Córcega, año 1995. La isla, durante los años previos, ha estado incubando un serio problema que terminará por manifestarse en esas fechas y que continuará hasta hace muy poco tiempo. Los clanes mafiosos controlan buena parte de los sectores estratégicos de la economía insular: la inversión inmobiliaria, los servicios y, por supuesto, el tráfico de drogas.
Todas estas familias tienen en común con las distintas formas de crimen organizado que conocemos el control por el poder y la relación con los políticos para preservarlo. Pero en los reinos sólo puede haber un rey y en las guerras de bandas no caben los armisticios amistosos.
En este paisaje se desarrolla El reino de la Mafia. El título original, en realidad, es solamente Le Royaume (El Reino), pero Sorogoyen ya había dirigido una película con ese nombre y, aunque la temática fuese diferente (tampoco muy diferente), de cara a la distribución procedía bautizarla de otra forma. Si consideramos que la palabra «mafia» puede ser interpretada de forma genérica como cualquier tipo de organización criminal-familiar que asienta su poder y sus recursos en el control del poder político y social para financiarse y desplazar a posibles competidores, esta etiqueta puede colocarse a la Cosa Nostra, la Camorra, la Ndrangheta y también a la mafia corsa.
En nuestro Cineclub no es la primera vez que abordamos el acercamiento a un cine que refleja este tipo de sociedades criminales; por citar los dos casos más relevantes: Gomorra y Para Chiara. La película de hoy se parece más a Para Chiara al narrar la pérdida de la inocencia de una joven una vez que descubre los negocios de su familia. Pero en El reino de la Mafia el enfoque se centra mucho más en las relaciones humanas entre padre e hija, y en cómo se puede naturalizar ese amor sin que por ello se oculte el decorado en el que transcurren los acontecimientos.
En el verano de 1995, coincidiendo con los quince años, la adolescente Lesia (Ghjuvanna Benedetti) es sacada de su protector y apacible entorno familiar y trasladada al lugar de refugio de su padre, Pierre-Paul (Saveriu Santucci), al que hacía tiempo que no veía y del que sólo tiene recuerdos borrosos de episodios de su infancia. Es imperativo que permanezca a su lado. Lesia ya no es una niña y debe ser protegida; la lucha entre clanes familiares no perdona tampoco a los descendientes de sus miembros. En esa casa, rodeada de familiares cercanos y lejanos, conocerá en toda su dimensión al padre que se esconde debajo del uniforme de líder mafioso. Pierre-Paul recuperará todos los momentos que se perdió de la infancia de Lesia y ese sentimiento le hará ser más padre, pero también más vulnerable.
Lesia recorrerá casas-refugio donde se esconden de las bandas rivales. En ellas conocerá a familiares y amigos que la tratan con cariño y respeto, como si la conocieran de toda la vida; como si hubiesen esperado años para que ella se incorporase al destino que el clan le tenía deparado. La proximidad le hará sentirse cómoda entre ellos, pero no disipará todas las dudas y preguntas que le vienen a la cabeza; entre ellas, ¿a qué se dedicaba su padre realmente y por qué los noticiarios hablan tanto de ellos? Si la adolescencia es un periodo de descubrimiento para un joven o una joven, sus quince años vienen con un bonus track de regalo.
Julien Colonna comienza con buen pie con esta ópera prima. Consigue transmitir verosimilitud en el salto de treinta años atrás en los acontecimientos, buscando un «grano grueso» en la nitidez del filme para acercarlo, con más realismo, a ese contexto temporal. El film está rodado en auténticos 35 mm para darle una mayor autenticidad al tormentoso periodo que padecieron los corsos hace más de cuarenta años. Hay que recordar, para los que les guste este tipo de cine, que estas organizaciones criminales repartían sus tentáculos entre Córcega y Marsella; las policías internacionales lo llamaban French Connection. ¿Les suena?
Nos encontramos ante una película que narra las relaciones humanas entre los protagonistas y está lejos de ser un docudrama; sin embargo, en este caso, posee un fascinante espíritu documental la historia que nos relata. El reino de la mafia huye —al igual que ocurría en la película italiana Para Chiara— de embellecer a sus protagonistas. Ghjuvanna Benedetti y Saveriu Santucci son rostros corrientes (en el caso de Santucci, no muy agraciado). Esta naturalidad en las descripciones, que nos recuerda al mejor cine neorrealista italiano, acentúa su vocación de «cinéma vérité».»
Esta película no solo es una excelente ópera prima para Colonna; también lo es para sus dos protagonistas: Santucci y Benedetti. En ellos descansa buena parte de lo mejor de la cinta. La naturalidad de la joven Ghjuvanna es complementada con la madurez de Saveriu. En medio de todo el conflicto desencadenado en esa lucha de clanes, ellos son solo un padre y una hija que intentan conocerse y reconocerse. Las bellas historias pueden surgir desde los lugares y situaciones más inesperados. Este autoconocimiento volverá frágil al padre y convertirá en adulta a una adolescente. Pero no se equivoquen: esta visión aparentemente entrañable de las relaciones familiares entre mafiosos no es un trasunto de Los Soprano realizado por europeos. La «familia» no es una comunidad de simpáticos y ocurrentes gánsteres que consiguen que el espectador empatice con ellos. No hay romanticismo ni sofisticación en la mafia corsa. En realidad, no existe en ninguna de ellas, a pesar de que su existencia haya contribuido a crear algunas de las piezas más memorables en la historia de la cinematografía.