El cine iraní se ha convertido en los quince últimos años en referente ejemplar de compromiso político y de lucha por la libertad. Cuando a nuestros directores españoles – por citar un ejemplo más próximo a nosotros- les preocupa o aterra una mala crítica publicada por el Carlos Boyero de turno, en Irán el precio a pagar es el ostracismo, la cárcel y en algunos casos la vida, como le ocurrió a Dariush Mehrjui y a su mujer hace un par de años. Por ello, acercarse y dedicarle tiempo al nuevo cine persa es una ocasión importante para disfrutar de una cinematografía extraordinaria, pero también es una forma de apoyo mundial a un pueblo que desde hace tiempo nos reclama que le ayudemos.
Nuestro Cineclub ya tuvo ocasión de apreciar en 2008, con Persépolis, de Marjane Satrapi , y en 2012, con Nader y Simin, una separación de Asghar Farhadi, el talento de esta escuela de jóvenes (y no tan jóvenes) directores. Con ellos llegarían a Europa, nombres, a menudo impronunciables, que se convertirían en invitados habituales de festivales y certámenes de cine independiente. A modo de muestra, en ningún caso exhaustiva, podemos citar, además de los antes mencionados, a Abbas Kiarostami, Forugh Farrokhzad, Sepideh Farsi, Ali Ahmadzadeh , Mehran Tamadon o Jafar Panahi.. Pues bien, de este último me toca hablar ahora.
Jafar Panahi es probablemente el director que más veces ha probado la hospitalidad de las prisiones iranís. Pero esto no es un mérito, es una consecuencia de que su forma de entender el cine es una reivindicación del humanismo y la lucha contra las desigualdades, frente a un régimen que condena a las personas, y especialmente a las mujeres, a vivir eternamente con permiso, reducidas a semovientes a las que no procede escuchar. Por esto, Panahi, es un hombre tan peligroso. Con el coste de alguna de sus películas no tendrían para pagar a la script de cualquier rodaje en España. Su voluntad de seguir hablando por medio de la cámara le ha llevado a cárceles, torturas e incluso huelgas de hambre. En el Palacio de la Audiencia pudimos ver el talento y la economía de medios en su singular: Taxi Teheran. Es bueno por lo tanto que lo tengamos este año entre nosotros, gracias al estreno en España de su última película, y ganadora de la Palma de Oro en Cannes: Un simple accidente. Como mérito y un punto a nuestro favor, seremos los primeros que podamos verla en nuestro país en salas comerciales. Carmelo García es el culpable de ello.
Un perro es atropellado por un vehículo, produciéndole desperfectos que le obligan al conductor a recurrir al mecánico más próximo. Éste último, cree reconocer en el dueño del coche al torturador que le martirizó en el pasado, cuando fue encarcelado. El sonido de su pierna ortopédica y su forma de andar lo delata, pero nunca llegó a verle el rostro. Convencido de que hace lo correcto, lo inmoviliza y se lo lleva atado en la furgoneta. Si verdaderamente es él, merece la muerte. En este viaje tendrá se reunirá con otras víctimas que padecieron tormento a sus manos, convirtiendo esos encuentros en situaciones surrealistas. En la historia se plantearán diversos dilemas ¿Verdaderamente es esta persona quién me torturó? Si lo es ¿Es lícito quitar la vida a este hombre? ¿Hacer eso no me convertiría en alguien tan despreciable como él? El secuestrado jura y perjura que no es la persona que dicen que es, que están a punto de cometer una terrible injusticia.
La película se mueve, a partir de un neorrealismo a la iraní, en un auténtico ensayo sobre la culpa y el perdón. Pero una historia que parece que podría sintonizar o guardar una afinidad inicial con el film de Polanski, La muerte y la doncella, poco a poco va descendiendo al territorio de Samuel Beckett con Esperando a Godot. Hay situaciones en que los personajes terminan interpretando momentos divertidos, consiguiendo que el humor se convierta en el mejor cauce explicativo de esta fábula. Pero, sobre todo, Panahi, reflexiona sobre la responsabilidad de los verdugos, como procuradores necesarios en la existencia del mal. Hasta que punto la obediencia debida puede convertirse en un salvoconducto para los operarios del tirano. Un simple accidente nos retrotrae al planteamiento que Anna Harend en Eichmann en Jerusalén, sobre la banalidad del mal. Cómo insignificantes servidores del Estado pueden ejecutar el mal sin tener consciencia de su propia maldad.
Un simple accidente se mueve en los territorios del azar, donde cualquier hecho inesperado puede terminar por cambiarnos la vida o sacar a la luz episodios pasados que creíamos olvidados. Panahi, describe mejor con esta fábula la realidad humana en general, y la iraní muy en particular, evitando perseguir con ella el fácil alegato donde todo es blanco o negro. Por supuesto, esto no evita constatar en cada secuencia la negrura implícita que subyace dentro del alma de esa maldita teocracia.
Frente a todo esto no nos queda mas alternativa que acudir a Edmund Burke y recordar que lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada. Mientras pensamos qué podemos hacer nosotros al respecto, recibamos con los brazos abiertos la historia que nos cuenta Panahi. Puede que, si la mayoría le dejásemos hablar a él y a otros como él, en los cines de Occidente, la resonancia de su ejemplo podría llegar a Teherán, forzando a que esos clérigos con turbantes, volviesen a sus mezquitas, de dónde nunca debieron salir. Quizá soy un iluso. Qué quieren que les diga: I have a dream.