La exhibición de Furtivos estuvo tan condicionada por las autoridades franquistas que fue desestimada para los festivales de Cannes y Berlín. Fue mejor recibida en San Sebastián, punto de partida de su rotundo éxito de crítica y público, donde recibió la Concha de Oro a la mejor película y el Premio Perla del Cantábrico al mejor largometraje de habla hispana.
También logró el reconocimiento en los Premios del Círculo de Escritores Cinematográficos, los Fotogramas de Plata y el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.
Ángel es un cazador que vive en el bosque con su dominante madre. Un día se dirige a la ciudad y conoce a Milagros, una fugitiva de un reformatorio y amante de un conocido delincuente por lo que decide llevarla a su casa en la montaña.
La película, tensa, llena de fuerza y desgarro, gira en torno al complejo de Edipo. Ángel, enclaustrado, atado a los caprichos dominantes de su madre, vive al margen de la alegría. Conoce a Milagros y se libera: se descubre a sí mismo, descubre la libertad, esa libertad que el corazón del bosque le daba y le quitaba: él era el cazador furtivo, el explorador de las encrucijadas de maleza, y a la vez era el cautivo. Ese bosque, en cierto modo, es la España del dictador, la España encadenada a la tradición, la España oscura. Él mismo encarna la clandestinidad entre la fronda. Y Milagros es la explosión del deseo, el sueño, el torrente de la pasión, la luz que llega como una invasión de lascivia y de esperanza. La película resiste bien el paso del tiempo (tiene algo de escritura paralela, de mundo paralelo al de Pascual Duarte, al de La Celestina…), los actores están espléndidos, sobre todo los cuatro básicos (Borau entre ellos).
En este caso, contra pronóstico, ocurrió lo impensable: la película tuvo éxito, peleó con la censura, deslumbró a muchos e hizo correr ríos de tinta. Borau, que recuperó su cara de niño cinéfilo dijo que no había hecho nunca cine según la moda y que esperaba que superase la prueba del tiempo, del espacio y del tiempo y volvió a declararse afecto al cine natural de Fritz Lang. Después de medio siglo de su rodaje, la película se mantiene fresca, con el mismo interés entre el público actual que el que tuvo el de su estreno.
No obstante, Furtivos pasó dificultadas hasta que pudo llegar al público. «La película tuvo que esperar largo tiempo hasta conseguir la licencia para su estreno definitivo. Fue censurada una y otra vez, exigiéndose numerosos cortes de tipo erótico y político. El problema inicial es de censura. Me exigen que corte y cambie cosas que no puedo aceptar -decía Borau-, porque ello desvirtuaría y destrozaría totalmente la película. Son cortes en primer lugar de tipo erótico, y de desnudos. Hay más facilidades cuando se trata de un erotismo zafio y grosero, cuando se trata de comedias sobre reprimidos en calzoncillos y señoritas en bragas. Si el enfoque es serio, surgen muchas más trabas.» (Fotogramas). En este director siempre surge, tanto en sus declaraciones, en su forma de ser y, en ocasiones, hasta en su obra su ironía, su lucidez, su sensibilidad y su sentido del humor.
El cine español ha recurrido con frecuencia a los escenarios rurales como ámbito de todo tipo de relatos, desde la amable y despreocupada visión costumbrista hasta un realismo social que no olvidaba cierta mirada crítica. Sin embargo, muy pocas películas en esa tradición ofrecen tantos matices, tantas capas como Furtivos. Rodada cuando la dictadura franquista ya agonizaba, la cinta ha quedado como un testimonio de primera mano de un cine que se veía obligado a hablar a medias para contar verdades: ese bosque umbrío, esos personajes atrapados en una civilización atrasada, ese abismo que se abre entre diversas clases sociales no dejan de ser certeros retratos de una España que seguía amordazada y luchaba por zafarse de una represión que se sentía ya ancestral. Pero la película de José Luis Borau es mucho más que eso, ya que ese microcosmos bárbaro y primitivo es también el escenario de un conflicto que puede ser trascendido hacia lo trágico y lo mitológico. Un universo tumultuoso que es filmado con sorprendente rigor y austeridad, con la precisión de un cineasta que observa a sus criaturas sin juzgarlas y que se mueve siempre en un delicado equilibrio entre el tremendismo de sus propuestas y la elegancia a la hora de ponerlas en escena.
Furtivos es un film válido a dos niveles: en el narrativo y en el desarrollo argumental, en este caso, caracterización de los personajes. Dos niveles intrinsecamente unidos, porque se implican y son recíprocos. Borau posee una técnica narrativa tan calculada que más que un medio o condición parece ser la finalidad primordial del film. La narración se apoya en algunos elementos básicos: fluidez, perfecto ensamblaje de todos los bloques. No existe material sobrante y todo confluye en torno a la idea central que se quiere comunicar. Borau aplica, con provecho, las teorías y técnicas ya clásicas: la del conflicto, presente en los cineastas soviéticos y base también del guionista y teórico norteamericano J. H. Lawson, por citar un ejemplo. Utiliza los recursos con total dominio de la materia narrativa: en los primeros minutos del film logra presentarnos todos los personajes principales con los respectivos datos informativos más relevantes: concentra personajes y situaciones en torno a un mismo espacio (ciudad, pueblo, monte) y en un mismo tiempo (simultaneidad y paralelismo). El uso de la elipsis no lo emplea para evitar vacíos, sino que tiene finalidades expresivas propias. El film es entonces preferentemente narrativo. Todo ha sido meticulosamente estudiado. Se ha elegido el encuadre, su duración y los pormenores de la acción minuciosamente. El montaje es cerrado, con abundancia de planos cortos. La imagen aparece en todo momento saturada de significación. La fuerte contextura narrativa se debe a que la filmación se ha efectuado sobre un guion puesto a toda prueba. La teoría y la práctica de Borau es, como la de Pudovkin: un montaje a priori, un guion de hierro.