Pantalla Grande

The Alto Knights

DE NIRO VS. DE NIRO



Director: Barry Levinson

Guion: Nicholas Pileggi

Fotografía: Dante Spinotti (Color / 2.39:1)

Música: David Fleming

Montaje: Douglas Crise

Diseño de Producción: Neil Spisak

Dirección Artística: Dins Danielsen, Ian Scroggins

Vestuario: Jeffrey Kurland

Maquillaje: Richard Redlefsen

Productores: Irwin Winkler, Barry Levinson, Jason Sosnoff, Charles Winkler, David Winkler

Productores Asociados: John A. Amicarella, J.J. Sacha

Co-productora: Karen Kane

Productores Ejecutivos: Pete Chiappetta, Mike Drake, Andrew Lary, Anthony Tittanegro

Intérpretes: Robert De Niro, Debra Messing, Kathrine Narducci, Cosmo Jarvis, Michael Rispoli, Robert Uricola, Frank Piccirillo, Matt Servitto, Louis Mustillo, Anthony J. Gallo, James Ciccone, Joe Bacino, Luke Stanton Eddy, Antonio Cipriano, Brian Scolaro, Wallace Langham, Ed Amatrudo, Mike Seely, Amadeo Fusca


Idioma (VOSE): Inglés

Duración: 123'

SESIÓN 04.03.26

El Alto Knights fue un club social de la Mafia situado en el número 86 de la calle Kenmare, en el neoyorkino barrio de Little Italy en Manhattan. Durante los tiempos de la Ley seca comenzó a ser frecuentado en exclusiva por miembros del hampa, cuando el local aún se llamaba Café Royale, nombre que Vito Genovese, uno de los grandes capos del crimen organizado en Norteamérica, cambió por Alto Knights en los años 50. Convertido en auténtico cuartel general para asesinos a sueldo, extorsionadores, traficantes y contrabandistas, sobre sus mesas se diseñó todo un imperio del delito que fue gestionado como una gran empresa con sucursales repartidas a lo largo de todo el país, lo que generó empleo para un sinfín de familias provenientes de Italia, y permitió que sus directivos, así como un buen número de políticos y funcionarios corruptos, engordaran sin freno sus cuentas corrientes.

Como no podía ser de otro modo, Hollywood explotó la vena de las películas de gánsteres antes, incluso, de que la Prohibición quedase derogada en los primeros años 30. El inmenso éxito de El padrino (The godfather; Francis Ford Coppola, 1972) revitalizó los films sobre la Mafia a principios de los 70, coincidiendo con la aparición de un movimiento cinematográfico denominado Nuevo Hollywood, en el que Martin Scorsese resultó ser uno de sus representantes más destacados. A él se deben títulos tan emblemáticos como Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (Casino, 1995), ambos protagonizados por Robert De Niro y con libreto de Nicholas Pileggi —respectivamente, actor y guionista de The Alto Knights (The Alto Knights; Barry Levinson, 2024)—. Parece, por lo tanto, que este film, donde De Niro acomete un doble papel calzando los zapatos de dos jefes reales de la Mafia —Frank Costello y Vito Genovese— y Pileggi firma el guion, habría sido un vehículo idóneo para Scorsese. Sin embargo, el director escogido fue Barry Levinson, cuya personalidad cinematográfica no es, desde luego, tan arrolladora como la del italoamericano, aunque conviene recordar que durante los años 80 y 90 gozó de notable éxito y prestigio: Oscar al mejor director por Rain man (El hombre de la lluvia) (Rain man, 1988) y una segunda nominación por Bugsy (Bugsy, 1991), glamuroso retrato de Bugsy Siegel, principal impulsor y fundador del Sindicato del Crimen en Nueva York durante la Prohibición.

Al igual que sucede con las antedichas películas de Scorsese, The Alto Knights se esfuerza en mostrar la cotidianidad familiar y laboral del entorno gansteril, sin obviar las actividades criminales, exponiendo con desparpajo una paradoja muy frecuente en el cine norteamericano moderno (el producido desde los años 70 en adelante), gracias a la cual respetabilidad y honradez no tienen por qué ir siempre de la mano. El film arranca en 1957, con el intento de asesinato de Costello a manos de Genovese, en lo que parece un clásico ajuste de cuentas en plena guerra de gánsteres. Sin embargo, Costello sobrevive y se convierte en narrador de la historia, ahora en una época más reciente mientras habla a la cámara como si atendiera a un periodista. Con saltos hacia el pasado y el presente, se va construyendo una historia de amistad, traición y venganza, protagonizada por dos muchachos italianos que desembarcaron en Estados Unidos durante la diáspora siciliana. Transitamos entonces a través de los episodios vitales que cabría esperar en una historia de estas características: desde los primeros pasos en el mundo de la delincuencia callejera, hasta convertirse en dos grandes jefes de la Mafia, primero temidos, después respetados, finalmente investigados por el FBI, prestando especial atención a su vida familiar, más amable en el caso de Costello, turbulenta para Genovese. De sus historias sólo llegaremos a conocer la versión narrada por Costello, por lo que el espectador empatizará inevitablemente más con él que con su rival. Por otra parte, la personalidad de cada uno queda nítidamente definida, quizá de forma un tanto estereotipada, pero logrando, en fin, que el duelo entre ambos resulte tan efectivo como truculento.

Llegados a este punto toca abordar uno de los aspectos más discutidos del film: ¿por qué un doble De Niro? ¿No habría sido más lógico contar con dos grandes intérpretes enfrentados en un genuino duelo entre actores? En cualquier caso, se trata de un apasionante desafío resuelto con brillantez por un actor magnífico. Reflexivo, tranquilo y un punto indolente tras el rostro afable de Frank Costello, impulsivo, irritable y peligroso cuando se trata del paranoico Vito Genovese, resulta particularmente placentero contemplar a este gigante de la interpretación recuperado para un doble papel hecho a su medida. No hace falta insistir en la necesidad de ver el film en versión original para apreciar al máximo el talento de su protagonista, pues, para crear ambas personalidades, tan importantes (o más) son el tono y las inflexiones de la voz, que el actor maneja con sorprendente virtuosismo, como la apariencia física de los personajes.

Como muestra de “cine de mafiosos”, es más que probable que The Alto Knights no llegue a encabezar una lista con lo mejor del género —en ese sentido, los trabajos de Coppola y Scorsese son insuperables—, pero, en cualquier caso, su visionado provoca, gracias al oficio y buen hacer de Barry Levinson, una bienvenida reconciliación con el cine actual made in Hollywood. The Alto Knights ofrece personajes de carne y hueso (maquillaje incorporado), buen pulso narrativo y una acertada construcción dramática en sutil crescendo, sin exhibicionismos técnicos gratuitos, movimientos de cámara frenéticos, estruendos altisonantes o montajes atropellados. ¿Quién necesita estos artificios para contar bien una historia? Afortunadamente, a sus ochenta y dos años de edad, Levinson se presenta como un director “pasado de moda”, todo un artesano de la narración cinematográfica. Algo poco frecuente y digno de agradecer en estos tiempos de ruido y de furia. 

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