Sobre una de las famosas siete colinas de Roma se alza la residencia temporal de nuestro protagonista. Todas las mañanas, busca un hueco en su apretada agenda para subir a la parte más alta del palacio y, mientras contempla el paisaje, recuerda fragmentos de su pasado en los que vivía Aurora, su amada mujer. En realidad, su vida sólo se centra en recordarla gracias a la única persona a la que amó desde niño. Pero estos recuerdos no siempre son placenteros; el dolor por la muerte de su esposa se mezcla con la certeza de una infidelidad cometida por ella, hace más de cuarenta años. Esta mezcla de dolor y rabia le persigue y le hace daño, tanto o más que el cigarrillo que fuma cada mañana desde ese balcón, ignorando totalmente las prescripciones de sus médicos para preservar su único pulmón activo.
Se llama Mariano de Santis (Toni Servillo) y, desde el Palacio del Quirinal, desempeña su cargo de Presidente de la República Italiana. En Italia, el Presidente es el Jefe de Estado, pero sus funciones no tienen nada que ver con las de las repúblicas presidencialistas al estilo de Estados Unidos. El país es una república parlamentaria y el gobierno lo ejerce un primer ministro, elegido por el Parlamento y nombrado por el Presidente. Él tiene, eso sí, la posibilidad de demorar o paralizar temporalmente algún proyecto de ley con el que no esté de acuerdo. Mariano es algo más que un florero de lujo, pero algo menos que un gobernante. Pero no le importa. Es un hombre curtido en el derecho y lo único que le interesa es poder escrutar las futuras normas de la República Italiana; la política y el juego del poder le aburren. Su hija Dorotea (Anna Ferzetti), a la vez asesora jurídica, consejera y cuidadora, es el principal vínculo con la realidad que tiene. Dorotea es su conciencia, la única voz que le contradice; vigila su dieta y planifica todos los asuntos importantes. Es el único apoyo familiar que le queda en Roma. Tiene un hijo compositor que había dado muestras de indudable talento con creaciones de música sinfónica, pero escapó a Montreal para dedicarse a la música contemporánea, entendida esta dentro del difuso mundo del rap, el hip-hop, el drill, el pop-punk y toda esa colección de ritmos modernos que producirían una angina de pecho a cualquier amante de Mahler o Shostakóvich. Pero Mariano, aunque no oculta una leve decepción, en el fondo se siente orgulloso de sus hijos. Esto no lo manifestará nunca; se ha ganado merecidamente una fama de impasibilidad sentimental que le ha otorgado el mote de «hormigón armado»
Buena parte de las funciones de un presidente italiano nos las aclara Paolo Sorrentino al comienzo. Esta información es pertinente para el público de otros países y probablemente para el de Italia. Vivimos unos tiempos en los que el pueblo ha ido mostrando un voluntario desconocimiento de los engranajes de una democracia. Sólo se valora la salud cuando se pierde.
Apenas le queda medio año para terminar su mandato y debe abordar dos asuntos de sumo interés: la petición de indulto presidencial de dos personas condenadas por homicidio y, sobre todo, promulgar con su firma la ley de eutanasia presentada por el gobierno de la República. Esto último es lo que mayor conflicto interior le supone. Por un lado, el primer ministro, el Gobierno en pleno, su hija y buena parte de la sociedad progresista italiana lo reclaman por razones humanitarias. Por otra parte, su credo personal de católico practicante y las presiones del Papa se oponen a ella. Respecto al Sumo Pontífice, Sorrentino se permite la travesura de identificarlo como una persona de raza negra y con larga coleta, que lo asemeja más a un perroflauta que al Vicario de Dios en la Tierra.
Sorrentino vuelve a realizar una gran película después del último «pinchazo» de Parthenope. Pero incluso en los pinchazos de Sorrentino hay más talento que en muchas obras de algunos autores de moda. En Parthenope, hay momentos en los que el autor se recrea estéticamente en la quietud de los encuadres y nos acerca al mejor Sorrentino de La gran belleza. Hay ocasiones en que esta perfección en la búsqueda del plano da lugar a surrealistas y divertidas secuencias. Por citar la más relevante, la visita oficial del anciano presidente de Portugal al palacio de su homólogo italiano en una mañana de lluvia y viento huracanado, donde las normas de protocolo condicionan un comportamiento cómico por parte de los allí presentes hasta el extremo del patetismo. Pero el eje que vertebra la película es la disyuntiva entre la vida y la muerte. El derecho de gracia le permite al gobernante salvar de la cadena perpetua a criminales, pero, al firmar la ley de eutanasia, condena a muerte a personas inocentes (esto, obviamente, visto desde la óptica de un católico). Su indecisión llegará al extremo de permitir la larga agonía de un caballo de las cuadras de palacio para intentar mostrar que su coherencia no está condicionada por su fe religiosa.
Sorrentino nos explica que «la gracia», al fin y al cabo, es una facultad de la que disponen no sólo los presidentes, sino también el resto de los mortales. «La gracia» no solo es el perdón; el olvido debe ser su reverso y estar obligadamente unido a ella. Todos tenemos algún archivo de asuntos pendientes de resolver (pequeños agravios, decepciones familiares o conflictos de pareja) que nos esperan cada vez que los recordamos, aguardando que ejerzamos la potestad constitucional dentro de nuestra constitución interior.