Si Septiembre dice: gira, se gira; si Septiembre dice: baila, se baila; si Septiembre díce que hay que aguantar todo lo que se pueda sin reírse, se aguanta todo lo que se pueda sin reírse. Julio (Mia Tharia), hace todo lo que le dice Septiembre (Pascale Kann). Julio, es tímida, algo despistada e ingenua y sufre bulling en su centro escolar. Septiembre, su hermana, es todo lo contrario, dominante y sin miedo a nada. Acaban de expulsarla por cuarta vez del colegio. Lo que mejor se le da, dice Septiembre, es cuidar a Julio. Un grave incidente ha provocado el traslado de la familia a Irlanda para pasar las vacaciones. Ambas hermanas, que parecen una nueva versión igual de inquietante que las hermanas de vestidito azul al final del pasillo en El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, han creado un mundo propio sólo compartido en ocasiones con su madre (Rakhee Thakrae), artista y diseñadora de modas en Septiembre dice, el debut en el largometraje de la reputada actriz franco-griega Ariane Labed (Langosta, Antes del anochecer).
Presentada en la prestigiosa sección Un certain regard del Festival de Cine de Cannes, el filme propone al espectador un inquietante y perturbador viaje al fondo de las relaciones familiares en un momento particularmente sensible, el despertar sexual de las jóvenes. La historia está basada en la novela de Daisy Johnson, Hermanas. «Me enamoré perdidamente del libro. Era como entrar en el mundo de unos personajes de mujer asombrosos», confiesa la directora. Hermanas es una novela gótica contemporánea «que tiene una atmósfera muy específica y me estimuló la idea de traducirla al lenguaje cinematográfico sin grandes efectos, partiendo de lo físico, lo sensual», añade. En el filme hay un poderosa arma que le ayuda a conseguirlo, un eficaz y preciso montaje mientras, como en el libro, la verdad, los sucesos, los traumas, quedan fuera de campo para el espectador.
Ante la cámara sólo asistimos a los extraños, atrevidos y peligrosos juegos que configuran la dinámica habitual en la relación entre las dos hermanas y que van desde un inocente dar vueltas sin parar o comerse un bote de mayonesa, a manipular peligrosamente objetos punzantes en una perversa pulsión de sumisión por una parte y de control por otra que progresa sin control.
La película le sirve a Ariane Labed para construir un efectista y macabro retrato sobre las relaciones tóxicas en el entorno familiar. «El amor incondicional en la familia puede ser un lugar seguro, pero a la vez convertirse en manipulación», argumenta la realizadora. Sobre la base de ello, planean otras cuestiones como la falta de encaje social y el papel de la mujer en un entorno netamente masculino. «El hecho de que no conocen los códigos o las claves para encajar en el mundo porque se han creado el suyo propio es lo que más me atrajo de Julio y Septiembre», indica Labed. Se trata, apunta de «personajes de mujer que no suelen verse en el cine principalmente porque el cine ha sido, sobre todo, cosa de hombres», añade. En este sentido, toda la trama se centra en un denso, extraño y desigual triángulo familiar conformado por las hermanas y su madre que en ocasiones recuerda mucho al desasosegante y asfixiante universo familiar de Canino (2009), del hoy aclamado Yorgos Lanthimos, largometraje que en su día también puedo verse también en el Cineclub de la UNED. «Creo que es una película que plantea muchas preguntas a los hombres, o esa es mi sensación y me alegra mucho porque era uno de mis objetivos: invitarles a leer el mundo de una manera diferente», añade la realizadora.
Tras la expulsión de Septiembre del colegio y una tensión en aumento entre las tres mujeres durante las vacaciones, Julio comenzará a tomar distancia y se arriesgará a poner en riesgo el vínculo un tanto enfermizo que la une con su hermana. En su debut detrás de la cámara, Labed compone una primera parte del filme de forma brillante poniendo el acento en una puesta en escena inquietante y un tanto claustrofóbica. Destaca, en este sentido, una vibrante fotografía de Balthazar Lab que, en cierta manera, crea un código visual propio y distintivo en las escenas entre las dos hermanas y, por supuesto, un montaje con una estructura interna muy pensada en una historia en la que la información va llegando al espectador a cuentagotas.
Septiembre dice, que pasó con éxito por la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), no es un thriller, aunque podría serlo por esa atmósfera viciada en la que se mueven los personajes; no es un drama, aunque esas dosis de ironía que jalonan el largometraje lo refuerzan, es, sobre todo, un filme bellamente extraño que lleva a sus personajes al límite, a un punto de no retorno. «¿Y si sólo pudiera quedar una de las dos. ¿Serías tú?» , pregunta una de las hermanas a la otra. «Sí», contesta. Habrá que descubrir quién es quién.