La historia empieza en 1962. La que canta es Pauline (Valérie Mairesse), tiene 17 años y de momento canta en el coro del instituto, pero sueña con dedicarse a la música. En una visita casual al estudio fotográfico de Jérôme (Robert Dadiès), identifica en unas fotos a Suzanne (Thérèse Liotard), que años atrás había sido su amiga y vecina, pero con la que había perdido el contacto, porque había tenido “problemas” (traducido: se había quedado embarazada). Ahora resulta que Suzanne, la que no canta y es cinco años mayor que Pauline, está precisamente con Jérôme, un hombre casado, con quien tiene dos hijos. Las dos jóvenes recuperan su amistad. Pero Suzanne vuelve a estar embarazada, y no quiere tener otro hijo. La impulsiva Pauline le ayuda: pide dinero a sus padres, con la excusa de un falso viaje para cantar con el coro en Aviñón y le da el dinero a Suzanne para que pueda abortar en Suiza. Porque el aborto es ilegal en Francia y hay que irse al extranjero o jugarse la vida en garitos clandestinos. Los padres de Pauline (Mona Mairesse y Francis Lemaire) descubren la jugada y (comprensiblemente) se enfadan bastante… Pauline lo echa todo a rodar, deja los estudios y se va de casa para perseguir su sueño de ser cantante. Un suceso trágico hace que Suzanne, por su parte, tenga que volverse al pueblo de sus padres.
Elipsis de diez años, estamos en 1972. El DeLorean no nos deja en cualquier sitio, es un lugar y momento muy específico: Bobigny, en Seine-Saint-Denis, un suburbio de París, donde tiene lugar un juicio por aborto que sería histórico. En la manifestación a la puerta del juzgado se encuentran Pauline, ahora llamada “Pomme” (Manzana), que canta una canción protesta (“Mon corps est a moi”), y Suzanne, que ahora trabaja en un centro de planificación familiar. A través de flashbacks, cartas y narraciones en off, las amigas recuperan los diez años de separación. Suzanne, el encierro en la granja de sus padres, campesinos cerriles que no aceptan sus ideas ni a sus “bastardos”, luego su trabajo en una fábrica que le permite una primera independencia económica y su proceso de formación hasta llegar a ser trabajadora social y ayudar a otras mujeres. Pomme con sus canciones reivindicativas y sus precarios espectáculos musicales y teatrales, actuando en pueblos ante el desconcierto de los lugareños, con un aborto en Amsterdam, donde conoce a un joven economista iraní, Darius (Ali Rafie), con quien se casa: pero él, muy liberal en Francia, revela en Irán su fondo de marido tradicional… Una frase de Engels, citada en una canción de Pomme, nos recuerda que, dentro de las familias, el burgués es el hombre y la proletaria es la mujer.
Formalmente, Una canta, la otra no se podría considerar una de las películas más “clásicas” de Agnès Varda, una historia melodramática, musical y reivindicativa que se resuelve de manera feliz (no puedo entrar en más detalles). También fue una de las primeras, si no la primera, película francesa dirigida a un público amplio que abordó de manera abierta los temas de la agenda feminista de los 70. El tema del aborto juega un papel esencial en el relato, pero éste también trata sobre relaciones con padres, con parejas ensimismadas, casadas o que se revelan como machistas, sobre el trabajo, la vivienda y ganarse la vida, sobre la maternidad y la paternidad y, especialmente, sobre la amistad. Varda quiso combinar el naturalismo vital con un lado más alegórico (las canciones y escenas teatrales) y con el aspecto documental, en lo que calificó como “docu-dream” (documental soñado). Según Carrie Rickey, ésta podría ser la película más “reconfortante” de su directora en el campo de la ficción, una obra que proclama que la amistad femenina es para siempre.