En los créditos sólo aparecen el título, la estrella y el director. A continuación, uno de los únicos tres carteles del film, con una advertencia: «Hoy eres tú el primero, admirado por todos, un ministro, un general, quizás incluso un príncipe. ¿Sabes lo que serás mañana?». El comienzo es muy dinámico: la cámara móvil baja en el ascensor, mostrando el vestíbulo del gran Hotel Atlantic, cruza luego el lobby y se sitúa frente a la puerta giratoria… Es de noche, llueve, el ajetreo de huéspedes es constante, y allí está el viejo portero (Emil Jannings), controlando todo, atento y servicial, orgulloso… Pero se ve obligado a cargar un baúl enorme desde un carruaje y tiene que sentarse un momento a recuperar el resuello, de lo que toma nota el gerente (Hans Unterkircher). Cuando se quita el impermeable, el portero reluce con todo el esplendor de su uniforme, con botones dorados y charreteras. Cuando termina su turno y vuelve a su modesto barrio, con el uniforme puesto, todo el mundo le recibe con admiración y respeto… Pero, al día siguiente, cuando vuelve al hotel, en un plano justamente célebre, se cruza en la puerta giratoria con un portero más joven, que lleva un uniforme igual al suyo, su sustituto… En la oficina, el gerente le comunica la nueva situación, a través de una notificación escrita (segundo texto del film): por su decrepitud, le han destinado como encargado a los lavabos del sótano. Un subalterno le “arranca” el rutilante uniforme y le entregan la chaquetilla blanca de limpiador de los aseos. Convertido en “el último” de los hombres, oculta su degradación a su familia y a sus vecinos, y llega a robar su antiguo uniforme del hotel para llevarlo en la boda de su hija (Maly Delschaft). Pero la mentira se desvela, su mujer queda horrorizada cuando le lleva la comida y descubre que ya no es el portero. En el barrio, ahora todos le humillan, se burlan de él y le dan la espalda (a ver, son crueles, pero también se entiende que se la tuvieran guardada, dado que antes era bastante pomposo y soberbio). La única persona que le trata con amabilidad (o humanidad) es el vigilante nocturno del hotel (Georg John) que, en el momento de mayor desolación, le cubre delicadamente con un abrigo…
En otras páginas, hemos comentado con más detalle los dos grandes avances que incluía esta película. Por un lado, (casi) no tiene rótulos, sólo hay tres textos. Por otro lado, llevó más lejos que nadie hasta entonces la “cámara móvil”, capaz de desplazarse por el espacio, bajar en un ascensor, atravesar puertas, seguir a los personajes… Pero, si sólo se tratara de eso (la cámara móvil y la falta de rótulos), la película tendría hoy un interés meramente técnico e histórico. Si la seguimos viendo con interés hoy día, es por su historia humana. No obstante, yo encuentro la elogiada interpretación de Emil Jannings, con todo su patetismo, demasiado sobreactuada, incluso para los estándares del cine mudo.
El rótulo final de El último indica que, aunque el final “realista” habría sido dejar al portero hundido en la miseria, el autor se apiadó de él y añadió un epílogo “de los que, lamentablemente, no suelen suceder en la vida real”. Y tanto… Lotte Eisner considera ese final postizo tan grosero como el público alemán de la época, aunque esté realizado brillantemente, con el rápido trávelin a través del comedor («Cómo echamos de menos el silencioso y más apropiado final, del pobre viejo arropado en el abrigo de su amigo, el portero de noche»). Sin embargo, Luciano Berriatúa ha defendido el carácter “antimilitarista” de ese improbable epílogo: «Si tienes dinero todo el mundo te respeta mucho más que por tu uniforme. El uniforme no vale nada, no es importante, no es mas que el símbolo de una esclavitud más».