Cuando al protagonista de Motor City le mostraron el guion definitivo de lo que sería la película —una vez superada la sorpresa—, le pareció un planteamiento ingenioso y, además, ¿quién estaría dispuesto a pagar una entrada por oírle hablar más de quince minutos? Dicho actor es Alan Ritchson, un grandullón con una experiencia «interpretativa» forjada como secundario en series y películas de acción menores, y que adquiriría renombre con la serie televisiva Reacher (personaje que interpretó en el cine Tom Cruise). El que un actor veinte centímetros más alto que su antecesor en el papel, y con un cuerpo lo suficientemente grande para albergar un número tal de músculos que algunos no sabíamos que existían, comparta el mismo personaje no deja de sorprenderme.
El guion de Motor City, obra de Chad St. John, llevaba años circulando por los despachos de todas las productoras importantes. Era el típico thriller de venganza y muerte con la particularidad de transcurrir en la fascinante Detroit de los 70. Al final, Greg Silverman y Jon Berg —antiguos altos directivos de la Warner y en la actualidad dueños de Stampede Ventures— y el propio Alan Ritchson confiaron en la historia y la pusieron en manos de Potsy Ponciroli, autor de uno de los westerns más interesantes de los últimos años (Old Henry, 2021). Pero a la historia le faltaba algo para salirse del cliché. La solución la encontró Greg Silverman: no habría diálogos. Resulta sorprendente que un productor sugiera algo tan poco comercial al director, pero esto les daría más protagonismo a las imágenes y al sonido. Motor City se convertiría en una película comercial, pero que se comporta como cine independiente.
Ponciroli le dio a Motor City una estructura que nos hace recordar a los cómics de hace unas cuantas décadas, primando la acción por encima de cualquier otra reflexión que distraiga al espectador. Las tribulaciones de nuestro héroe transcurren ante nuestros ojos sin que se nos explique lo que está pasando; las palabras no ayudan, distraen. Si a esto le añadimos una música que nos acompaña a lo largo de la cinta, poniéndonos en contexto, toda la mejor selección de canciones de los 70 que los más mayores recordarán… Perdón, recordaremos. Esta labor corrió a cargo de Jack White, que recogió cuidadosamente las mejores composiciones setenteras para que el espectador las escuchase mientras los matones y los héroes ajustaban cuentas en los suburbios de Detroit. White se ocuparía también de incluir en los créditos finales una canción compuesta por él. Por lo que se refiere a la banda sonora propiamente dicha, corrió a cargo de Steve Jablonsky. Como podrán ver, no se pronuncian nada más que unas pocas palabras, pero no existe el silencio en Motor City.
Partiendo de esa inspiración en los cómics policiacos de los sesenta y setenta, Ponciroli hace una apuesta estética muy interesante. No es la primera vez que ocurre: existen precedentes como Sin City (2005), 300 (2006) o V de Vendetta (2005); pero aquí el cómic da sentido a la historia sin apoderarse de ella. La acción roza lo inverosímil en ocasiones. Ya en el inicio de la película, el director muestra sus cartas y nos enseña un realismo, paradójicamente, irreal, donde el tempo de la acción se dilata o se acelera en función de la estilización de las secuencias. Con todo, estas herramientas creativas no nos alejan de su vocación de thriller cinematográfico. Es una historia de venganza, de gánsteres, policías corruptos, redención y muerte, donde el amor tiene un peso importante en el modo de comportarse de los protagonistas.
A pesar de ser una historia en la que los personajes apenas hablan, Motor City es una cinta en la que su enérgica presencia es fundamental para disfrutarla. El odio acumulado por el bueno y la muestra de impunidad en el crimen por parte de los malos es el alma —oscura— de esta peli. Ben Foster y Alan Ritchson capturan la atención del espectador y llenan la pantalla cada vez que aparecen. Es cierto que, para que ese «armario ropero» llamado Ritchson llene la pantalla, no hace falta que se esfuerce mucho, pero —corpulencia aparte— su interpretación es salvada con dignidad y brillantez. Puede que con esta última palabra me haya venido un poco arriba, no sé. En cualquier caso, justifica plenamente su presencia en el papel.
A la hora de motivar la ausencia de diálogo, que no de sonido, Ponciroli declaraba a la prensa: “Hemos visto cómo este enfoque crea una conexión única con el público. Al prescindir del lenguaje, dejamos espacio para una intensidad pura y universal. Nuestro objetivo era crear una experiencia cinematográfica que trascienda el lenguaje, una película que todo el mundo pueda disfrutar de la misma manera en cualquier parte del mundo. Sin necesidad de traducción”.
Cabe la posibilidad de que alguno de ustedes se pregunte en la sala de los Cines Mercado, mientras está viendo esta película: ¿qué diablos hago yo viendo en el cineclub una historia de explosiones, mamporros, violencia gratuita y hemoglobina? A los que se planteen esto, y confiamos en que sean pocos, les recordaremos que la razón que dio sentido al origen de nuestro club es ofrecerles un cine diferente al que podríamos ver en una sala comercial al uso. Cada año, a la hora de hacer nuestra selección, tratamos de dar una oportunidad a cualquier voz discordante o diferente dentro de la gran variedad que se nos ofrece. Motor City es cine de autor al que le sienta bien el traje de blockbuster.