Ciclo José Luis Borau

La Sabina

MITO Y REALIDAD



Distribución: José Esteban Alenda

Productor: José Luis Borau

Director: José Luis Borau

Guion: José Luis Borau

Fotografía: Lars Goren Bjorne

Música: Paco de Lucía

Diseño de producción: Wolfgang Burmann

Dirección artística: Wolfgang Burmann

Montaje: José Salcedo

Productor ejecutivo: José G. Jacoste

Intérpretes: Ángela Molina, John Finch, Carol Kane, Harriet Anderson, Simon Ward, Ovidi Montllor, Mary Carrillo


Idioma (VOSE): Español

Duración: 106'

SESIÓN 27.04.27

Un ciudadano británico llega a Jarros, un pueblo de la Serranía de Ronda. Su objetivo es realizar un estudio sobre un compatriota que se perdió en el lugar en el siglo XIX. Según la leyenda, en una cueva cercana vive La Sabina, un ser ancestral que devora a los hombres después de practicar el sexo con ellos.

Un ejercicio tan arriesgado como esforzado, con el que se pretende recrear un mito clásico a través de claves modernas. No consigue ensamblar todas las piezas en un conjunto excesivamente coherente, pero posee un innegable poder de fascinación. Es uno de estos productos que impactan sin llegar a convencer en un cien por cien.

Ángela Molina será el trasunto de la Madre Tierra, una metafórica Hera andaluza, en un film de evidentes simbologías femeninas, en el que los actores ingleses Jon Finch y Simon Ward representan cierto desconcierto en un lugar desconocido para ello, dentro de un tema que parece beber, también, en el mito de la fascinación de los extranjeros (Merimée, Brennan, Irving) por Andalucía.

Borau coqueteó con el terreno de lo fantástico en su quinto largometraje como director. Se trata de una insólita propuesta que se adentra en lo legendario (casi mágico) para explorar cuestiones culturales, folclóricas e incluso filosóficas, donde el mito ejerce como puntal del paralelismo orquestado por el cineasta para codificar los miedos y supersticiones que el ser humano no entiende.

«Si bien existe una frontera entre el espacio real y el mágico dentro de la película (y cuyo límite se encuentra en la entrada a la caverna), esta no es la única frontera que se dibuja en ella. Así, Andalucía se convierte en el destino de varios escritores extranjeros que, seducidos por sus costumbres y su paisaje, se instalan en la región. Aunque la cinta adopta mayoritariamente el punto de vista de Michael (Jon Finch), la mirada de Pepa (Ángela Molina) será clave en todo el relato, un contrapunto honesto y vitalista al modo de ser de los ingleses, a su intelectualismo superior y a su desdén por las creencias y costumbres supersticiosas de los lugareños. Juega también un papel esencial el componente literario que planea sobre el film: un relato de tintes mitológicos en el que un escritor sigue los pasos de otro, y donde el rastro de la historia se encuentra en viejas bibliotecas.» (Juanma Ruiz y Cristina Aparicio, en Caimán Cuadernos de Cine, febrero de 2021)

La Sabina es una película eminentemente pura, apasionada, de un romanticismo declarado tanto en la naturaleza de la historia como en la forma de buscar su conexión  con el universo literario de que procede la leyenda de esta extraña criatura-mujer que devora a los hombres durante la sesión de amor en que los goza. Se ve que Borau, puesto a hacer un cine que respondiera a sus propias inspiraciones, no ha querido admitir ni un solo elemento que contrariara la linealidad de la historia y la leyenda. Recuerde el espectador que la película comienza con una foto fija de la entrada a la cueva en que mora y mata La Sabina y termina con una foto fija en que Pepa (Ángela Molina) clausura con su cuerpo es misma entrada de la cueva en que ya se ha verificado la sangrienta ceremonia  del amor y de la muerte. Entre esos dos fotogramas altamente significativos, se desarrolla el amor imposible, la fascinación exotérica, la identificación de la leyenda con la historia, la confusión del sexo con la sangre y la destrucción del individuo. El hombre estaba solo  frente al gran misterio que es la mujer y solo sigue cuando la tragedia  legendaria se consuma.

Borau, en La Sabina, a pesar de la linealidad a que estamos aludiendo, ha pretendido encerrar algunas cosas sustanciales, pero sin subrayarlas inoportuna y cargantemente, sino deslizándolas en el relato como si se tratara de la tarjeta furtiva de un pensador que va reflexionando cosas a la vez que cuenta una historia. Porque la Pepa que se siente atraída  por el prestigio del extranjero, pero que se mantiene fiel a los viejos principios de la raza, es clave en la interpretación del film. Se trata del encuentro de dos mundos: el antiguo mundo de las tierras del Sur y el mundo fascinante y fascinado que viene del Norte con Michael (John Finch), exactamente igual que vino en el siglo anterior con el literato Gerald Brennan. La terquedad de Michael no es más que una premonición de que acabará por repetir  paso a paso la misma historia. 

 «La Sabina es una película que no tiene en cuenta a sus eventuales destinatarios ni siquiera para considerar si existe o no una «demanda» potencial de tan insólito producto (cualquier encuesta de «marketing» hubiese desaconsejado, sin duda, acometer semejante empresa… Pero no nos engañemos: Borau no es ningún «perverso» capaz de cualquier cosa -arriesgada u oportuna, tanto da- con tal de parecer «original» o de distanciarse del grueso del pelotón, y si viola tan palmariamente dos de las reglas no escritas del cine contemporáneo no es por mero afán de «trasgredir» las leyes de la rentabilidad ni de contrariar los deseos atribuidos al público por exhibidores, distribuidores, productores y críticos en curiosa armonía, sino porque tales normas le son ajenas y acatarlas le impediría hacer lo que desea, que no es otra cosa que dedicarse a la muy normal, tradicional y respetable actividad consistente en contar una historia, para él interesante, como él quiere.» (Miguel Marías, en Dirigido por… nº 69, diciembre de 1979)

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