Pantalla Grande

Desmontando un elefante

El enemigo invisible



Director: Aitor Echeverría

Guion: Aitor Echeverría, Pep Garrido

Fotografía: Pau Castejón

Dirección de arte: Eli Borrell

Sonido: Jorge Albargues

Montaje: Sofía Escudé

Coreografía: Paloma Muñoz

Productores: Ibon Cormenzana, Ángel Durández, Ignasi Estapé, Andrea Martínez Muñoz, Sandra Tapia, Jérôme Vidal

Intérpretes: Emma Suárez, Natalia de Molina, Darío Grandinetti, Sara Espígul, Helena Gispert, Amanda Rubio, Joel Mesa


Idioma (VOSE): Español, catalán, francés

Duración: 82'

SESIÓN 25.02.26

Hay dos formas de abordar los problemas: afrontarlos o ignorarlos. La expresión tener un elefante en la habitación, algo de lo que nadie habla, que nadie parece ver, pero que ahí está, omnipresente, ocupando todo el espacio, alude específicamente a la segunda categoría y es precisamente por la que optan Marga (Emma Suárez), su hija Blanca (Natalia de Molina), su marido Félix (Darío Grandinetti) y, en general, todo su entorno en Desmontando un elefante, la película con la que el guionista y director de fotografía Aitor Echeverría debuta en el largometraje. No oculta el realizador que esta historia que explora el mundo de las adicciones y las consecuencias que éstas tienen en el ámbito personal, un tema que ya planteó hace 15 años en su cortometraje Morir cada día, le toca de lleno por experiencia familiar. Quizá por ello ha querido mostrar esta problemática desde otro punto de vista. Desmontando un elefante podría haber sido una de tantas películas convencionales que abordan el alcoholismo de una manera cruda y directa, pero Echeverría opta por dar a la historia un enfoque distinto sacando fuera de plano al paquidermo, dándole todo el protagonismo de una manera inusual, precisamente, no poniendo el foco sobre él de forma directa. «El alcohol es el elefante de esta película y en esa familia no quieren ver el problema que tienen. Por eso se sugiere, se insinúa, pero no se ve en ningún momento», indica el director, a excepción de esa primera escena con la que arranca el filme y en la que, muy lentamente, el plano se va abriendo sobre una Emma Suárez aparentemente dormida tras una copa de vino vacía y la tragedia inmediata qu e se cierne sobre ella.

A partir de ahí: silencio, incomunicación. La soledad e incluso el miedo a decir, el miedo también a callar, se apoderan de todos los fotogramas. La (bella) casa de la familia (Marga es arquitecta) se convierte además en el escenario silente de un crimen, el de su propia autodestrucción, pero también en metáfora de lo vacía que se siente. 

La frialdad de su marido, las tensiones que genera la relación con Blanca y el vacío que le hace su otra hija, el paternalismo social ante su enfermedad son obstáculos que no se siente capaz de vencer, pero como espectadores no somos conscientes de la magnitud del elefante que la acompaña a donde quiera que va, quizá porque la decisión de ocultar al paquidermo añade cierta distancia y despistan otras motivaciones argumentales sólo insinuadas. «La película va más sobre relaciones personales y de cómo una familia tiene que aprender a cuidarse cuando no lo ha hecho durante mucho tiempo, cuando ha habido un elefante, un problema muy grande que no ha querido afrontar», explica el director que, junto a Pep Garrido, firma también el guion de esta producción hispano-francesa. 

Uno de los grandes aciertos del filme es, sin duda, su pareja protagonista. La veterana Emma Suárez aporta profundidad a un personaje de Marga tal vez esbozado de forma muy esquemática o incompleta. El propio realizador confiesa que el rol era «muy complejo de interpretar porque está muy solo y puede ser amargo» y que la actriz de La ardilla roja, El perro del hortelano o Josefina consigue aportarle «cierta dulzura que yo creo que es un perfecto contrapeso a lo áspero que es el personaje». Para Suárez dar vida a Marga ha sido «abrir una puerta y entrar en un tema delicado que está a la vez muy contaminado por el estigma social que existe contra las adicciones». Y, en este sentido, el punto de vista de Echeverría también busca salirse de lo habitual y no poner el acento en prejuicios, juicios de valor o tópicos. Marga aparentemente lo tiene todo: una unidad familiar estable, éxito profesional, una vivienda espectacular… Sin embargo, cuando se mira en el espejo no se gusta, no se quiere, no se siente suficiente.

El contrapunto perfecto lo pone Natalia de Molina con una interpretación muy instintiva, como las del resto del reparto, muy contenida. Su personaje, Blanca, es una bailarina a punto de vivir un gran momento profesional pero, paradójicamente, se encuentra bloqueada y no consigue centrarse, apenas puede expresarse con palabras. La relación con su madre lo contamina todo y, en cierta medida, necesitará tomar distancia. «Mirarme en los ojos de Natalia, que ella se convierta en el espejo, me daba mucha calma. Natalia es muy especial, es una actriz muy pura, muy sensible, delicada y fuerte al mismo tiempo», concluye Suárez. 

Las adicciones, eso lo recalca Echeverría a lo largo del filme, también destrozan o consumen la vida de los familiares que quieren ayudar y que muchas veces no saben cómo hacerlo. «En el fondo se trata de dos mujeres intentando quererse, aprendiendo a quererse bien», declara Natalia de Molina, que durante semanas estuvo preparándose y ensayando para bailar en la película.

Hay en Desmontando un elefante una calculada sobriedad. Todo está presidido por el menos es más. Desde la propia contención de las interpretaciones a una dirección conscientemente invisible, incluso la precisión de los diálogos y de un guion que es pura síntesis. Todo se insinúa a través de gestos y elementos sutiles. Desmontando un elefante es una de esas películas en la que los personajes se interrogan y se expresan con la mirada. Y atentos a ellas, por supuesto, está el elefante, que sigue en todo momento presente en su ausencia.

A pesar de ello, insiste el director, Desmontando un elefante es un filme «muy positivo», precisamente porque «nos anima a afrontar las cosas que durante tanto tiempo no hemos querido ver». Quizá haya esperanza.

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