Pantalla Grande

La plaga

CAMPAMENTO OVERLOOK



Dirección: Charlie Polinger

Productores: Annamaria Morelli, Paolo Sorrentino, Andrea Scrosati, Massimiliano Orfei, Luisa Borella, Davide Novelli

Guion: Charlie Polinger

Reparto: Everett Blunck, Joel Edgerton, Elliott Heffernan, Kenny Rasmussen, Kayo Martin.

Música: Johan Lenox

Fotografía: Steven Breckon

Montaje: Simon Njoo, Henry Hayes


Idioma (VOSE): Inglés

Duración: 94'

SESIÓN 07.04.27

A falta de una comprobación más detallada, ésta puede ser la edición de nuestro Cineclub con más óperas primas. Este dato en sí mismo no es ni bueno ni malo; es evidente que la calidad es lo que debe contar en una selección de películas. Yo creo que el nivel es alto. Lo comprobarán si han llegado a esta crónica por orden cronológico y han tenido ocasión de ver: Yo no moriré de amor, Hangar Rojo, El reino de la Mafia, Nino y, dentro de veinte días, Viva. Esto demuestra —junto con la película de hoy, La plaga— que hay renovación y vida más allá de las series televisivas, con una joven cantera en el mundo del cine con mucha hambre de balón.

Hoy nos centraremos en la ópera prima de Charlie Polinger, La plaga. Es probablemente la mejor de todas las anteriores que les he mencionado y una gran desconocida para el gran público. Son muchas sus virtudes; algunas de ellas nos llevan a compararla con el inconfundible estilo de Stanley Kubrick, en el que los planos fijos envuelven al espectador con una belleza insana y perturbadora. La utilización de la música, mezclando acordes clásicos, voces y sonidos contemporáneos, acentúa esa sensación opresiva en el espectador. Si a esto le añadimos el lugar donde transcurre la acción —unas instalaciones deportivas de un campamento infantil donde, desde la piscina al resto de sus dependencias, se convierte en un Overlook para niños— sin duda Polinger nos hará pasar un disfrutable mal rato.

Que los niños libres de cualquier control parental o jerárquico pueden ser las criaturas más malvadas de la naturaleza ya nos lo explicó Golding en El señor de las moscas, pero sería una conclusión incompleta reducir la película a una pseudoadaptación del libro. Nos presenta un entorno opresivo en el que los adultos son meros espectadores apáticos o ignorantes de lo que sucede. El diferente, el que no se sujeta a las normas de la manada, debe ser expulsado de ella. Solo pueden prosperar los que siguen las reglas y la sincronía, como un cardumen de peces.

Ben (Everett Blunck) se incorpora a un campamento de waterpolo para chicos de 12 años. Le preocupa no ser aceptado por sus compañeros al ser nuevo y titubear continuamente al hablar. Pronto se da cuenta de que el líder del grupo es Jake (Kayo Martin). Después de las primeras burlas, Jake convierte a Ben en su protegido, lo cual, a los ojos de los demás, es entrar con buen pie. Ben está contento, participa de todas las gamberradas y comparte con ellos los secretos y los placeres solitarios del inicio a la sexualidad de un preadolescente. Solo hay una cosa que hay que evitar: la plaga. Este mal está personalizado y transmitido por uno de los chicos del campamento con el que nadie conversa: Eli (Kenny Rasmussen). Eli padece una enfermedad de la piel, una especie de sarpullido que le cubre buena parte del cuerpo y le obliga a rascarse continuamente y embadurnarse de crema antialérgica. Puede que se contagie con el contacto o puede que no, pero para Jake, Eli es un individuo al que hay que evitar y con el que no hay que relacionarse. Cualquiera que lo haga se contagiará y contagiará al grupo. Esto no es bullying por agresión; aquí el acoso se manifiesta condenando a la víctima al aislamiento.

Al otro lado de esta reserva de “fauna salvaje” están los adultos, personalizados por el entrenador de waterpolo, Joel Edgerton, conocido por los chicos como Daddy. No es un entrenador duro e implacable; es la viva estampa del buenismo mezclado con un desinterés por enterarse de lo que ocurre. Ben le llega a echar en cara que nunca había visto unas lecciones de autoayuda más patéticas que las impartidas por Daddy.

La acción transcurre a principios del año 2000; por ello es admisible que sea un campamento para chicos y que los smartphones no hayan entrado aún a controlar sus vidas. Las únicas chicas que vemos forman parte de un equipo de natación sincronizada. Son apenas dos años mayores que ellos, pero es la diferencia de edad suficiente como para que, a los ojos de algunos, parezcan bellas ninfas volando dentro del agua; o, por lo menos, así las ve nuestro titubeante Ben.

Polinger ha construido un bello y sádico armatoste, un terrario donde observamos a sus criaturas comportarse sin normas, sin empatía y sin piedad. Edgerton le ayudó como productor a llevar a cabo esta historia. Pero, por favor, trasciendan el relato y eviten pensar que esta es una historia de niños crueles y abusadores.

Hablando de niños: todos ellos están increíbles, pero es de justicia hacer referencia al “papelón” de Everett Blunk, Kayo Martin y Kenny Rasmussen. La timidez y el deseo de agradar del primero; la seductora maldad del segundo y la condición de “bicho raro” del tercero, sostienen con brillantez todo el entramado de la película.

Los primeros naturalistas que desarrollaron proyectos de investigación sobre el comportamiento de los animales en la sabana africana decidieron colocar crotales en las orejas de algunas cebras, con ello pretendían seguir sus movimientos en las migraciones y en el día a día. Mala idea: los grupos de leonas que merodean alrededor de la manada de cebras, a las primeras que atacaban era a las que estaban marcadas. Era fácil coordinar un ataque en grupo cuando identificaban claramente a la presa, porque todas las cebras son iguales, salvo que privemos de ese camuflaje a alguna de ellas. Formar parte de la manada sólo nos exige algo: no ser diferentes. De lo contrario, seremos el objetivo de los depredadores. En nuestro mundo de humanos y con frecuencia, estos depredadores suelen forman parte de la manada.

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