La cinta representó a España en el Festival de Teherán de 1974 y consiguió el Premio a la Mejor Película del año y mejor guion del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC). Film importante y magnífico dentro de la carrera de José Luis Borau.
El film gira en torno a las trágicas vicisitudes de un emigrante húngaro en un país sudamericano. Este personaje, nostálgico de su patria europea, trata de salir adelante con coraje individualista mediante un pequeño negocio basado en la propiedad de un camión. Una huelga general y las manipulaciones de la policía secreta le llevarán a ver morir a su joven socio y a conocer a una bella prostituta de lujo a través de la cual le tenderán una celada. Nuestro héroe, so pena de ser acusado de un asesinato, se ve obligado a participar en un maquiavélico magnicidio.
Plena de tensión narrativa, de vigor argumental y, como ha señalado algún crítico, «con una trama bien urdida y un sólido guión«, resulta una película inteligente y entretenida. Diego Galán señala: «No es Hay que matar a B. una película lineal, sino el complejo resultado de una reflexión en la que Borau se plantea el contacto del hombre con su realidad«.
Nos encontramos una vez más con una metáfora, lúcida y desencantada, del extrañamiento de la condición humana. Temática muy presente de modo velado en numerosos filmes clásicos y de género norteamericanos. El protagonista está agitado por pasiones generosas (su relación con la pequeña hermana de su socio, su romance sincero con la cortesana, su perseverancia y coraje frente a los obstáculos) pero el tejido mismo de lo real, representado por las vicisitudes políticas y la maraña de intrigas y de embrutecimiento que implican, acabarán por destruirle. Lo cual no debe entenderse como una derrota sino como un testimonio visible (atención a la última imagen) del horror y el prodigio que significa existir.
Toda una auténtica odisea significó para José Luis Borau rodar este guion, del que estaba completamente enamorado y por el que incluso llegó a recibir fuertes ofertas para realizarlo una productora norteamericana, no cediendo a la tentación y siendo él mismo quien lo llevara a cabo. Pero fue esta cinta la que le sacó del olvido, puesto que tras haber llevado a cabo dos intentos: un film del Oeste (Brandy) y un policíaco (Crimen de doble filo), se había dedicado a producir películas y escribir guiones que otros realizaron, como el de Mi querida señorita, de Jaime de Armiñán.
Se enfrenta aquí con un guion bastante original, sobre todo teniéndose en cuenta que no es muy frecuente hacer cine político en nuestro país, y esta cinta es toda una muestra ejemplar en lo que a construcción y realización se refiere dentro del género. La acción se sitúa en una república sudamericana ideal, dato éste que nos viene dado por el acento en el habla de los locutores de radio y televisión, en donde se trata de eliminar a un líder político que vuelve a la nación. Para ello se busca a un «killer» que haga el trabajo y que sirva de víctima propiciatoria fácil de quitar de en medio después.
El film está muy bien llevado a cabo a través de un guion perfecto en donde se pueden identificar algunas figuras reales de la política de los países del nuevo continente, aunque muy veladas por la ficción de que se rodea toda la trama.
La película no parece realizada por nuestro cine de entonces, gracias a la buena factura que le dio Borau, a la espléndida fotografía de Luis Cuadrado, y a la perfecta ambientación y localización de exteriores, así como el uso y utilización de los actores, tanto de los extranjeros que encabezan el reparto, que están sensacionales en sus respectivos papeles, como los nacionales que en cometidos secundarios cubren perfectamente sus personajes con decoro y dignidad.
Una película mal estrenada e incomprendida en su época. Una de las razones de su incomprensión, radica en ser ajena a las etiquetas, expresivamente anómala al cine español coetáneo, pero inequívocamente fascinante, idóneo ejemplo de los modos y maneras de obrar de este «outsider» llamado Borau. Film sobre falsedades, identidades frágiles y de una desesperanza atroz, que destroza el mito de la segunda oportunidad, que carga contra la noción romántica e idealizada, los engaños de las patrias y los nacionalismos, termina imbuyendo de desazón al espectador. Borau consigue mediante su encomiable concisión narrativa un hermoso film, desencantado y pesimista, impregnado por la fatalidad que narra desde una cierta distancia formal, sin empatizar excesivamente, los infortunios y errores de un emigrante, hombre de oscuro pasado, que no termina de situarse.