“Espigar” (glaner) es, en su origen, recoger lo que queda en el campo después de la cosecha. Se ha plasmado en cuadros como Las espigadoras (1867) de Jean-François Millet, La espigadora (1877) de Jules Breton o Les glaneuses à Chambaudoin (1857) de Pierre Edmond Alexandre Hédouin, cuya reaparición cierra este film. Según nos informa un abogado (¡con toga en mitad del campo!), ya se mencionaba en textos legales del siglo XVI y se permite en el Código Penal vigente, pero con condiciones. Sólo se puede hacer después de la cosecha. Otras personas nos ilustran sobre la diferencia entre “espigar” (recoger lo que crece hacia arriba) y “racimar” (recoger lo que crece hacia abajo). No se limita al campo, en la isla de Noirmoutier nos cuentan que también se pueden “espigar” las ostras que se caen de los criaderos, siempre que se respete una distancia mínima.
Como ya hemos detallado en otras páginas, Agnès Varda recorrió Francia con una cámara de vídeo digital y un equipo mínimo para rastrear el tema de los espigadores, partiendo de ese concepto esencial y abriendo el foco progresivamente. Vemos, efectivamente, personas que recogen los tomates que han quedado en el campo después de la cosecha mecanizada, porque eran demasiado pequeños para las máquinas. De ahí pasamos al desperdicio alimentario: cómo las cooperativas y los productores tiran en el campo toneladas de patatas en perfecto estado, porque no tienen la forma o las medidas exactas que exige el mercado. Además, no anuncian dónde las van a volcar, de manera que en muchos casos se estropean y se pierden, aunque haya “espigadores” que están atentos e incluso siguen a los camiones. En un paso más, vemos a los modernos “espigadores” de las ciudades, que recogen los productos desechados por los supermercados porque han pasado su fecha de consumo preferente. Y en otro paso más, a quienes recogen muebles, electrodomésticos o toda clase de objetos, para darles nueva vida o para crear nuevas obras de arte con ellos. Una abogada nos explica que los objetos abandonados en la calle pueden ser adquiridos por cualquiera que los recoja (son res derelictae).
Conocemos a Alain Fonteneau, que vende el periódico La Rue en la estación de Montparnasse, recoge comida tirada por los mercados y es profesor voluntario de alfabetización para inmigrantes. A cultivadores que reconocen que no se les permite avisar de cuándo y dónde van a tirar los productos desechados. A personas que necesitan recoger para sobrevivir. A Claude V., un alcohólico que vive en una caravana. Al viticultor y psicoanalista Jean Laplanche, que explica que en Borgoña está prohibido racimar; a otro viticultor, Jérôme Noël-Bouton, que resulta ser biznieto de Étienne-Jules Marey, el creador de la cronofotografía. Al chef Édouard Loubet, con dos estrellas Michelin, que recoge hierbas en el campo. A Salomon y Charly, que recuperan electrodomésticos de la calle. A creadores que hacen arte con materiales reciclados, como Sarah Sze o el colectivo Terrain Vague («La recuperación casera ha entrado en el mercado del arte, y cuando digo mercado, no digo barato», observa Varda).
En una última vuelta de tuerca, Varda también se considera “espigadora” (la del título del film), pues recolecta historias y personas. Y expone su propio envejecimiento, sus canas, las manchas en las manos, los efectos del tiempo. Siendo un documental de construcción bastante clásica (en su mayor parte consiste en declaraciones de personas), consigue resultar nuevo y revolucionario por la implicación personal de Varda, por su mirada y su empatía. La idea de “espigar” imágenes se plasma en una de las escenas más celebradas del film, cuando Varda, desde el coche, “coge” entre sus dedos a los camiones a los que adelantan en la autovía.