Pantalla Grande

Historias del buen valle

MIGRACIONES. UN MUNDO COMPLEJO BAJO UNA MIRADA HUMANISTA



Productores: Javier Lafuente, Jonás Trueba, Gaëlle Jones, José Luis Guerin

Director: José Luis Guerin

Guion: José Luis Guerin 

Fotografía: Alicia Almiñana

Música: Anahit Simonian 

Dirección artística: Clara Serrano

Montaje: José Luis Guerin

Sonido: Maximiliano Martínez & Pablo Rivas Leyva

Productores ejecutivos: Javier Lafuente, Gaelle Jones 

Intervienen: Vecinos del barrio de Vallbona (Barcelona)


Idioma (VOSE): Español y otros 12

Duración: 122'

SESIÓN 11.11.26

En la ya larga filmografía de Guerín, recuerdo muy especialmente su película En construcción, la historia de la transformación del Barrio Chino de Barcelona a través de la vida de varias personas que transcurren en paralelo. En el documental, que nació de un taller universitario, intervino como montadora Mercedes Álvarez, que siempre ha comentado que se siente, en parte, discípula de este director y lo demuestra en sus obras. Historias del buen valle, aunque realizada más de un cuarto de siglo después, tiene bastante que ver con aquella admirable película en muchos de sus sentidos.

Con Historias del buen valle, Guerin retoma su mirada humanista y su convicción profunda en el cine, concentrando toda su sabiduría en un lugar y unos personajes humildes, desde el respeto y la empatía genuina. 

El propio director explica a la perfección qué narra, por qué y cómo en este documental: 

«En el paisaje indefinido de un barrio periférico, entre el mundo rural y el urbano, coexisten las casas levantadas por los primeros migrantes, quienes llegaron de toda España tras la posguerra…, y los nuevos bloques y viviendas de la ciudad dormitorio, donde se concentra la nueva migración, convirtiendo este humilde rincón en una auténtica aldea global. Historias del buen valle es una suma de imaginarios, de conflictos sociales, generacionales e identitarios, urbanísticos y ecológicos; pero es también una mirada reposada y humanista sobre el mundo actual.

Al considerar el encargo de un museo en torno a los barrios desfavorecidos de  Barcelona, comencé a explorar Vallbona con la cámara de Super8 que acompañó mi adolescencia en los setenta. Muchos motivos de este lugar, en tránsito entre lo  rural y lo urbano, evocaban aquella década, e incluso tiempos anteriores… 

Una historia que, con ligeras variaciones, se repite en  los extrarradios de las grandes urbes durante los años de la dictadura: redadas policiales, clandestinidad, inundaciones, luchas por el agua, la electricidad, el alcantarillado, la escuela, el transporte y tantos otros servicios básicos que damos por sentados en la ciudad. “Todo esto pasó y hasta sus protagonistas se fueron: ya no hay historia”, repetían…

Había que encontrar las miradas capaces de dotar de sentido a todo ello, ver a través de ellas: desde las filosofías y recelos de una pagesía ancestral, desde el legado de un abuelo en su aldea de la India, desde los tambores de un río guineano, desde un sombrío bosque ucraniano… Para proyectar una mirada justa, estos imaginarios debían solaparse al paisaje físico de Vallbona, transformarlo, moldeando su identidad en constante movimiento. Una identidad siempre en construcción, en permanente work in progress.«

José Luis Guerín vuelve al cine diez años después de La academia de las musas (2015). Y qué vuelta. Historias del buen valle es un maravilloso regreso a las esencias humanistas y comunitarias del cine documental creativo de Guerín de los tiempos de En construcción (2001). Vallbona es un nuevo «paraíso perdido» del paisaje, un lugar suspendido en el tiempo, pero sobre el que Guerín no rehuye conflictos del presente como el problema de la vivienda y la desaparición de los barrios con vida propia.

«Curiosamente, Vallbona está justo al otro lado de la carretera de Torre Barró, el barrio que saltó al cine también en la ganadora del Goya El 47 (2024). Es interesante comparar ambos trabajos, que hablan de cosas parecidas pero de forma muy distinta, utilizando el cine prácticamente desde lados opuestos de la misma trinchera«, acierta a decir Arturo Tena.

Guerín encuentra una poética de la resistencia del presente que solo se puede entender desde lo comunitario. Historias del buen valle pasa de una realidad concreta a otra, de una persona a otra, pero el sentido de lo que nos dice cada una de ellas solo se puede entender en relación con los demás. La película se adentra en la filosofía de vida de los habitantes de Vallbona. Guerín los filma con ánimo de descubrimiento, captando sus ideas y emociones, pero siempre desde un cariño profundo. 

Entre río y vías del tren, entre el antiguo migrante interno y el nuevo que viene de fuera, se abrazan lo urbano y rural. Mientras Guerín va dibujando esta geografía de frontera, va cruzando también halos cinematográficos: el documental de entrevista para presentar a los personajes, el impresionismo a la orilla del río a lo Jean Renoir, el western fordiano del horizonte… 

La película, reconocida en el Festival de San Sebastián, se abre con una serie de imágenes en blanco y negro que parecen situarse en un territorio previo a la palabra. No es solo una elección estética: es una declaración de intenciones. «Guerín nos invita a entrar en un espacio donde la memoria todavía no se ha verbalizado, donde los gestos, los silencios y las miradas poseen una densidad expresiva que antecede al relato articulado«, según J. M. León Meliá. Hay en estos primeros minutos una cualidad casi táctil, como si el espectador pudiera palpar la textura de las vidas que se despliegan ante la cámara. Rostros que se detienen, ojos que buscan, pausas que contienen más significado que cualquier discurso explícito.

En la película, Vallbona se configura como un mosaico humano en constante transformación. Guerín no construye un retrato homogéneo ni simplificado; al contrario, se detiene en la convivencia de generaciones y procedencias diversas. Conviven quienes han habitado el barrio durante décadas con quienes llegaron desde otras regiones de España en busca de oportunidades, y con aquellos que, en tiempos más recientes, han migrado desde otros países. Sin recurrir a discursos explícitos o a categorías rígidas, la película deja ver cómo estas trayectorias vitales se entrelazan de manera orgánica.

Lejos de representar la migración como un foco de conflicto, el director la aborda como una corriente vital que reconfigura el espacio común. Las diferencias culturales no se presentan como fricciones inevitables, sino como elementos de enriquecimiento mutuo. En los gestos cotidianos, en las conversaciones casuales, en la manera en que los cuerpos ocupan el espacio, se percibe una construcción compartida del barrio. Vallbona no es solo un lugar geográfico: es un territorio simbólico donde las identidades se negocian, se transforman y se reconocen unas a otras.

Para León Meliá, «Guerín introduce una meditación sutil sobre el paso del tiempo. Las voces que al inicio se presentan con frescura comienzan a resonar con un eco distinto: el de la experiencia acumulada, el de los sueños que han tomado forma -o que han mutado- con los años. Quienes llegaron al barrio con la esperanza de construir un futuro se encuentran ahora en una posición distinta, observando cómo ese futuro se despliega de maneras imprevistas.«

La película se sitúa en un territorio fronterizo entre el documental y la poesía, entre la observación y la participación. Encuentra su verdadera fuerza al recordarnos que todo lugar, por periférico que parezca, está lleno de vidas que merecen ser escuchadas.

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