François Chevalier (Jean-Claude Drouot) es un apuesto carpintero que vive felizmente en Fontenay-aux-Roses, una pequeña localidad en las afueras de París. Trabaja en un taller de carpintería con su tío (Marc Eyraud) y su hermano (Paul Vecchiali); está a gusto en su trabajo y no demuestra ambiciones materiales (ni tiene coche, usa la furgoneta Citröen del curro). Su esposa Thérese (Claure Drouot) trabaja en casa como modista. Tienen dos hijos pequeños. Los cuatro se aman y son felices. Salen de excursión a los bosques de alrededor, comen en familia, sestean, celebran la vida… En un viaje de trabajo a Vincennes, François conoce en la estafeta de correos a la empleada Émilie Savignac (Marie-France Boyer), muy parecida físicamente a su esposa, y surge una espontánea atracción entre ellos. Poco después, Émilie se traslada a Fontenay y los dos comienzan una relación amorosa y sexual.
Para François no hay problema ni conflicto. Sigue amando a Thérese, pero también ama a Émilie. Pasa la tarde con Émilie y luego vuelve a casa a cenar con su familia. Su teoría es que la felicidad no se resta ni se divide, sino que se suma y se multiplica. Que su amor por Émilie no reduce en nada su amor por Thérese, y viceversa. Es cierto que Émilie no parece tan convencida, no deja de lamentar ser “la otra” y quedar confinada a los márgenes de la vida de François. Pero, para François, no pasa nada. Le dice a Émilie que, si la hubiera conocido antes, seguramente estaría casado con ella, pero conoció antes a Thérese, qué le vamos a hacer. “Felicidad acumulada”, dice, antes de que fueran de uso común conceptos como el “matrimonio abierto” o el “poliamor”. Con la misma tranquilidad, François le revela a su esposa Thérese, durante un día de campo, por qué últimamente se le ve doblemente feliz…
En el aspecto visual, todo esto ocurre entre la luz y los colores del verano y principios del otoño, con un esplendor inspirado en el Impresionismo y en los colores saturados de las revistas “femeninas” de la época. También hay fundidos en rojo, azul o blanco para marcar el tránsito entre escenas. La perspicaz Rebecca J. DeRoo ha señalado que la mayoría de las críticas a La felicidad se han centrado en su argumento, su controvertido final “feliz” o sus diálogos, cuando en realidad la ironía de Varda es más visual que narrativa: la retórica visual de la película desmonta su argumento sentimental. Varda jugó con las referencias a la arquetípica “ama de casa perfecta” que a la sazón se promovía en revistas como Elle y Marie Claire (la “mano que sirve”), y también con referencias a las obras de Simone de Beauvoir (El segundo sexo) y Betty Friedan (La mística de la feminidad). Thérese no es sólo ama de casa, tiene un trabajo, pero en muchos aspectos sigue siendo la mujer consagrada a la felicidad de su familia. Émilie podría ser otro arquetipo, de mujer trabajadora más “moderna” o “liberada”. O no tanto.
Le bonheur es una de las películas más discutidas y polémicas de Agnès Varda, porque admite dos interpretaciones opuestas, sin tomar partido expresamente por ninguna. El principal debate se basa en el doble giro final, que no puedo revelar aquí… Historia sentimental o película de terror. Ataque al matrimonio tradicional o apología de la sumisión de la mujer. Glorificación del amor romántico o denuncia de una cárcel para las mujeres (la “mediocridad dorada” de Beauvoir). Crítica al egoísmo unilateral del hombre (La felicidad desde el punto de vista del hombre fue su título alemán). Feminista o antifeminista… En 1965 podía haber dudas, pero hoy día, conociendo toda la trayectoria de Varda, parece más lógico acoger una “interpretación conforme” con su acreditada postura feminista. No obstante, les dejo el debate a ustedes.