El comienzo de la película no deja duda ni esperanza sobre cuál va a ser el destino de su protagonista. Unos jornaleros encuentran en una zanja, junto a una finca de viñedos, el cadáver de una joven vagabunda, Mona (Sandrine Bonnaire), que ha muerto de frío. La voz de la narradora (Agnès Varda) nos dice que nadie reclamó el cuerpo y que pasó de la zanja a la fosa común. Pero que las personas que se cruzaron con ella en sus últimas semanas la recordaban, de manera que la historia de esos últimos días se va a reconstruir mediante flashbacks a través de esos testigos, que tienen un conocimiento parcial sobre ella y que no saben que está muerta ni que se llamaba Simone Bergeron. La narradora tampoco es omnisciente, pues nos advierte: «Yo misma sé pocas cosas de ella, aunque me parece que venía del mar».
En efecto, Mona empieza saliendo desnuda y limpia del mar, y a lo largo de la película se va hundiendo en la suciedad, mientras se deteriora lo poco que tiene: se rompe el cierre de la cazadora, se van deshaciendo las botas, hasta la pérdida del saco de dormir que señala el comienzo del fin… Mona es una chica arisca, que huele mal, que va a lo suyo y nunca da las gracias. No es una víctima. Por lo (poco) que sabemos, entendemos que su modo de vida es una elección. No busca simpatía, ni quiere que la salven. Ha elegido la libertad. Habla poco y no explica nada. No encarna ninguna ideología, quiere que la dejen en paz y manda a todo el mundo a la mierda. No establece relaciones. ¿Tiene familia? Casi no, dice. Estudió un Bachillerato profesional de Secretariado y trabajó un tiempo como secretaria, pero no aguantaba tener un jefe. En su caminar, se mantiene con pequeños trabajos esporádicos, nada que requiera compromiso o disciplina. La película no la juzga ni la defiende, no condena ni hace apología.
Conocemos la parte final de la historia de Mona por lo que cuentan quienes se cruzaron con ella, pero esos “testigos” se retratan a sí mismos más que a Mona. Un mecánico (Pierre Imbert) la considera vaga y una zorra, porque quiere aprovecharse de ella. Un profesor de Filosofía que decidió volver a la tierra para ser pastor de cabras (Sylvaine Berger) le advierte de que todos sus amigos mochileros que continuaron murieron; le dice que él ha elegido un término medio entre la soledad y la libertad; le ofrece una caravana para vivir y una tierra para cultivar, pero ella no quiere obligaciones. Una joven que le da agua (Kathy Champaud) envidia su libertad. Una científica que estudia la enfermedad de los plátanos, Madame Landier (Macha Méril), la recoge en su coche e intenta “ayudarla”, lo que enseguida comprende que es imposible. Su ayudante (Stéphane Freiss) se siente intimidado por ella. Un podador de las viñas tunecino, Assoun (Yahiaoui Assouna), le da cobijo y afecto y le enseña su trabajo; es el único al que le dice su nombre, el único al que coge apego; la única vez que no quiere irse y la única que llora. Una criada (Yolande Moreau) idealiza equivocadamente el momento en que ve a Mona con otro vagabundo (Patrick Lepcynski), soñando con tener el mismo amor con su amante Paulo (Joël Fosse).
Como recurso narrativo peculiar, los “testimonios” se narran por unos personajes a otros, los únicos que hablan directamente a la cámara son Yolande y un jornalero. Assoun ofrece un conmovedor testimonio mudo, sólo huele la bufanda de Mona y mira a la cámara. Además, todos estos personajes tienen relaciones cruzadas entre sí, que entrelazan los distintos “episodios”. También se enlazan a través de la serie de travellings que comentamos en otra página. Pero este “puzzle” quedará incompleto. A diferencia de la narración clásica, aquí no hay una “explicación”, ni un “mensaje”, ni otro cierre que su devastador final.