“Recordé que mi abuelo Valentín guardaba los viejos cencerros de su rebaño. A través de su sonido se desempolva la estela del tiempo, la memoria trashumante y la propia vida, que es un camino o un tránsito cinematográfico. La película registra a los últimos pastores trashumantes de las Tierras Altas de Soria. Los hermanos Pérez habitan horizontes milenarios componiendo a su paso la banda sonora del camino. Ecos de romances y leyendas transmitidos alrededor del fuego. De la voz de mi abuelo Virgilio ‘La loba parda’, un viaje por las veredas del recuerdo, un devenir o deriva del camino” (Cristina Ortega Blanco). Datos tomados del catálogo Seminci 2019, pág. 132
El documental, en el que Ortega Blanco ha trabajado durante ocho años y cuyo resultado asegura ser una «anécdota» en comparación con todo el material del que disponía, nace a raíz de un mediometraje previo de la cineasta –La música de los rebaños– que narra la relación entre pastor y oveja a través de las onomatopeyas y los cencerros, elemento muy presente también en esta cinta.
Mediante un trashumar de imágenes, La loba parda no solo cuenta la labor de los hermanos Pérez, sino que a través de planos fijos va mucho más allá del simple acto del pastoreo. En palabras de su directora «es una deriva, un camino, una búsqueda cinematográfica a través del olvido».
El título La loba parda proviene de un romance anónimo castellano del siglo XIV, que el abuelo de la directora recita al principio del largometraje y que «pretende evocar la sensación alrededor de la hoguera y de la tradición oral», según ha afirmado la cineasta.
Durante todo el largometraje, Ortega Blanco utiliza numerosos recursos para reflejar a través de la cinematografía la manera en que se sienten todas aquellas personas que habitan en el campo. La cineasta ha explicado que «podemos ver una metáfora entre la niebla y el camino, que hace referencia a la pérdida y al sentimiento de abandono que tenemos la gente rural».
El trasfondo que deja ver esta cinta es la despoblación de las zonas rurales y el olvido de sus habitantes. «Es algo que llevo viendo desde que nací y que ocurre desde los años 60. El problema es que la solución viene dada desde las ciudades, cuando debería gestionarse entre la gente del pueblo para sacar adelante nuestra tierra» ha opinado la directora sobre esta problemática.
Para la mujer del trashumante -continua la directora-, «Era una drama vital para ellas y sus hijos, a los que los pastores trashumantes ni veían, en muchos casos, nacer. Yo quise grabar la película a través de mis dos abuelos y su vínculo a la tierra, uno pastor y otro no, pero ambos relacionados con el oficio, y darle la importancia a las mujeres trashumantes que se quedaban en Tierras Altas. Me hubiera gustado hacer una película solo de ellas, pero les resultó tan doloroso, que no se han abierto a hacer un trasnocho. No quieren volver atrás. La señora que sale la grabé hace cinco o seis años. En esta película me di cuenta que el testimonio más potente que tenía era el suyo, que al final es lo que ha marcado la vida de los habitantes de Tierras Altas y de los niños, madres y abuelas. Me parecía interesante hacer una metáfora entre el título ‘La loba parda’, que ya tiene una connotación muy femenina, y esta señora. La veo como a esa loba y también me veo del mismo modo a mí misma. No me interesaba introducir al principio el rostro de la mujer para que las piedras y los caminos hablaran y nos evocaran lo que allí había. Sin duda, ellas, las trashumantes solas, dan para hacer otra película porque son la parte más importante en la historia; creaban la vida en los pueblos y esperaban.»
Cristina Ortega habla también en la entrevista de su vida en Madrid, de sus visitas a la provincia y de sus recuerdos de Soria: «Estoy aquí – dice, refiriéndose a la capital- porque no me queda más remedio para trabajar, pero ojalá pudiera estar en Berlanga. Con 14 años me fui al instituto de El Burgo y a los 16 años me tuve que ir a Soria a la Escuela de Arte. Me quedé interna porque no había autobús para volver al pueblo. Con 18 me fui a Salamanca y después de obtener una beca trabajé en Puerto Rico; y me volví a Soria a trabajar con el patrimonio. Al final, no tenemos una oferta y demanda real para nuestras capacidades y nos tenemos que ir de allí. No es que yo no viva en Soria porque no quiero. La despoblación es una vergüenza absoluta. En cuanto pueda vuelvo a Soria porque no quiero vivir en unos entornos que no me representan. Me he podido pegar temporadas en casa de mis padres en paro, pero al final era condenarme en vida. Hay que trabajar. Cada vez que puedo voy a Soria, cojo setas y hago las típicas meriendas, pero habitar en un pueblo de la provincia en invierno es para entrar casi en depresión y eso que a mí me encanta.»
En suma: A través de los ecos de antiguos romances y leyendas, y de la reconstrucción de una memoria de formas de vida que desaparecen, la directora ofrece un retrato familiar de una España olvidada.