A partir del éxito del disco The Wall, el solista y alma del grupo Pink Floyd, Roger Waters, consideró la posibilidad de llevar al cine el mensaje existencial y nihilista de las canciones del álbum. Para ello, formó trio con Gerald Scarfe, artista e ilustrador y Alan Parker que dirigiría la película. Esta unión no estaba exenta de riesgos. Era una auténtica lucha de egos, que mejoró el resultado final, pero que estuvo a punto de echar por tierra todo el proyecto. La obra es una excelente película que satisfizo a público y crítica, pero que no convenció a ninguno de los tres.
El personaje de este sueño sicodélico y pesimista se llama Pink, que no deja de ser una referencia al creador de la banda, años atrás, y al que los brotes psicóticos y suicidas le obligaron a abandonar el grupo, su nombre era Syd Barret, al que todos le llamaban Pink. Su influencia intangible en el grupo se mantuvo durante mucho tiempo, trasladando el espíritu del mismo a Roguer Waters. El Pink de nuestra historia es un artista de la canción, al igual que el original, al que el dolor y la desesperación le han llevado a hundirse en el abandono y en los recuerdos de una infancia desdichada y marcada por la muerte de su padre durante la II Guerra Mundial. Pink se encierra en su cuarto, destroza su habitación y se lesiona de forma compulsiva.
La obra musical transcurre con imágenes del protagonista, mezclada con dibujos y monstruos procedentes de las atormentadas pesadillas. La sociedad ha ido creando muros que nos aíslan y encierran. Ese encierro nos termina convirtiendo desde la escuela en carne para alimento de una gran picadora humana, donde todos terminamos convertidos en desechos que servirán de alimento para nuevas personas encerradas y separadas por el muro.
Los dibujos de Gerald Scarfe y las gigantescas representaciones plásticas, conectan con el entramado montaje que llevó al grupo musical de escenario en escenario por el mundo. Pero, el cine tiene más posibilidades que un muñeco o unas proyecciones sobre una pantalla. La obra de Scarfe se sublima y potencia en esta película, llegando a ser perturbadora como el personaje de Pink, que termina transformándose en el monstruo que la implacable sociedad que gobierna el muro ha querido que sea. Pink, pasa de ser un hombre atormentado, para convertirse en un líder carismático de una horda, formada con gente sin cerebro que le obedece hasta la muerte.
Es interesante saber el efecto que produce la visión de esta película en los “talluditos” espectadores que la vimos en nuestra juventud, cuando el pesimismo existencial era una actitud ante la vida o una pose para parecer adulto.
La obra sigue siendo una excelente carta de presentación en la cinematografía de Alan Parker, siendo la banda sonora el videoclip más largo e impresionante de la historia de la música moderna. Al final, los tres autores de este “manifiesto” terminaron reconciliándose con él y con el tormento creativo que su puso su realización.