Pantalla Grande

Morlaix

CINEFÓRUM



Director: Jaime Rosales

Guión: Jaime Rosales, Samuel Doux, Fanny Burdino y Delphine Gleize

Fotografía: Javier Ruiz Gómez

Música: Leonor Rosales March

Montaje: Mariona Solé Altamira

Diseño de Producción: Jeanne Baillot Smadja

Productores: Jérôme Dopffer y Jaime Rosales

Dirección de Producción: Jérôme Dopffer y Bárbara Díez

Productora Ejecutiva: Àngels Masclans

Intérpretes: Aminthe Audiard, Samuel Kircher, Mélanie Thierry, Alex Brendemühl, Jeanne Trinité, Hugo Le Rolle, Alexis Keruzore, Eden Kerdoncuff, Kenzo Keruzore, Balthazar Delville, Mateo Pichon-Carbone, Arnaud Stephan, Lucía Sánchez, Ilaria Cicolari, Karine Ghobril, Elsa Jaffre


Idioma (VOSE): Francés

Duración: 124'

SESIÓN 05.11.25

Morlaix es una hermosa ciudad del Norte de Bretaña, cercana a la “punta” de Francia (está en el departamento de Finistère), de unos 15.000 habitantes, cruzada por un río y situada junto al mar, cuyo elemento arquitectónico más destacado es su enorme viaducto construido en 1864, de 58 metros de altura y 292 de longitud. Bueno, la ciudad es preciosa para quienes la visitamos como turistas, puede que vivir allí resulte algo claustrofóbico y limitador, como trasluce alguno de los personajes de esta película, con su deseo de salir de allí… Hasta Morlaix se ha ido Jaime Rosales para rodar su octavo largometraje, en francés y combinando actores profesionales y debutantes. Los temas centrales: el amor y la muerte. La forma: el cine dentro del cine y la multiplicidad de formatos.

En Morlaix, la madre de la adolescente Gwen (Aminthe Audiard) acaba de morir. Gwen se queda sola con su hermano Hugo (Hugo Le Rolle). Se supone que hay un padre, pero no se le ve el pelo. Gwen tiene su grupo de amigos. Sale y se acuesta con uno de ellos, Thomas (Alexis Keruzore), que parece noblote pero un poco limitado y taruguillo. A Morlaix y al instituto llega un chico nuevo, Jean-Luc (Samuel Kircher), que viene de París. El capitalino recién llegado es guapo, sensible, culto, poético, sofisticado, también rico y pretencioso, y también a ratos un poco cargante. Empieza haciéndose amigo de Hugo, el hermano pequeño de Gwen, dado que los dos se encuentran solos y un tanto desplazados (uno acaba de llegar y el otro no tiene amigos). Luego, Jean-Luc se va integrando, más o menos, en la pandilla de Gwen, entre la moderada hostilidad de Thomas y el enamoramiento no correspondido de Lara (Jeanne Trinité). Jean-Luc también arrastra un peso, el dolor por la muerte de su hermano. Gwen y Jean-Luc se enamoran y se dan su primer beso, precisamente, en un cementerio. El grupo acude al cine Rialto (existe realmente en Morlaix) para ver una película titulada… Morlaix. Y hasta aquí puedo leer.

La película trata esencialmente del amor y la muerte, desde una perspectiva adolescente, según la cual todo es urgente y definitivo y no se concibe que no es para tanto, que las cosas pasan y todo se puede superar, menos la muerte… El tema del paso del tiempo y cómo lo cambia todo, entrará en juego después. En la crucial escena del “cinefórum” (ya entenderán a cuál me refiero), comentando la película que han visto (sin señalar lo más obvio), Jean-Luc defiende una idea total del amor: sólo importa la ilusión, la espera, el enamoramiento; una vez “alcanzado” el amor, es mejor morir en esa plenitud que dejar que se degrade (nos recuerda la escena de la “separación preventiva” en la obra Días estupendos de Alfredo Sanzol, aunque ésta tenía truco). Otros del grupo tienen una visión más pragmática. La muerte, por su lado, está presente desde la primera escena en el cementerio hasta otros giros posteriores. Junto a eso, tenemos la vida de la “provincia”, ese ámbito conocido pero limitado, junto al sueño de Gwen de irse a París.

Una maravillosa Aminthe Audiard (sobrina del director Jacques Audiard, ya con una docena de créditos en su currículo) domina absolutamente el film, junto a Samuel Kircher (hijo de Irène Jacob que debutó en 2023 en El último verano de Catherine Breillat). Por su parte, el hermano de Gwen (toda una revelación, Hugo Le Rolle) y los amigos de ella (Alexis Keruzore, Jeanne Trinité, etcétera), son todos debutantes o no profesionales. Para otra sección del film, que no les voy a contar, Rosales ha recurrido a dos intérpretes más veteranos, Mélanie Thierry y Alex Brendemühl (quien protagonizó su primera película, Las horas del día).

Si, para La soledad (2007), Jaime Rosales se inventó la “polivisión”, en Morlaix el recurso visual es la combinación de distintos formatos, en 35 y 16 mm, con cámara fija y steadycam: color en formato panorámico, blanco y negro en formato panorámico, color en formato cuadrado de 4:3, fotos fijas en blanco y negro… La película empieza con imágenes en color y pantalla panorámica, de paisajes rurales de Bretaña y de Morlaix, entre las que se intercalan un par de imágenes de París. De ahí pasamos al cementerio, para el entierro de la madre de Gwen, en blanco y negro y formato panorámico, y así sigue la película un rato, hasta que cambia a formato cuadrado 4:3 en color… Otro recurso visual que se repite un par de veces son los primeros planos del rostro de Gwen, con la imagen acelerada (plasman muy bien su desconcierto). En el rodaje en Morlaix, el mayor problema fue la lluvia y el tiempo cambiante. Junto a los formatos, el otro recurso, no sólo visual sino estructural, es el “cine dentro del cine”. En Morlaix hay otras dos películas, también llamadas Morlaix. Una la ve el grupo de amigos en el cine Rialto, la otra Gwen sola en el cine La Salamandre (también existe realmente en Morlaix), en otro momento. Las dos son diferentes, y complementan o reinterpretan de distintas maneras la historia principal. Esas múltiples visiones permiten una reflexion sobre el paso del tiempo y el cambio de los sentimientos y de la comprensión del pasado. No puedo darles más detalles.

Alfred Hitchcock, en su libro-entrevista con François Truffaut (El cine según Hitchcock), decía que siempre hay que utilizar dramáticamente los elementos locales (si estás en Suiza, tienes que utilizar el chocolate, los lagos y los Alpes, pero no como postal de fondo, sino para que ocurra algo). No sé si Rosales pensaba en ese consejo del maestro, pero lo aplica estupendamente con el elemento más icónico de Morlaix, el viaducto. No sólo es una presencia constante en todos los planos generales de la ciudad, sino que sitúa en él dos escenas cruciales… Finalmente, y ya que hemos mencionado a Truffaut, Jaime Rosales se permite homenajear al cine francés, a Godard, Rohmer y Bresson, y en concreto reproduce en una escena la coreografía de Banda aparte (Bande à part, 1964) de Godard (esto lo ha dicho el propio Rosales, yo no había caído). 

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