Tras sus exitosas primeras proyecciones en el año 1895, los hermanos Lumière pronto comprendieron que su gran invento, el cine, podía convertirse en una gran ventana para conocer el mundo, así que enviaron a un buen número de discípulos con cámaras y miles y miles de metros de película para filmar todos los rincones del planeta. Uno de los últimos, ya en este siglo XXI, es el portugués Miguel Gomes, que en Grand Tour ha creado, casi con las mismas premisas de los padres del séptimo arte, una de las películas más juguetonas y fascinantes de la temporada. Con una puesta en escena (intencionadamente) propia de una película de la década de 1910 (la historia comienza en 1917) y buenas dosis de humor, la trama lleva al espectador de puerto en puerto, en un periplo por la fascinante Asia. Y todo porque Edward (Gonçalo Waddington), un funcionario del Imperio Británico destinado en Rangún que lleva siete años comprometido con Molly Singleton, entra literalmente en pánico el día de su boda cuando la joven llega para casarse por fin con él. Al darse cuenta de que no recuerda su cara, toma las de villadiego rumbo a Singapur dando inicio a este delicioso Grand Tour en el que el novio a la fuga será a la vez la inquieta y desconcertante presa y la ansiada recompensa para Molly (una maravillosa Crista Alfaiate), que, lejos de enfadarse, encuentra realmente divertida la situación. A partir de ahí, el espectador debe dejarse llevar por un filme a la Lumière que fluye por caminos no estrictamente narrativos y en los que los sonidos (en los diferentes idiomas de los países que visitan los personajes) y una simpática ironía visual son tan importantes como las propias peripecias de los personajes. «Mi película es casi una broma sobre la cobardía de los hombres y la determinación de las mujeres», define con sentido del humor Miguel Gomes, que obtuvo con este trabajo los premios al Mejor Director en los prestigiosos festivales de Cannes y Chicago.
Grand Tour esconde muchas películas distintas en su interior. Como señala el cineasta portugués, es un filme clásico de aventuras, pero también un intimista melodrama, dos partes independientes que casan a la perfección en las dos historias interrelacionadas: la de la búsqueda de Molly, en la que la comedia y el drama se alían deliciosamente; y la de la huida de Edward, una peripecia trufada de saudade portuguesa. Pero incluso más allá de eso, Grand Tour es una película que atisba dos realidades, dos mundos paralelos: el del cine (con sus escenas rodadas en estudio) y el real.
«El cine es también una forma de hacerte viajar y también de moverte por diferentes emociones», advierte Gomes. Y, en este sentido, Grand Tour es también la excusa para que el espectador viva la experiencia inmersiva de un viaje por Asia, incluso a través del tiempo, componiendo una suerte de odisea sincrónica. Porque en esa Asia que recorren Edward y Molly en 1917 también hay espacio para una versión desafinada del My way de Frank Sinatra o para un monumental atasco de vehículos un día cualquiera al ritmo del Danubio azul de Johann Strauss.
Inspirada en dos páginas de un libro de viajes del escritor británico W. Somerset Maugham (1874-1965), el proceso creativo que emprendió Gomes para hacer esta película es digno por sí mismo de llevarse a la gran pantalla. Antes de escribir el guion, pasó meses viajando con sus guionistas por los países que recorren en sus andanzas Edward y Molly en compañía de una cámara cinematográfica de 16 milímetros. «Rodábamos todo lo que nos parecía interesante», rememora el director. Después se crearon los personajes y, finalmente, la historia conforme a las imágenes que habían filmado previamente y que forman parte del montaje final. «Intentamos dar una continuidad, una extraña continuidad entre el mundo real, que puede ser asombroso y espectacular, y un mundo paralelo, el del cine, rodado en estudio, un mundo de ficción, artificial», explica el cineasta portugués.
Ese diálogo entre pasado y presente, entre ficción y realidad da pie también a hablar desde una original perspectiva sobre temas aún candentes como el antiguo colonialismo y el actual, las barreras sociales que cambian o persisten y, por supuesto, el amor y el miedo, que a veces van de la mano.
Grand Tour es una película que no busca gustar, que arriesga y se mantiene fiel a sí misma. Quizá por eso resulte tan estimulante, desenfadada y extrañamente hermosa.
Rodada en un maravilloso blanco y negro que recuerda en muchos aspectos al Tabú del gran Murnau, sin duda uno de sus principales alicientes es el personaje de Molly y la vibrante y simpática interpretación que hace de él Crista Alfaiate. Con una cautivadora risa silenciosa, la joven hace frente a la caza del novio huido no sólo con determinación sino también con mucho humor lo que le permite sacar todo el jugo (para disfrute del espectador) a su encuentro con un primo sin blanca, a un pesado pretendiente, a una cantante de ópera italiana o incluso a un grupo de sabios.
El rodaje del filme, como las venturas y desventuras de Molly y Edward, también estuvo salpicado por un sinfín de peripecias. La más inesperada: la epidemia de covid-19. «Llegamos a Japón en febrero de 2020 y ya no logramos entrar en China. Pensamos que podríamos volver en unos meses, pero pasaron dos años», recuerda el director. De hecho, el equipo no pudo rodar en China. Tuvo que crearse una unidad especial en este país y Gomes tuvo que dirigir las filmaciones en remoto desde Lisboa a través de un montón de pantallas conectadas en tiempo real gracias a internet. No sin ironía, el realizador señala que fue una película épica «porque su proceso no corresponde a los cánones de la industria». Contó con tres directores de fotografía diferentes: «Uno asiático para hacer el viaje conmigo en Asia, otro muy europeo para la parte de estudio y, como no pudimos entrar en China por el covid, un tercero para esa parte», enumera. En cualquier caso, esta especie de producción Frankestein con equipos distintos cohesiona mágicamente en un filme que destila encanto. Sin duda, los hermanos Lumière estarían orgullosos.
Pero, a lo que vamos… ¿Conseguirá Molly encontrar a Edward? ¿Acabará la película con beso, música orquestal y un feliz The End antes de un fundido a negro? No sean impacientes. Quizá eso no sea lo más importante en este filme. Quizá sólo sea una excusa para mirar a esa gran ventana al mundo que es el cine, para fijarse en ese mágico rectángulo de luz e imágenes en movimiento. Así que, compren sus billetes para este apasionante Grand Tour. Déjense llevar y disfruten del viaje.