No sólo se hereda la información genética, los rasgos físicos y de carácter o los objetos y propiedades de nuestros ancestros. También sus penas, sus frustraciones, sus traumas. Aunque no seamos conscientes de ello, aunque desconozcamos aquellos episodios del pasado: la tristeza se transmite, parece quedarse estancada entre las cuatro paredes del hogar que se habita. Pero como afirma el cineasta noruego Joachim Trier (La peor persona del mundo), en estos tiempos oscuros que vivimos peligrosamente, «da la sensación de que estamos listos para la ternura y la reconciliación». Y precisamente su nueva película Valor sentimental (Affeksjonsverdi) es un monumento que apunta directamente a ese corazón profundamente herido (da igual la causa) que habita en nosotros. O en el de Gustav Borg (maravilloso Stellan Skarsgard), un reputado director de cine en horas bajas que busca relanzar su carrera con una nueva película protagonizada por su hija Nora (fantásticamente interpretada por Renate Reinsve), con la que nunca ha tenido una buena relación. Borg vuelve a la casa de su infancia, la que dejó a su exmujer, recién fallecida, y donde Nora y su hermana pequeña Agnes (estupenda Inga Ibsdotter Lilleaas) tuvieron que lidiar con las constantes crisis de sus padres, para hacerle la propuesta. ¿O es quizá para saldar cuentas con el pasado? «Esta familia no atraviesa un buen momento al principio, con conflictos sin resolver entre un padre egocéntrico y ausente y una hija llena de resentimiento», apunta el director, que firma junto a su inseparable Eskil Vogh esta historia impregnada de evocaciones al gran dramaturgo noruego Henrik Ibsen (Casa de muñecas, Hedda Gabler) y al gran cineasta sueco Igmar Bergman (Fresas salvajes, Persona, Un verano con Mónica), al que Trier considera «una estrella guía escandinava».
En cualquier caso, insiste el realizador, «Eskil Vogh y yo siempre escribimos desde nosotros mismos y estos temas complejos relacionados con la familia son cosas con las que la mayoría podemos identificarnos». Y tanto… Algo que prueba el éxito logrado por esta película intimista y de personajes en todo el mundo que ha ganado todos los premios importantes de la temporada. Trier quita hierro al asunto y justifica la buena recepción del filme con una sencilla máxima: «La ternura es el nuevo punk».
Sin embargo, Trier, como ya hiciera en La peor persona del mundo, no elige ni el camino más fácil ni el más directo. Una de las muchas bellezas de Valor sentimental es que, en realidad, son muchas películas en una. Es la historia de Gustav Borg, la de Nora, la de esa joven actriz estadounidense (qué maravillosa está siempre Elle Fanning y qué poco se comenta), la del Festival de Cine de Deauville (hermosísimas escenas, por cierto), la de Agnes (atención a la proyección y el protagonismo de este personaje a mitad de metraje en sólo cuatro escenas)… Todas esas micropelículas se van insertando y ensamblando como pequeñas muñecas rusas, sumando capas de intensidad y profundidad dramática. Quizá al principio no entendamos bien el sentido de todo lo que acontece en la pantalla, a dónde quiere ir a parar Trier, hasta que la película se acompasa casi de forma orgánica y se siente su respiración, que se acopla a la del propio espectador.
Decir que la gran fuerza de este filme es su elenco actoral es, en realidad, quedarse muy corto aunque es cierto. Destaca, en especial, el trabajo de Renate Reinsve en un nuevo recital con un personaje iceberg del que sentimos todo, incluso lo que no muestra. «Me encantó trabajar sobre las cosas que ella sabía de sí misma y las que eran muy subconscientes. Yo como actriz tenía que conocerlas, pero el personaje, no… Crear ese peso emocional ha sido lo más complicado de esta película, porque es cierto que sabemos muy poco de nosotros mismos», señala la intérprete.
Aunque en ese elenco protagonista del filme es justo incluir a la casa, un espacio que siente, que habla incluso, que también sufre, que está herido aunque nadie parece darse cuenta.
A lo largo de los 135 minutos de metraje, los personajes viven, progresan y el espectador también con ellos. Es casi imposible no dejarse arrastrar por la belleza y esa aura de sanación que exhala el filme. «Los protagonistas avanzan a medida que la película progresa. Cuando nos despedimos de ellos, al final, aún hay algún otro aspecto por limar, pero también una oportunidad como un elemento bastante auténtico que los espectadores pueden llevarse consigo», recalca el director.
El cine tiene la propiedad mágica de hablar directamente al alma y Valor sentimental es un filme para sanar, para cerrar heridas. A menos de que sean un replicante de Blade Runner, llorarán de pura belleza.