El cine de temática judicial es un género bastante consolidado y del que todos tenemos en nuestra memoria algunas excelentes películas. Es cierto que buena parte de este archivo personal del que hablamos está compuesto mayoritariamente por producciones norteamericanas. La puesta en escena de un juicio, tiene un dinamismo y una teatralidad muy agradecida a la hora de cautivar al espectador. Los sistemas judiciales europeos, especialmente los heredados del Derecho Romano, adolecen de una liturgia formalista que puede llegar a aburrir a cualquier neófito, pero supongo que con talento se puede llegar a salvar estos escollos sin caer en una mala imitación de un episodio de Perry Mason.
Al abogado Jean Monier (Daniel Auteuil) le ha surgido de forma accidental la posibilidad de defender a una persona acusada de asesinato. Había huido del ejercicio del derecho procesal a raíz de conseguir, tiempo atrás, poner en libertad a una persona a la que él consideraba inocente y descubrir después su error y, lo peor de todo, enterarse de que había vuelto a matar. Esto es lo peor que le puede pasar a un abogado criminalista con principios, implicarse demasiado en su defendido y autoconvencerse de su inocencia. Los buenos abogados no le preguntan al cliente si es inocente, se limitan a escuchar su versión de los hechos y la contraponen con la del fiscal para encontrar algún fallo en la instrucción judicial que le permita al acusado librarse del juicio o ser declarado inocente si al final se celebra.
Todo comenzó con la petición de su exmujer, abogada como él y con la que sigue manteniendo amistad, para que acuda en calidad de defensor de oficio a tomar declaración a un detenido. Sólo será ese día, después le promete que proseguirá ella con la defensa hasta el final. Jean se presentará en la Gendarmería y conocerá a Nicolas Milik (Grégory Gadebois). Es un hombre corpulento, pero que muestra la vulnerabilidad y la fragilidad emotiva de un niño. Le acusan del asesinato de su mujer, pero él lo niega. Lo único que pide es que le dejen en libertad para poder atender a sus cinco hijos. La víctima, su mujer, era una alcohólica que abandonaba con frecuencia el hogar, terminando por dormir la borrachera en los bancos del parque y volvía a casa sin mostrar apenas arrepentimiento de sus acciones. Nicolás cuidaba a sus hijos, los vestía y los llevaba al colegio. Era padre y madre en una misma persona.
Para Jean, esa actitud le descoloca, no hay móvil alguno que justifique el asesinato. Además, dados los problemas con la bebida de su esposa, habría obtenido la custodia de sus hijos con el apoyo de los servicios sociales. Pero Nicolás afirma que nunca se le pasó por la cabeza separarse de ella, y mucho menos matarla, sólo insiste en que es inocente y que no puede dejar abandonados a sus hijos.
La película toca el eterno tema de la presunción de inocencia ante apariencias de culpabilidad o acusaciones no suficientemente contrastadas. El derecho francés utiliza una expresión en la que se basan algunas acusaciones: “íntima convicción”. Esto es algo jurídicamente muy endeble, pero con frecuencia puede ser un argumento procesal perfectamente válido y contrastado.
Por mucho que les apetezca, no tengo intención de decirles quién mató a madame Milik, o si su esposo es realmente el autor de la muerte de ella: el uxoricida, dicho en términos penales. Eviten informarse sobre esta película, huyendo de leer a algunos críticos “spoilericidas” y vengan a los Cines Mercado para enterarse. La historia que se nos cuenta tiene la virtud de mantenernos en la duda hasta los instantes finales.
Daniel Auteuil es toda una institución en el cine y el teatro francés, ha ganado muchos premios como actor y desde hace poco mas de diez años se ha puesto el traje de director de cine. Buena parte de las películas dirigidas por él estaban basadas en adaptaciones de novelas y obras de teatro de Marcel Pagnol. En este caso la productora, que casualmente es su hija, puso en sus manos un libro sobre casos judiciales escritos por el abogado Jean-Yves Moyart . De todos ellos, había un proceso que tenía todos los componentes para convertirse en una película. Le fil (el hilo) es el título original en su distribución en Francia y hace referencia a una prueba endeble o sustancia, según la opinión que tengamos cada uno, que puede servir para condenar a cadena perpetua a este hombre.
La acción de nuestra historia transcurre en las poblaciones de la región de la Camargue (La Camarga), situada en el sureste de Francia y famosa por sus humedales y por ser una de las zonas del país vecino donde la fiesta de los toros y las ganaderías bravas tienen una larga tradición. Auteuil se recrea con frecuencia en esta temática, tanto en la decoración de su despacho como en los exteriores que recorre la cámara. Nos pasea por sus pueblos, por los suburbios por donde la vida de Nicolas transcurría, entre el cuidado de sus hijos y las charlas con su único amigo, el dueño del bar.
La defensa de Nicolas se convierte en una obsesión para Daniel, llegando a afectarle seriamente a su salud y haciendo que caiga en el pecado imperdonable para cualquier abogado, intentar “salvar” a su defendido. Su exmujer se lo reprocha, un abogado no salva a su cliente, se limita a defenderlo. Aun así, cuando piensa en Nicolas, encerrado y sin posibilidad de escape, le vienen a la mente, y a sus pesadillas, la imagen de un noble toro bravo en el ruedo, resoplando temeroso y sin encontrar un espacio entre los burladeros para poder escapar. Pero cuidado, un toro puede ser un noble animal acorralado, pero no olvidemos que cuando nos mira fijamente al interponernos en su camino, todos estamos indefensos