Fotogrmas de plata a la mejor película española. Goya a la dirección. Premio Especial del Jurado y a la Mejor Música en el Festival de Málaga. Premio Ondas a Javier Batanero. Premio Julio Verne en el Festival de Nantes.
Salva es un honrado vigilante de seguridad que se enamora de Leo, una misteriosa mujer que recoge cartones por la calle. Cuando le pide formalizar la relación, ella le pide a cambio asesinar a Gabo, veterano profesor de artes marciales, al que conoce desde niña.
De nuevo, José Luis Borau dirige una cinta interesante, con excelentes interpretaciones. Destaca el debutante Javier Batanero. El arranque es bastante prometedor en su descripción de personajes de clase humilde.
El film es, ante todo, una violenta historia de amor entre Leo y un vigilante de un polígono industrial, que nos lleva a sumergirnos en un mundo oscuro, lleno de personajes marginados, inmigrantes, talleres ilegales y disminuidos psíquicos que comportan un panorama ciertamente desolador, como telón de fondo de estos amores. Leo tiene un pasado oculto del que no puede desprenderse y cuyo destino le impulsa a un futuro incierto.
El relato es así un cuadro pintado con tremendas pinceladas, pero llenas de una gran profundidad, que hace un análisis perfecto del comportamiento humano de unos personajes, herederos del mejor cine negro de todos los tiempos, que tan sólo tienen la frontera en las controversias y las limitaciones del alma humana.
El perfecto guion, donde nada sobra ni falta en ningún momento, engarza las piezas como las de un reloj y hace progresar la acción sin tener que recurrir a los saltos atrás para explicar el doloroso pasado de los protagonistas, y sin un resquicio de esperanza para ellos.
Leo, no por ser la última y llegar en un momento de especial atención de los medios al cine nacional, corrió mejor suerte que otros de los títulos de Borau. Su película más «auténtica», según algunos, Furtivos (1975), casi la única vista fuera como «lógica» por parte de un cineasta español (más aún entonces, en que no era difícil conectarla con una parte de Tristana y había despertado interés el cine de Saura) quedaba lejísimos y la retahíla de reproches vertidos contra todas las que hizo a continuación había sido imaginativa y habitualmente ventajista.
Para colmo, Leo llega después de su film más extraño y uno de los pocos que me parecen realmente fallidos, Niño Nadie, un aparente canto de cisne, por su tema y tono, para su periplo, sin que fuese posible atribuir esa vez su fracaso a razones idiomáticas (como las casi se puede decir que invisibles en su versión original o mejor dicho, verdadera, La Sabina y On the line / Río abajo) o de comprensión de unas intenciones nada «conmemorativas» (Tata mía y su muy sui generis celebración del 30 aniversario de la Guerra Civil).
Así las cosas, con Leo cae disimuladamente -pese a numerosos premios incongruentes por tardíos, que sólo sirvieron para delatar una ceguera previa- el telón del cine de Borau, sin pompa, en escenarios feos e impersonales -un polígono industrial y alrededores, un gimnasio vetusto, un Madrid a deshoras y de pensiones apuntaladas-, con una historia tan febril como insólita y unos protagonistas al borde de la indigencia, marcados por el pasado.
Poco antes se habían estrenado películas que contextualizan, emparentan y normalizan la existencia de Leo, que poca relación tenía con el cine español de su época, salvo lo que pudiera compartir con otros dos films bastante más famosos y recordados, Carne trémula, de Pedro Almodóvar, y otro como La buena estrella, de Ricardo Franco, otro director aficionado a complicarse la vida y condenado a no llegar casi nunca donde pretendía en su carrera.
Ni impregnada de «sucia» poesía, ni propugnando una gastada metáfora social, acompañada de situaciones de thriller, ni siendo un diletante Resnais, opciones tentadoras todas ellas y de mejor comercialización que su elección. Borau no se aprovecha de las circunstancias en las que situa a Leo, como tsmpoco en ninguna de sus otras obras, pero pretende algo mucho más realista, como es habitual en su cine, escogiendo, eso sí, «senderos empinados y poco transitados». El mayor de todos, su sorprendente estructura.
Habrá pocos cineastas a los que les haya preocupado tanto en sus películas el lenguaje cinematográfico y las historias que edifican sobre sus personajes, y que no hayan filmado nunca ni un film metalingüístico, ni uno situado en el pasado. Cuidada con celo cada palabra (nada de bonitas ni de elevadas) e incorporando con precisión cada una de las imágenes que componen la acción de la protagonista, que interpreta Icíar Bollaín, el efecto que provoca en el espectador la visión del film es, curiosamente, de imprevisibilidad, de misterio, retroalimentado de manera constante, pero tal vez no desvelado del todo.
De esta forma, Leo no puede desembocar en otro sitio que no sea en la tragedia, contra la que parece luchar desde muchos flancos, sin gran convencimiento, entregada de antemano a completar un círculo de abuso, desesperanza y miseria.
Icíar Bollaín está en estado de gracia en otro de los grandes papeles de su carrera, seguida del estupendo debutante Javier Batanero y con unos secundarios perfectamente encajados.
José Luis Borau, al final de su carrera, sigue siendo tan incomprendido personalmente como muchas de sus películas.