Pantalla Grande

Una hija en Tokio

AQUÍ LAS COSAS SON ASÍ (O LO ERAN)



Director: Guillaume Senez

Guión: Guillaume Senez y Jean Denizot

Fotografía: Elin Kirshfink

Música: Olivier Marguerit

Montaje: Julie Brenta

Decorados: Takeshi Shimizu

Vestuario: Azuna Saito

Productores: David Thion, Jérôme Tellin, Valerie Berlemont, Jacques-Henri Bronckart y Tanguy Dekeyser

Intérpretes: Romain Duris, Judith Chemla, Mei Cirne-Masuki, Tsuyu Shimizu, Shungiku Uchida, Yumi Narita, Patrick Descamps, Shinnosuke Abe, Morio Agata, Toshihiro Yashiba, Eriko Takeda


Idioma (VOSE): Japonés, Francés e Inglés

Duración: 98'

SESIÓN 16.12.26

Japón es un país admirable, por muchos motivos. Su arte y cultura: el cine, la literatura, la pintura, el anime, el manga, la música, el diseño. Sus templos y sus paisajes. El luminoso ajetreo de las ciudades de neón y la serenidad rural. La educación de su gente. La comida. Un idioma endiablado pero fascinante. La filosofía. Y un largo etcétera. Pero también tiene cosillas que… bueno, con el debido respeto, no nos cuadran tanto. Una de ellas es la que sufren el protagonista y otros personajes de esta película.

En el momento en que se hizo este film y sucede la acción (2024), en Japón no existe la custodia compartida, en caso de divorcio o separación. Tampoco el derecho de visitas para el progenitor que no tiene la custodia. Además, la “decisión” sobre la custodia se toma por las bravas: el padre que está “en posesión” del niño (aunque sea secuestrándolo) se queda con la custodia y el otro no tiene ningún derecho, ni patria potestad, ni visitas, sólo la obligación de seguir pagando la pensión alimenticia. Esta norma se aplica por igual a japoneses y extranjeros, pero afecta especialmente a matrimonios internacionales, en los que la parte no japonesa está en situacion más precaria y termina perdiendo por completo a su hijo o hija, que no puede salir de Japón hasta la mayoría de edad. Existe un documental sobre este tema, From the Shadows (2013) de Matt Antell y David Hearn. Esto se ha considerado “secuestro internacional de menores”, que vulneraría el Convenio de La Haya sobre los Aspectos Civiles de la Sustracción Internacional de Menores (1980), que Japón firmó tardíamente en 2014. 

Esta resistencia tiene sus raíces en la cultura japonesa, que considera que el divorcio y la custodia son asuntos “privados”, en los que la ley y la justicia no deben interferir. También (y esto es más razonable) se teme la desprotección de las madres ante un agresor. Es cierto que la custodia compartida puede ser un arma de doble filo, si obliga a mantener contacto con un padre maltratador, como en el caso que vimos en Custodia compartida (Jusqu’à la garde, 2017) de Xavier Legrand, que vendría a ser la otra cara de la moneda… En fin, en 2024 se introdujo una modificación en el código civil japonés, que ha entrado en vigor el 1 de abril de 2026 y que aprueba la custodia compartida, todavía de manera incipiente, voluntaria y sin muchas garantías… Pero el tema sigue vivo y creo que aún no podemos considerar Una hija en Tokio como una película “de época” que trate algo “histórico”. Vamos con ella.

Jérôme “Jay” Da Costa (Roman Duris) es un francés que trabaja como taxista en Tokio. Hace nueve años, se separó de su esposa japonesa Keiko (Yumi Narita). Desde entonces, no ha podido volver a ver a su hija Lily, ni sabe dónde está. Durante nueve años, la ha estado buscando. Era chef en un restaurante, pero lo dejó todo para buscar a Lily. Como tenía que vivir, al final cogió un trabajo como taxista. Así, mientras recorre la ciudad, sigue mirando, esperando un milagro, un encuentro casual en una ciudad de 40 millones de habitantes. Pero ahora, después de nueve años, por fin se ha rendido. Va a vender su casa y se dispone a volver a Francia, donde su padre (Patrick Descamps) ha apalabrado la compra de un restaurante, para un nuevo comienzo. Pero entonces, un día que ha cambiado el turno con otro taxista, recoge a una adolescente con muletas, para llevarla al instituto… y la chica es Lily (Mei Cirne-Masuki)… El resto ya lo verán.

El título original, Une part manquante se traduciría por “una parte que falta”, el hueco que ha dejado la ausencia de Lily en la vida de Jay, obsesivamente centrado en recuperarla. Para que no parezca un tema “patriarcal”, su historia se cruza con la inversa de Jessica (Judith Chemla), una mujer francesa que ha perdido igualmente a su hijo y que, al estar al principio del proceso, lo vive con furia e incomprensión (y su ignorancia sirve para instruir también al espectador). Pero también es un problema social, como muestra el grupo de apoyo que coordina la abogada Michiko (Tsuyu Shimizu), con personas japonesas y extranjeras. Tampoco Jay es ningún santo: ignora y “maltrata” a su padre, quien también puede reprocharle que él ha “perdido” un hijo; y se revela que durante la separación de Keiko mostró un lado violento que hace menos incomprensible que su ex cortara todo contacto y que la madre de ella (Shungiku Uchida) la proteja de manera férrea… Y no olvidemos al desdichado Honda (Toshihiro Yashiba), tramposillo pero víctima colateral de la obsesión de Jay. Por otra parte, Lily también revela lo duro que es ser “mestiza” y no sentirse del todo japonesa.

Este es un drama muy bien rodado por Guillaume Senez y con excelentes interpretaciones de Romain Duris, una intensa Judith Chemla y la debutante Mei Cirne-Masuki. Dentro de la tragedia, no podemos dejar de admirar la belleza de los recorridos del taxi driver por Tokio, sobre todo las escenas nocturnas. En una breve secuencia, el taxista lleva a un visitante recién llegado, cuyos ojos muestran el asombro ante una primera visión de la ciudad. Aunque para Jay ese Tokio, las calles iluminadas por neones y los túneles, sea como un “espacio liminar”, un purgatorio sin salida en el que lleva atrapado, dando vueltas, nueve años, lo mismo que conserva el cuarto de su hija como cuando era niña (además de dominar el japonés, Jay conoce Tokio mejor que un taxista local, que le pregunta una dirección).

Un tiempo suspendido. Una búsqueda. Una parte que falta.

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