Estos son los viajes de la madura cineasta Agnès Varda (88) y el joven fotógrafo JR (33), por la Francia rural, a bordo de una furgoneta Mercedes Sprinter adaptada. Su misión: conocer gente, descubrir historias, escuchar y dar voz a quienes no la tienen, fotografiarles y pegar sus fotografías, a tamaño gigante, en las paredes. Llegar a donde nadie ha estado antes con una cámara. La furgoneta de JR es un gadget asombroso: incluye una especie de fotomatón y un laboratorio, que permite imprimir copias a tamaño gigante de las fotos que se acaban de tomar. Luego esas fotos enormes, siempre en blanco y negro, se pegan en paredes, graneros o contenedores, como murales efímeros, que durarán unos meses, días u horas antes de ser borrados por los elementos.
La primera parada es L’Escale (Alpes-de-Haute-Provence), donde fotografían a varios vecinos, todos con una baguette en la boca (como el hueso en Le Lion volatil), luego pegan las fotos seguidas, formando una baguette infinita. En el Norte, en Bruay-La-Buissière, Calais, visitan un viejo barrio minero que va a ser derribado, recuperan fotografías e historias de mineros y retratan a la última habitante, Janine Carpentier, pegando su rostro en la fachada de su casa. En Chérence (Val-d’Oise) conocen a un agricultor mecanizado (Clemens Van Dungern) que cultiva, él solo, 800 hectáreas (200 suyas y 600 de encargo); pegan su retrato gigante en el granero. Le dicen que eso le convertirá en una estrella en el pueblo, él responde que ya lo es. Por casualidad, su explotación está cerca de la casa donde vivió la escritora Nathalie Sarraute, amiga de Varda durante años y a la que dedicó Sin techo ni ley.
En Bonnieux (Vaucluse), fotografían a una camarera (Nathalie Schleehauf) con una sombrilla, y pegan la preciosa imagen en una pared del pueblo. Ella comenta luego que es tímida y se ha sentido un poco incómoda al verse tan expuesta. El campanero (Vincent Gils) demuestra su sonoro arte a JR. En una factoría química de alta seguridad de Château-Arnoux-Saint-Auban (Alpes-de-Haute-Provence), hacen un retrato colectivo de los trabajadores y las trabajadoras y pegan grandes imágenes de peces en unos depósitos. Varda acude a una revisión de la vista, y aparece una escena en la escalinata de la Biblioteca Nacional de París, con personas sosteniendo letras. Luego van a Pirou-Plage (Manche) una zona residencial fantasma que se abandonó sin terminar y está en ruinas; por un día, los vecinos de otros pueblos la visitan y sus rostros empapelan las paredes. También aparece el cartero-pintor Jacky Patin, visto en Les 3 boutons, que le regala a Varda el cuadro que aparecía en aquel corto. Y conocen al artista hippie Pony, que se declara hijo de la luna y el sol.
Viajan a Saint-Aubin-sur-Mer, donde Varda hizo la foto de Ulysse en 1954. En una playa, visitan un búnker de la Segunda Guerra Mundial, caído desde un acantilado y convertido en extraña escultura; pegan en él una imagen del fotógrafo Guy Bourdin (1928-1991), tomada en tiempos por Varda; al día siguiente, la marea se la ha llevado; imágenes efímeras. Después, no sin discusión, hacen una excepción a la regla de visitar sólo pueblos, aceptando que el puerto de Le Havre es como un “pueblo”. En el puerto, conocen a tres mujeres de estibadores, una de ellas camionera en el puerto, y pegan sus imágenes en una pila de contenedores… En todo el viaje o los viajes, desde los graciosos títulos de crédito animados, respiramos la química y la complicidad entre Agnès Varda y JR, sus bromas, sus pullitas, su admiración mutua, su intercambio de ideas y reflexiones… Al final, tras una amarga no-aparición de Godard, el McGuffin de las gafas oscuras de JR se resolverá de manera encantadora.