Por una vez, podemos contemplar una película de Borau con una sonrisa un tanto socarrona entre los labios. Justo como él se suele mostrar en su vida cotidiana, siempre a través de un humor inteligente.
José Luis Borau nos cuenta en clave de comedia -género que demuestra conocer muy bien y al que debía haber acudido más a menudo en su filmografía- la historia de Elvira, una historia corta y llena de obstáculos del pasado y del presente. Elvira, recién abandonado el convento, sufre lo indecible delante de los hombres. Estos y la vida le traen de cabeza. Necesita el apoyo, la seguridad y la complicidad de su antigua Tata (una espléndia Imperio Argentina que no delata su larga ausencia ante las cámaras cuando rodó el film). También quiere hacer justicia a la memoria de su padre, el general Goicoechea, más distante de Franco de lo que la gente suponía. La verdad es que el enamoramiento primero y el despecho después son los auténticos incentivos para la reivindicación de la historia paterna, pero mal que bien, la campanada se da. Dicho de otra manera, sale a la luz la verdad. Y Elvira.
El lío ha sido salir adelante ante tanta rareza. En primer lugar, ella misma y sus dieciséis años de monja son ya una buena dificultad inicial. Luego está su hermano Alberto, de derechas, con el que se pelea cada dos por tres, ya que éste no está por la labor de descubrir la última verdad del padre (aunque sea a la postre el primero al subir al estrado en la presentación del libro), sino más bien por devolver a Elvira al convento y gozar del patrimonio. La otra rareza se llama Teo, solterón, obseso sexual con fijación por las enfermeras, rodeado de polvo y de recuerdos infantiles, poco dado a la convivencia, al margen de casi todo, escondido en el «zulo» de su niñez. A los tres los crió la Tata, a la que quieren y respetan. Ella los maneja con ternura pero con eficacia. Tiene algo de raiz, de telúrico, este personaje al que sacan del pueblo para arreglar las cosas y que al pueblo regresará. Estuvo enamorada de su señor, del general, y evidentemente era correspondida. En fin, que en Tata mía todo queda en casa. Para la Tata el pasado es un bello recuerdo, los demás arrastran sus traumas. Alberto y Elvira, vamos a entenderlo así se empeñan en no reconciliarse como hermanos que son. Teo no ha salido del pasado ingenuo y poco normal, para él no ha cambiado nada y nada hay que cambiar, porque no se ha enterado de nada, aunque justo es reconocerle que es él quien, apelando a ese pasado y a la vía del sentimentalismo, logra ciertas reconciliaciones temporales, y quien acabe llevándose a Elvira al huerto, que en este caso es la tienda de indios de la niñez, aceptando ella sus propias y absurdas normas de juego.
Borau, en clave de amable y divertida comedia, insiste, con cierto humor socarrón, muy aragonés, en la necesaria aveniencia entre hermanos, en las dificultades heredadas del pasado para vivir el presente, en la importancia de reencontrar la verdad sin perder las raíces y agarrándose a ellas. Es un tema español perenne. Prácticamente nos atañe a todos esta fábula de siempre que es Tata mía.
Nos encontramos ante otro gran film de José Luis Borau del que no vamos a descubrir, a estas alturas, sus extraordinarias dotes para la narración en imágenes, ni tampoco -digámoslo, puesto que él lo reconoce- sus habituales argucias gumentales para acabar no dando la razón a ninguno de sus personajes. Luis Urbez lo explica en Cine para leer. Equipo Reseña. Bilbao, 1986, pág. 289: «Quizás esto último sea así porque Borau es el primer convencido de que todo el mundo hace lo que puede o lo que le dejan, e intenta hacerlo de la forma menos mala que se le ocurre. Aunque la visión no sea demasiado optimista, sí es bastante realista, y, sobre todo, denota un envidiable grado de reconciliación consigo mismo y con la humanidad.»