello, su sola presencia frente a la cámara ya produce mal rollo en el espectador y consigue transmitir el insano encanto de la maldad. Ahora bien, Strong hace cuarenta años que murió y salvo grabaciones y algún documental, poca gente puede recordar cómo era, cómo hablaba y miraba este abogado. Sebastian Stan tenía la difícil tarea de meterse en la piel de Trump, imitar sus gestos y expresiones corporales sin caer en la sobreactuación. Creo que lo hace muy bien y logra que nos creamos al futuro presidente en sus comienzos de exitoso y polémico empresario.
La cinta tuvo un difícil estreno y una recepción por parte del público menor de lo esperada. A esta peculiar visión del doctor Frankenstein y su “criatura” nunca acudiría un fiel votante del actual presidente, ni cambiaría de voto si la viese. Los contrarios a Trump, quizá por miedo o espíritu de derrota no mostraron todo el interés suficiente en promocionarla boca-oído. Es llamativa la pasividad o sumisión mostrada por la gente de Hollywood en sus ceremonias y entrega de premios, en contraste con la combatividad mostrada en otros tiempos. La situación, comparativamente, no fue mucho mejor en España. Los espectadores que pasaron por taquilla fueron muchos menos de los que se podía esperar, considerando el interés que despierta el personaje. Pero no hagan caso, El aprendiz es una muy buena película que merece ser vista, con independencia del contexto temporal en el que uno viva. Lo que nos narra es una historia de amistad, ambición, miserias humanas y traición. Por esa misma razón Shakespeare sigue estando vigente para nosotros.
Se cuenta que cuando el Papa Inocencio X contempló el famoso retrato que le pintó Diego Velázquez, le respondió al artista con palabras, mitad elogio y mitad irritación, ¡Troppo vero!, “demasiado real”. Velázquez había sabido desnudar la personalidad del pontífice, mostrando ante todos esa mirada de desconfianza y esos labios apretados, reprimiendo u ocultando sabe Dios (nunca mejor dicho) qué pensamientos. En cualquier caso, el Papa valoró el talento del pintor regalándole una medalla de oro. Sospecho que Ali Abbasi ha abandonado cualquier esperanza de recibir un regalo por parte de Donald Trump. Si acaso una orden de expulsión.