«A causa de su miedo a la muerte, Cléo descubre que ha sido una muñeca, un objeto, así que se quita su ropa elegante, se quita la peluca, se pone un vestido sencillo y sale a mirar a la gente. Ya no quiere que la miren, quiere relacionarse con gente, convertirse en persona». Agnès Varda.
La película empieza con su única escena en color, durante los títulos de crédito: vemos las cartas del Tarot que una cartomante (Loye Payen) va extendiendo sobre el tapete: tres para el pasado, tres para el presente, tres para el futuro… No son cartas muy halagüeñas, hablan de muerte (o de un gran cambio). No parece un buen presagio para Cléo (Corinne Marchand). En un rato, la bella cantante Florence Victoire, de nombre artístico “Cléo” (Cleopatra), va a recibir el diagnóstico de una prueba médica. Tal vez tenga cáncer. Cléo sale de la casa de la vidente y empieza un recorrido de hora y media, en tiempo real (estrictamente, sería Cléo de 5 a 6,30, dado que la película termina a las 18:30).
La película está dividida en un prólogo y trece episodios, con sus correspondientes rótulos en pantalla, que marcan exactamente el tiempo (el primer capítulo es Cléo de 17:05 a 17:08, y así sucesivamente hasta llegar a las 18:30). Además, es constante la presencia de relojes y espejos. El recorrido físico es igualmente preciso. Podemos seguirlo en un mapa, como el que se incluía en la edición del guión de Gallimard. Empezamos en la Rue de Rivoli, donde está la echadora de cartas y donde luego Cléo y su ayudante Angèle (Dominique Davray) paran en un café y en una tienda de sombreros. Luego cogen un taxi, un Citröen ID conducido por una mujer (Lucienne Marchand), con el que cruzan el Pont Neuf y siguen por la Rue de Vaugirard y el Boulevard Raspail, hasta llegar a casa de Cléo, en el número 6 de la Rue Huyghens… En su casa, una Cléo diva, con una bata blanca emperifollada, recibe a su amante rico (José Luis de Vilallonga). Luego se presentan su compositor, Bob (Michel Legrand) y su letrista, “Plumitif” (Serge Korber). Pero, cuando canta la dramática canción “Sans toi”, algo cambia en ella… Descubrimos que su elaborado peinado era una peluca, que se quita con furia. Con su pelo natural y un vestido sencillo negro, deja atrás a ayudante y amante y comienza su propio camino… Empieza a fijarse en la gente (un hombre que traga ranas, las conversaciones en el Café du Dôme). Los espejos dan paso a los planos subjetivos. Va a buscar a su amiga Dorothée (Dorothée Blanck), que posa en una academia de escultura, y van en un descapotable prestado hasta la Gare du Maine, donde recogen unas bobinas que llevan al cine donde trabaja el novio de Dorothée, en el que ven un corto cómico (Les fiancés du Pont MacDonald). Otro taxi, y en el Parc de Montsouris Cléo conoce a un soldado (Antoine Bourseiller) que también está en su propia cuenta atrás: mañana tendrá que volver a Argelia… Caminan, hablan, y suben al autobús 67, para llegar al Hospital de la Salpétrière…
El tiempo y el espacio, ambos minuciosamente reales y concretos (la película también es un “documental” del París de 1961, Distritos 1, 6, 14 y 5), marcan un “viaje” de Cléo que también supone una transformación del personaje. Cléo “viaja” desde la “muñeca” hermosa, narcisista y mimada, que proclama frente al espejo que la fealdad es la muerte y que mientras sea hermosa está viva, hasta el ser humano que puede decir: «Me parece que ya no tengo miedo. Me parece que soy feliz». Según Sandy Flitterman-Lewis, Cléo «deja de ser un objeto, construido por las miradas de los hombres, y asume el poder de la visión, una visión subjetiva propia». Pero nosotros dejaremos que ustedes debatan su ambiguo final.