Ciclo Agnès Varda

Las playas de Agnès

LOS RECUERDOS SON COMO MOSCAS QUE REVOLOTEAN



Directora: Agnès Varda

Guión: Agnès Varda

Fotografía: Hélène Louvart, Alain Sakot, Julia Fabry, Jean-Baptiste Morin y Agnès Varda

Música: Joanna Bruzdowicz, Stéphane Vilar y Paule Cornet

Montaje: Agnès Varda, Jean-Baptiste Morin y Baptiste Filloux

Decorados: Franckie Diago

Productora: Agnès Varda

Dirección de Producción: Cecilia Rose


Idioma (VOSE): Francés

Duración: 112'

SESIÓN 02.03.27

«Si abriéramos a las personas, encontraríamos paisajes. Si me abrieran a mí, encontrarían playas». Agnès Varda amaba las playas, que para ella representaban la unión de tres elementos: cielo, mar y tierra. Por eso estructuró su autobiografía cinematográfica en torno a cinco playas, que se corresponden con cinco etapas o aspectos de su vida. Las playas de Bélgica, de su infancia. La playa de Sète, a donde llegó con su familia huyendo de la guerra, donde vivió en un barco entre 1940 y 1943, y a donde volvió para su primera película, La Pointe Courte. La playa de Venice en Los Angeles, para sus dos estancias en Estados Unidos. La playa de la isla de Noirmoutier, donde tuvo una segunda residencia con Jacques Demy y le filmó en sus últimos días para Jacquot de Nantes. Y, dado que en realidad vivió la mayor parte de su vida en París, una “playa” inventada o soñada, que montó como una instalación en la Rue Daguerre, con unas toneladas de arena.

Como es habitual en sus documentales, aunque mantenga ese marco cronológico a grandes rasgos, se sale a menudo de él para dejarse llevar por la libre asociación de ideas, saltando de temas y épocas (ya dice que los recuerdos son como moscas que revolotean). También combina materiales muy diversos. Hay “documentos históricos”, como fotografías familiares, imágenes de archivo, películas domésticas, tomas detrás de las cámaras, secuencias de sus películas o fragmentos de sus instalaciones y exposiciones. También escenas rodadas en la actualidad en los lugares de su vida, a los que vuelve. Incluyendo lugares sin playa, como Aviñón, donde podemos ver una exposición de sus fotografías de Jean Vilar y el Théâtre National Populaire. Pero se incluyen igualmente recreaciones, como las escenas en que vemos a una Varda joven interpretada por una actriz (Anne-Laure Manceau). Piezas curiosas, como la fallida prueba de cámara de un tal Harrison Ford. La presencia del avatar de Chris Marker, el dibujo del gato Guillaume-en-Égypte. Y secuencias de fantasía, como la instalación de espejos del principio, en una playa belga, o el número de trapecio, también en la playa, para decirnos que en algún momento soñó con unirse a un circo.

No es una obra dominada por la nostalgia, aunque la idea de “caminar hacia atrás” sea un recurso visual recurrente. Parece que su infancia fue bastante feliz, pero ella sigue mirando hacia adelante, creando cosas nuevas e interesándose por todo lo que descubre. Por ejemplo, tiene la ocasión de visitar la casa donde creció en Ixelles (Bruselas), la reconoce y reconoce el patio con un estanque en forma de pera, pero no siente “emoción”, se interesa más por la colección de trenes en miniatura de los actuales propietarios. Sí percibimos su añoranza por los amigos desaparecidos, como cuando habla de Jean Vilar. Y la principal nostalgia, que permea todo el film, es la de Jacques Demy, su “muerto más querido”, que se recuerda de múltiples maneras (imágenes, fotografías, sus películas).

Al principio, Varda dice: «Interpreto el papel de una ancianita regordeta y parlanchina que cuenta su vida. Sin embargo, son los otros los que me interesan y a quienes me gusta filmar». Ese “interpreto” ya señala su carácter de escenificación. La película está dedicada a sus hijos y a sus nietos, y hacia el final hay una secuencia cuasi onírica con su familia, en la playa de Noirmoutier, en la que todos van vestidos de blanco y ella de negro. Termina con la fiesta de su 80 cumpleaños, en la que recibe 80 escobas, que no sé si es algo peculiar o una tradición francesa. Antes, nos ha dicho sobre este empeño autobiográfico: «no es un deseo de detener el tiempo, sino de acompañar al tiempo». 

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