Mirar la realidad frente a frente resulta difícil o doloroso en ocasiones. Por eso, verla reflejada indirectamente en un espejo proporciona un espacio más cómodo, quizá más seguro, cuando lo que es no es lo que queremos que sea y soñamos con cambiarlo. Ese espejo, quizá, permite leer mejor las emociones de los demás reflejadas en otras personas. Pero, en realidad, Espejos nº3 (Miroirs No.3), el nuevo filme de realizador alemán Christian Petzold (El cielo rojo, Ondina), puede que sea el intento de llenar un vacío en esa imagen de ausencias reflejada en el espejo por el que desfilan los personajes como en una coreografía. Aunque, a simple vista el título haga referencia a la tercera parte de la suite Miroirs No.3 de Maurice Ravel, clave en el desarrollo de la trama.
Laura, una estudiante de música (maravillosa y magnética como siempre, Paula Beer, a la que en el Cineclub se la recuerda por Franz, de François Ozon y por Stella. Víctima y culpable, que pudo verse la pasada temporada) tiene un accidente de coche en el que fallece su acompañante. Betty (Barbara Auer), que vive en una casa muy cerca de la carretera rural en la que ha tenido lugar el siniestro, la ayuda y acoge en su hogar. Allí, al amor de los cuidados de Betty, Laura empieza a sentirse mejor y, sin darse cuenta, a ocupar el lugar de otra persona. Es como si hubiera caído bajo los efectos de un hechizo. Esa casa la protege de la hostilidad del mundo exterior, aunque hay cosas que no cuadran. Los vecinos la miran con recelo y estupor…
No es difícil imaginar que este argumento hubiese tentado al mismísimo Alfred Hitchcock, el mago del suspense. Y, de hecho, en Espejos nº3 pulula un cierto aire hitchcockiano muy a lo Rebeca (1940) y a lo Vértigo (1958). Aunque, en realidad, la verdadera inspiración de Christian Petzold es el cuento de los Hermanos Grimm, La camisita del muerto, un breve relato que habla de la necesidad de aceptación de la muerte y de dejar descansar a los muertos. Espejos nº3 forma parte, junto a Cielo rojo y Ondina, de la trilogía dedicada a los cuentos tradicionales alemanes. Y, como en todo cuento (y a veces también en las películas de Hitchcock), a veces la verosimilitud debe sacrificarse en aras de esa atmósfera inquietante y seductora. Laura y Betty reconocen el desamparo en el reflejo de la una y la otra y el espectador quizá no deba hacerse preguntas, sino sólo dejarse arrastrar por ese juego de espejos que Petzold propone en un relato, sobre todo, de personajes y relaciones entre personas. La complejidad del filme reside en una aparente sencillez hasta que un sorpresivo y enigmático final hace replantearlo todo de arriba abajo. Todo sigue igual, pero algo ha cambiado.
Porque en Espejos nº3 la información sobre los personajes aparece a cuentagotas. Una escena puede a la vez clarificar o aportar una mayor ambigüedad al conjunto. En este sentido, es muy interesante la propia puesta en escena del filme. Los personajes aparecen con una cuidada disposición de encuadres que evitan los primeros planos. En realidad, como señala el propio director, un apasionado de los musicales, siempre piensa en la estructura de sus largometrajes «como un todo y, en este caso, incorporo los musicales en términos de coreografía. Hay una persona y luego otra y, mientras ‘bailan’, entra una segunda pareja de bailarines que influye en la forma de bailar de estas dos primeras personas».
Se refiere a Richard (Matthias Brandt) y Max (Enno Trebs), marido e hijo de Betty, con los que ésta mantiene una relación afectuosamente distante. Los cuatro integrantes de este cuarteto son personajes sin pasado, de los que apenas conocemos su nombre y a los que sólo vamos conociendo en el reflejo de los otros. Es en la intensidad de la interpretación del elenco en la que Petzold deja la responsabilidad de construir esa atmósfera misteriosa que emana del filme.
Con una hermosa fotografía de Hans Fromm que condensa el dorado del comienzo del otoño, Espejos nº3 es una inefable metáfora sobre cómo la irrupción de lo inesperado puede ser también una oportunidad para volver a empezar, para regresar a la casilla de salida con otro ánimo quizá. Le darán vueltas al final, pero de eso se trata.