Regla número uno: no más de un billete por tienda. Regla número dos: nada de ostentación. Regla número tres (y más importante): discreción. Así, y con un talento desbordante para la falsificación, Czeslaw Bojarski consiguió estafar alrededor de 300 millones de francos antiguos (unos 500.000 euros actuales) al Banco de Francia. Durante unos 15 años, entre la posguerra y los años 60, la Policía trató de darle caza, pero Bojarski, al que llegaron a apodar el Cézanne de la falsificación, consiguió darles esquinazo oculto en una vida absolutamente normal, alejado del mundo del hampa. Su historia real da ahora el salto a la gran pantalla de la mano de Jean-Paul Salomé (Un blanco fácil, Mamá María), en La copia perfecta (L’affaire Bojarski), un entretenido filme que, más allá del mero biopic, hibrida con éxito varios géneros, desde el ‘thriller’ al romance pasando incluso por el documental. No es de extrañar. Bojarski realmente tuvo una vida de película.
«Era un personaje increíble. Lo que me pareció fascinante fue la combinación de varios elementos. Bojarski era emigrante polaco, empezó falsificando documentos, luego se convirtió en falsificador por necesidad para mantener a su familia porque su talento como ingeniero no había sido reconocido en Francia. Era un hombre que quería ser normal, mantener a su familia, ser respetado. Ante todo, este hombre intentó conciliar su vida como falsificador forajido con una vida extremadamente normal, pero como esto no lo era, le resultó muy difícil», explica el realizador. La guía y el tono de esta exitosa producción francesa, en este sentido, siempre fueron los «elementos de cine negro y de ‘thriller’ que ya tenía la historia original», agrega el cineasta.
Todo comienza con un espectacular atraco y continúa en el poco alegre París de la posguerra tras la II Guerra Mundial. Las referencias al cine policíaco francés de aquellos años inundan muchas escenas y fotogramas (como el club nocturno de Rififi (1955), de Jules Dassin, por ejemplo), «ciertas calles de París, ciertas tomas…» las evocan. De hecho, Salomé hizo una lista de aquellas míticas películas de los años 50 y 60 y se la pasó al elenco de actores y al equipo técnico para que encontraran en ella inspiración.
No obstante, no se optó por una recreación absolutamente precisa del París de aquellos años. «El filme no podía perderse en una multitud de reconstrucciones históricas que requieren mucha energía y presupuesto. La ambientación simplemente tenía que ser creíble, mantenerse enfocada en lo que queríamos contar y no caer en reconstrucciones repetitivas», argumenta el realizador. El reto se logró convincentemente con nota. Donde Salomé sí puso todo el interés fue en explicar todo el proceso de falsificación de los billetes que expone en el filme con un detallismo cercano al documental. «Quería que los espectadores sintieran el placer y la evasión que encontraba al falsificar billetes», relata el cineasta. Y es que Bojarski se sumergió tanto en su propio juego que se convirtió en todo un artista. Falsificar le llevaba horas, meses incluso años, un proceso totalmente artesanal para el que incluso inventaba sus propias máquinas. Pero el placer de falsificar con tanto arte (el Banco de Francia llegó incluso a admitir que era imposible diferenciar sus billetes de los auténticos) no era suficiente para contrarrestar los remordimientos que le causaba llevar una doble vida: la que de verdad deseaba y la que tenía lugar en el cobertizo, su laboratorio de la falsificación. La historia de amor entre Bojarski (un más que convincente Reda Kateb) y su esposa Suzanne (excelente Sara Giraudeau) es otro de los puntales del filme. «Era inseparable del resto, porque guiaba las decisiones de Bojarski, que no era un solitario, sino un hombre común con esposa e hijos. Esta gran historia de amor me pareció fascinante, así como el secreto que sacude la relación de la pareja», explica el director.
En el otro extremo familiar se encuentra el comisario André Mattei (Bastien Bouillon), el policía que convertirá la persecución de Bojarski en una cuestión personal, casi obsesiva, al más puro estilo del inspector Javert y Jean Valjean en Los miserables de Víctor Hugo. Todas las piezas de esta historia, la parte social, lo documental, el romance, se insertan milimétricamente y con destreza en este juego del ratón y el gato haciendo de este filme también un buen retrato psicológico de los personajes.
¿Logrará Mattei atrapar a Bojarski? ¿Conseguirá éste hacer entender a su mujer por qué es un delincuente? No acepten imitaciones, confórmense sólo con La copia perfecta.