Érase una vez en la lejana Copenhague una bella joven llamada Karoline que soñaba con un vestido precioso. Vivía en un ático miserable y estaba triste porque había perdido a su marido en las trincheras, aunque las autoridades no habían podido certificar aún su muerte. Se encontraba muy sola, pero, poco a poco, comenzaba a sonreír porque creía haber encontrado en el jefe del taller en el trabajaba a su auténtico príncipe azul. Pero, a diferencia de Cenicienta, ella no contó con la ayuda de su hada madrina. Los ratoncitos no se transformaron en fieles, diligentes y amorosos sirvientes. Ninguna varita mágica consiguió que sus harapos disimularan su acusadora barriga de embarazada. Sólo una bruja siniestra de hermosa sonrisa y sonoro nombre, Dagmar, le dio esperanzas. Mirándola a los ojos con una gran dulzura le dijo: «El mundo es un lugar horrible, pero necesitamos creer que no es así». Y Karoline, La chica de la aguja, comenzó a creer y su vida entró ya en un punto de no retorno.
Aunque parece un cuento, en realidad, parte de la historia no lo es y tiene un poso de verdad. Entre los años 1913 y 1920 la danesa Dagmar Overbye (increíblemente interpretada por Trine Dyrholm) acabó con la vida de alrededor de 20 bebés de madres sin recursos, a los que, supuestamente, iba a entregar en adopción. «Al igual que muchos otros suecos, no sabía nada sobre esta mujer. Pero la historia realmente me tocó la fibra sensible: la del miedo. Tengo hijos pequeños y lo que más me aterra es que les pase algo», confiesa el director de la película, Magnus von Horn. Así que, más que un dejarse llevar por la tan de moda senda del true crime, Von Horn quiso «hacer un filme sobre ese miedo» convirtiendo La chica de la aguja en «un drama con el terror de fondo».
Aunque, en realidad, si hay un género en el que mejor encaja esta película de hermosísima e impactante factura es «en el de un cuento de hadas; un oscuro cuento de hadas», señala su protagonista Vic Carmen Sonne, a la que pudimos ver el año pasado en Godland, de Hlynur Pálmason. La auténtica Dagmar Overbye regentó durante un tiempo una tienda de caramelos, un hecho que, confiesa Magnus von Horn, le inspiró este original enfoque. «Empecé a pensar en el arquetipo de bruja de los cuentos y, de repente, todo cobró sentido, proporcionándome una llave para entender por completo su rol en la historia y su relación con el resto de los personajes a quienes ahora veía también como arquetipos del folclore», explica. Obviamente, no se refiere Von Horn a cuentos con final feliz al estilo Disney, sino a las amargas y un tanto crueles narraciones de los Hermanos Grimm en las que los protagonistas no siempre acababan viviendo felices y comiendo perdices. De hecho, en La chica de la aguja un cierto sadismo y una incomodidad crecientes a medida que avanza el metraje. «La intención no era humanizar [a Dagmar] o retratarla desde el punto de vista compasivo, sino proponer una especie de aproximación complicada a lo que hizo. Se trata de enfrentarnos a hechos que no admiten una explicación simplista», asevera el realizador, que recibió por este trabajo el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cine Europeo de Sevilla.
La tensión emocional y la angustia se van apoderando paulatinamente del espectador y, desde luego, la historia se narra de forma cruda sin discursos moralizantes y atendiendo a una perspectiva realista. En un contexto histórico y social en el que la pobreza se castigaba con más pobreza, en realidad, Dagmar no es una villana en el sentido convencional, sino un personaje que, traspasado un límite, ya no tiene punto de retorno. «Todos llevamos lo bueno y lo malo dentro y dependiendo de las circunstancias por las que pasamos en la vida podemos ser una persona u otra», advierte Trine Dyrholm, Premio del Cine Europeo a la Mejor Actriz por este papel.
Sin duda el tándem femenino protagonista es una de las grandes bazas de este interesante filme. El proceso de cásting, en este sentido, fue arduo hasta encontrar a las intérpretes apropiadas. «Pero cuando conocí a Vic Carmen me pareció la única actriz con el aspecto y el registro emocional necesarios para el papel de la joven embarazada dispuesta a viajar a otro universo con valores morales totalmente diferentes», indica Magnus von Horn. Trine Dyrholm, fue, en cambio, una primera elección, aunque costó convencerla para que aceptara el papel de la asesina de niños.
A ese inquietante aire de película de terror contribuye en buena manera una fascinante (y laureada) fotografía en blanco y negro de Michal Dymek que transporta literalmente al espectador a una película del año 1919 que bien podrían haber rodado los maestros del cine escandinavo Victor Sjöström o Mauritz Stiller. La chica de la aguja tiene mucho de la fuerza visual de su cine y otro tanto de ese expresionismo alemán que convertía la (dura) realidad en pesadilla desasosegante. «Jugamos con encuadres y movimientos de cámara imitando el estilo de la época. También lo intentamos a través de Vic Carmen y su actuación», puntualiza el director, quien no pudo resistirse, por cierto, a hacer su particular homenaje a la primera película que dio origen al cine hace 130 años: Salida de los obreros de la fábrica, de los hermanos Lumière. «Forma parte de nuestra memoria colectiva», concluye.
Pero quizá una de las cuestiones que convierten La chica de la aguja en una película casi inmersiva en esa fría, inhóspita y dura Copenhague del año 1919 es su brillante, imaginativa, eficaz y emocional recreación de la época. Aunque, en realidad, no se buscó el rigor ni la exactitud histórica al detalle. Sólo el sonido de las campanas del Radhuset de Copenhague, el Ayuntamiento de la capital danesa, son reales (de hecho, la película se rodó en Polonia, país en el que reside Von Horn). Por lo demás no hay elementos identificativos de la ciudad en aquella época. El equipo eligió crear una serie de texturas que evocaban ciertamente aquella época a través del imaginario colectivo que se tiene de la misma.
Quizá por ello la música electrónica casa de manera tan armoniosa con la estética del filme, aunque parece también un empeño personal de Von Horn que el espectador enlace esta historia ambientada en la Europa arrasada por la I Guerra Mundial (1914-1918) con el presente. Porque para el director es posible que el mundo sea ahora «mucho mejor que hace 100 años», pero sigue siendo un «lugar injusto», el escenario de un cuento de hadas retorcido y macabro.