Uno de los grandes acontecimientos del año 2024 en lo referente a música clásica fue la publicación del primer álbum de la pianista germano-boliviana Adriana von Franqué (1993). Bajo el expresivo título Filigrane, la artista ofrecía un delicado recital de música compuesta por Boulanger, Debussy, Laks, Franck y Ravel, de quienes había seleccionado aquellas piezas que a ella le evocaban de manera más vívida «los colores, el misticismo, la bruma, las luces y la ingravidez» consustanciales a París. De Maurice Ravel incluyó un ensoñador movimiento de su suite Miroirs [Espejos] (1904-05), concretamente el primero, titulado Noctuelles [Mariposas nocturnas]. La maestría y exquisitez de su ejecución llevó al cineasta Christian Petzold a pensar en von Franqué para formar parte del equipo de su nueva película, no sólo interpretando y grabando las piezas de piano que podemos escuchar en el film, sino también instruyendo a la actriz Paula Beer para que resultara convincente en pantalla como una veterana estudiante e intérprete de piano.
El título del film hace referencia, precisamente, al tercer movimiento de la citada suite, conocido como Une barque sur l’océan [Una barca sobre el océano], el más extenso de los cinco y que, tras su considerable dificultad de ejecución, rezuma la quintaesencia del Impresionismo. No es de extrañar la elección de Petzold si tenemos en cuenta la importancia que siempre ha dado a la música clásica en su cine —ya en la fantástica Ondina – Un amor para siempre (Undine, 2020), también con Beer de protagonista, empleó una conmovedora pieza de Bach interpretada una y otra vez por el pianista islandés Víkingur Heiðar Ólafsson—. Además de la antedicha composición de Ravel, en Espejos Nº 3 Petzold utiliza también el famoso Preludio en Mi menor Op. 28 n.º 4 de Frédéric Chopin, recreando la acertada atmósfera de silencio, ambigüedad y duelo que impregna todo el film, y que en las manos de Adriana von Franqué alcanza las más altas cotas de emoción.