Vaya por delante: ésta no es una película fácil. Ni de ver, ni de comentar. De entrada, no es sencillo contar en unas líneas “de qué trata”, ni resumir su argumento, salvo que para ello fuéramos punto por punto y creásemos un mapa que sería tan grande como el territorio, como en el cuento Del rigor en la ciencia de Borges, que pueden encontrar en El hacedor (1961).
La acción ocurre íntegramente en una granja en la región de Altmark, en el actual estado federado de Sajonia-Anhalt, anteriormente parte de la República Democrática Alemana (Alemania del Este), y donde (fuera de la película) acaba de ganar la ultraderecha de AfD en septiembre de 2026. Esto (la ubicación de la historia) lo sabemos por fuentes externas, pues no se señala expresamente en la propia película, salvo por alguna mención a pueblos que no nos suenan de nada.
La historia ocurre en cuatro épocas, a lo largo de más de cien años, en torno a cuatro chicas, que son las narradoras y los ejes de cada generación de habitantes de la granja. En torno a la década de 1910, con la niña Alma (Hanna Heckt). En los años 40, con la adolescente Erika (Lea Drinda). En torno a los 80, con la desafiante joven Angelika (Lena Urzendowsky). Y en la actualidad, con la adolescente Lenka (Laeni Geiseler). Pero no se trata de una narración lineal, sino que los tiempos se van alternando y mezclando constantemente y los sucesos y las palabras resuenan de unas épocas a otras. No hay ningún rótulo que señale en qué momento estamos en cada escena, lo tenemos que suponer por la decoración, el vestuario, los elementos (velas o luz eléctrica) y por los personajes, una vez que los vamos situando. También requiere mucha atención, o varios visionados, saber quién es quién y quién es hijo o hija de quién. Por ejemplo, Irm (Claudia Geisler-Bading), hermana de la Erika de los 40, es la atormentada madre de la Angelika de los 80. Parece que la generación “actual”, de Lenka y sus padres Christa y Hannes, no tiene parentesco ni son descendientes de los anteriores habitantes de la granja, vendrían a ser la Nueva Alemania, pero tampoco de esto podemos estar completamente seguros.
El título español, El sonido de la caída, y el internacional, Sound of Falling, se apartan considerablemente del original alemán, In die Sonne schauen, que se traduciría por Mirando hacia el Sol. En la película hay “caídas”, desde una de broma, cuando las niñas clavan al suelo la zapatilla de una criada y ésta se cae al ponérsela e intentar andar, hasta otras “caídas” en el río, que no son caídas. Y sonidos, y ecos. Pero es más clarificador el eslogan del film: El pasado no desaparece, resuena. Todo lo que ocurre en la granja deja “huellas” que tienen su eco en las siguientes generaciones y, dada la peculiar estructura temporal del film, los efectos pueden preceder a las causas. La pierna amputada de Fritz (Filip Schnack / Martin Rother) nos puede parecer resultado de un doloroso accidente laboral, luego un bárbaro castigo bíblico y de pronto adquiere todo su sentido y justificación lógica, en una escena posterior, borrosa y apenas entrevista. La muerte está siempre presente, desde ese día de “celebración de los muertos” de las primeras escenas, pasando por las fantasmales fotografías de personas muertas expuestas en el aparador, incluyendo una versión anterior de Alma, muerta (una costumbre común en la época que nos hace pensar en Los Otros), hasta las muertes en el río. Muertes de personas ancianas, muertes de niños y suicidios. Abusos. El maltrato a las sirvientas. También el amor, el drama y la búsqueda de una identidad. Y, sobre todo, la memoria: «Los recuerdos son inestables, dependen del tiempo que pasa; sin embargo, permanece una especie de esencia, un núcleo al que intentamos acceder sin alcanzarlo nunca del todo», ha dicho la directora, Mascha Schilinski.
La idea de las fotografías está en el origen mismo de la película. La directora y su coguionista, Louise Peter, pasaron un verano en una granja en la región de Altmark, una granja que llevaba 50 años vacía y parecía conservar intacto el pasado. Vieron una fotografía de tres mujeres de la década de 1920, que miraban directamente a la cámara, y empezaron a preguntarse cómo serían sus vidas, qué ocurrió entre esas paredes, quiénes se habían sentado donde ellas estaban ahora, cuáles fueron sus destinos y sus experiencias… Ese fue el punto de partida de una investigación histórica y de un complejo guión que escribieron y reescribieron durante tres años. La película se filmó en Sajonia-Anhalt (Neulingen y Vehlgast) en agosto de 2023, con un presupuesto ajustado y un rodaje concentrado de 34 días. Sólo disponían de dos tomas y, como el decorado se tenía que ir adecuando a los cambios de época, no podían volver atrás. Contaron con la ayuda de la gente del pueblo, que les cedió objetos antiguos e historias.
La extraordinaria fotografía de Fabian Gamper se inspira, según la directora, en la fotógrafa estadounidense Francesca Woodman (1958-1981) y sus imágenes de cuerpos borrosos. La cámara se mueve por el interior de la granja, a veces en largos planos-secuencia, que convierten al espectador en la “presencia” que habita el lugar y entrelaza las generaciones… En algunos momentos escalofriantes, los personajes miran directamente a la cámara, rompiendo la “cuarta pared”, como si de pronto fueran conscientes de nuestra presencia, como si se sintieran observados desde otra época. Como dirá un personaje: «Es raro que duela algo que ya no está ahí». En esta película, lo que ya no está y lo que todavía no está sigue doliendo y resonando.