En la ciudad alemana de Wisborg, en 1838, el joven abogado Hutter (Gustav von Wangenheim), especializado en bienes raíces, está felizmente casado con Ellen (Greta Schroeder). El jefe de Hutter, el agente inmobiliario Knock (Alexander Granach), a quien se describe como misterioso pero que paga bien a sus empleados, le encarga una importante misión: viajar a Transilvania para firmar un contrato con el Conde Orlok, que quiere comprar una propiedad en la ciudad: en concreto, el desolado caserón situado frente a la casa de Hutter. Es un encargo que puede costarle esfuerzo, algo de sudor y un poco de sangre, le advierte Knock, pero será muy lucrativo para un recién casado. Hutter emprende viaje, pese a la inquietud de su esposa, que percibe algo espantoso. Ellen queda bajo la protección del armador Harding (G. H. Schnell) y su hermana Ruth (Ruth Landshoff). El confiado (y algo tontaina) joven, que no sabe dónde se está metiendo, hace noche en una posada al pie de los Cárpatos, donde los lugareños le advierten de los hombres lobo y fantasmas que rondan por la zona, lo que él desprecia como supersticiones campesinas. En su habitación, encuentra un ominoso libro sobre antiguas leyendas de los vampiros. Al día siguiente, Hutter prosigue confiadamente su camino, pero nadie quiere llevarle hasta el castillo, la diligencia le deja a medio camino. Entonces aparece una carruaje misterioso, con un conductor mudo y embozado, que le transporta a través de un bosque encantado hasta el castillo, donde le recibe Orlok (Max Schreck). Y, bueno, ya hemos contado demasiado, aquí y en otras páginas, así que lo dejamos…
Como ya hemos relatado, se trata de una versión libre y no autorizada, por decirlo finamente, de Drácula de Bram Stoker. Y lo paradójico es que esta adaptación “ilegal” es también una de las más fieles al espíritu de Stoker, de los cientos que se han realizado. La principal diferencia está en su final (ya lo contamos en otra página, así que no insisto). En todo caso, éste es un filme complejo, sombrío, de belleza magnética, que hechiza al espectador de principio a fin. Una de las veces en que lo fantástico, la ultratumba y el horror metafísico han sido mejor plasmados por el cine.
Inolvidable resulta el Conde Orlok (Max Schreck): alto, esquelético, de andar envarado, calvo, con nariz ganchuda, ojos saltones y orejas puntiagudas, sigue siendo uno de los vampiros más genuinamente “vampíricos”, más de ultratumba, completamente inhumano, que ha dado el género (Bela Lugosi, Christopher Lee o Frank Langella aportarían al personaje una elegancia y sensualidad que, estrictamente, son ajenas a Stoker). La película está llena de imágenes fantásticas y poderosas: el rostro del vampiro, visto a través de los tablones del ataúd; Orlok cargando ataúdes en un carro a toda velocidad; todas las escenas en el barco maldito, la procesión de ataúdes recorriendo las calles desiertas; la enorme sombra del vampiro en la pared mientras sube a la habitación de Ellen (Greta Schroeder); la sombra de la garra cerrándose sobre el pecho de ella… Ellen, la verdadera heroína de la película, tiene una conexión con la naturaleza y conexión psíquica con el vampiro. Pero su carácter es más etéreo, no es una mujer moderna como la Mina de la novela de Stoker.
Esta ya no es una película estrictamente expresionista, pues su carácter único elude toda inclusión en un código prefijado: juega con las sombras, pero en cambio opta por los escenarios naturales, empleando recursos como la imagen en negativo o la cámara rápida para acentuar la fantasía sobrenatural.