«Tenía una idea muy precisa cuando hice La Pointe Courte, y era proponer dos temas que no eran necesariamente contradictorios pero que, puestos uno a lado del otro, eran mutuamente excluyentes. Una pareja hablando sobre su relación y, por otro lado, un pueblo tratando de resolver ciertos problemas a través de un proceso colectivo». Agnès Varda.
Los créditos aparecen sobre lo que podría tomarse por un paisaje desértico de dunas, hasta que un movimiento de la cámara revela que se trata de las vetas de un trozo de madera. Estamos en La Pointe Courte, un barrio de pescadores de Sète. Un largo travelling nos muestra calles y casas. Hay dos extraños en la aldea, dos tipos trajeados que resultan ser inspectores de Sanidad. Existe, quizás, un problema sanitario con las aguas de la albufera, y los pescadores tienen prohibida la pesca y el marisqueo. Una veda que ellos burlan en cuanto pueden, dando esquinazo a los controles y a los inspectores.
Hay otro “extraño” en la aldea, un “hijo del pueblo” (Philippe Noiret) que ha regresado después de doce años en París. Está esperando a su esposa. Como no sabe qué día va a aparecer, acude todos los días a la estación. Finalmente, llega la mujer (Silvia Monfort). La presentación de estos personajes es peculiar. Varda comienza mostrando al hombre siempre de espaldas, mientras camina por el pueblo y habla con unos y otros. Cuando llega la mujer en el tren de París, la directora sigue filmándolos de espaldas, hasta que ella le pregunta a él si recuerda su rostro, y en ese momento, la cámara gira a su alrededor y nos muestra sus caras por primera vez.
En la parte “documental” del film, rodada de manera “neorrealista”, con actores no profesionales, por una Varda que ni sabía qué era el Neorrealismo, asistimos a historias locales, que se basan en experiencias que los habitantes de La Pointe Courte contaron a Varda. El mayor problema es la posible contaminación de las aguas por bacterias, que puede poner en peligro su forma de vida. Los pescadores procuran burlar la veda y a la vez encargan análisis alternativos para defender su posición. Pero hay otros dramas. Los jóvenes Raphäel y Anna están enamorados, pero la familia de ella rechaza al chico. Los gendarmes detienen a Raphäel por furtivismo y es condenado a cinco días de cárcel, aunque le dejan salir para las “justas” navales, en las que su buen juego le redimirá ante la familia de Anna. Es muy graciosa la escena en la que los gendarmes dejan que Raphäel vaya a la cárcel por su cuenta, para no ponerle en evidencia. En una familia numerosa, un niño muere por una enfermedad que no se ha tratado a tiempo… El “ojo fotográfico” de Varda retrata las personas y los rostros, pero también se detiene en todos los detalles: las calles, las cabañas, las redes, unos caballitos de mar disecados, las barcas… y los gatos, por supuesto. Para culminar en la catarsis colectiva de las “justas” náuticas y el baile posterior.
Junto a esto, la pareja camina y habla, con largos parlamentos sobre su amor y su relación, y un tratamiento fotográfico con estudiadas composiciones. No sabemos mucho sobre elles, llevan cuatro años casados, su relación está en el alero, y ella pretende que se separen. Esos personajes innominados recorren Le Pointe Courte, él le dice que es un “placer” vivir allí, lo que ella (urbanita) pone en duda…
Estas dos dimensiones no están aisladas del todo. El pueblo actúa como “coro griego”, opinando sobre la pareja y su relación. Al principio, se sorprenden de que él, que nunca había sido un seductor, haya “conseguido” a una mujer tan guapa (parisina). Al final, una mujer comenta que «hablan demasiado para ser felices», el mejor resumen de su relación.