El camino que lleva en autostop desde Minnesota a Nueva York con la guitarra como ligero equipaje es la senda de un mito, el periplo de una persona, un completo desconocido, una humilde piedra rodante que tras encontrar su voz como artista, acaba erigido en icono cultural, en taquígrafo poético de una época (y futuro Premio Nobel de Literatura) pero que, por encima de todo es, «justo como no quieren que sea». Tras las notables No direction home (2005), de Martin Scorsese, I’m not there (2007), dirigida por Todd Haynes, que realizaban una aproximación desde una profunda admiración a la figura de Bob Dylan, en A complete unknown el siempre solvente James Mangold propone centrar la mirada únicamente en el proceso de transformación del joven de 19 años que toca con veneración Song to Woody para su admirado cantante de folk, agonizante en el hospital, en el artista que revoluciona de forma insolente el Festival de Newport 1965 pasándose al enemigo, la guitarra eléctrica. Se trata del período clave y, quizá el menos conocido de este cantautor, «un momento fascinante porque es cuando realmente se convierte en Bob Dylan y, por supuesto, es el punto en el que hace esa transición histórica del folk al rock&roll», señala Timothée Chalamet, que en A complete unknown literalmente se encarna (incluso cantando) en el mismísimo autor de Blowin’ in the Wind o Mr. Tambourine Man. Para Mangold, «la historia de Bob Dylan es la historia sobre ser artista y encontrar nuestro lugar en el mundo» y, a la postre, cómo ese hecho puede iluminar el camino para personas de distintas generaciones en todo el mundo.
En el filme, Mangold expone esta historia de forma lineal, quizá convencionalmente pero con una puesta en escena impecable estructurada en dos marcadas partes: una primera más suelta en la que retrata su llegada a Nueva York y pone el acento en el contexto de la realidad social e histórica del momento y una segunda atravesada por la revolucionaria actuación en Newport y la gira con Joan Baez, interpretada de forma destacada por Monica Barbaro. Para el realizador, en un trabajo como éste que trata de recrear el personaje y su época desde un punto de vista honesto, era básico que los actores fueran libres para componer su propia versión de los personajes reales que interpretan, no una imitación. «Yo no tocaba la guitarra, sólo un poquito el ukelele, y cantaba en la ducha, eso era todo. Me centré en capturar la esencia de Joan Baez, no en imitarla. No intenté poner mi sello, sólo dejarme llevar… La generosidad de Jim [Mangold] fue darnos esa libertad en lugar de forzarnos a recrear algo con rigidez», rememora Barbaro. Un proceso similar vivió el propio Timothée Chalamet, que en el filme canta e interpreta en directo más de 40 títulos de Dylan. «Para mí era importante cantar y tocar en vivo porque el espíritu de la película era hacerlo en directo», señala el joven intérprete. Usaron micrófonos antiguos, aprovecharon la reverberación natural de los teatros en los que filmaban las actuaciones algo que, considera, contribuyó a que su voz interpretando los temas originales del cantautor sonaran de forma «más especial» si cabe. Y ese era precisamente el objetivo, Mangold «no buscaba una reconstrucción literal, sino una interpretación artística. Toda la película es un ejercicio de libertad creativa», expone el actor de Ladybird o Dune.
En el filme, las canciones se superponen en la propia estructura de la película como un elemento narrativo más que permite explicar, matizar o avanzar lo que sucede en pantalla, el equivalente musical a la clásica expresión «una imagen [en este caso, una canción] vale más que mil palabras [fotogramas]». Por ello no es descabellado pensar en este filme casi como un musical encubierto revestido de biopic, un género muy de moda en Hollywood. Desde el éxito de Bohemian Rapsody (2018), de Bryan Singer, Elvis (2022), de Baz Luhrmann, o incluso Milli Vanilli.Girl you know is true que pudimos disfrutar (y, confiesen, bailotear un poquito en la butaca) en la pasada temporada del Cineclub de la UNED y la que próximamente llegará a la gran pantalla Deliver me from nowhere, sobre Bruce Springsteen, el cine ha encontrado un filón temático en las grandes figuras de la música.
Obviamente, disfrutar de la nutrida banda sonora es uno de los grandes placeres de esta producción estadounidense. Quizá no es un filme para puristas o exégetas en la vida y obra de Dylan, pero sí para nostálgicos, por supuesto también para amantes de la buena música y, de forma muy recomendable, para jóvenes que desconozcan su figura.
Tras desempolvar en su anterior filme (con ilusiones renovadas) otro mito, el de Indiana Jones, en Indiana Jones y el dial del destino (2023), James Mangold regresa con A complete unknown a un mundo que no le es del todo ajeno, el de los grandes mitos musicales que modelaron la cultura y la contracultura estadounidense. Ya retrató hace dos décadas, quizá con más hondura e inspiración, en En la cuerda floja (Walk the line; 2005) los pasos del cantante country Johnny Cash (curiosamente, también aparece en el A complete unknown interpretado, no por Joaquin Phoenix, sino por Boyd Holbrook). Como en aquella, Mangold compone aquí un retrato con luces y algunas sombras. En A complete unknown, Dylan es el artista de talento que pone voz a todo un país convertido en un icono, en un mito, pero también el ególatra insoportable superado (y hasta abrumado) por su propio éxito, ese artista que, como dice su famosa canción, tira «20 centavos a los vagabundos» en su «mejor momento». Timothée Chalamet, todo hay que decirlo, lo encarna con absoluta veneración. Su perseverante interpretación es una de las grandes bazas de este filme y brilla junto a otros grandes trabajos del elenco actoral como, especialmente, el del siempre estimulante Edward Norton, que obtuvo su cuarta nominación a los Oscar por su paternal Pete Seeger, el músico folk comprometido socialmente en la defensa de los derechos humanos que ejerció una gran influencia en el propio Dylan.
«¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre antes de que lo llames hombre? ¿Cuántos mares debe navegar una paloma blanca antes de que duerma en la arena?», se preguntaba Dylan en Blowin’ in the Wind, en A complete unknown, sólo los que van entre 1961 y 1965 son suficientes para conocer al mito, a esa piedra rodante que, sin embargo, pese a todo, siempre será un completo desconocido.