Pantalla Grande

Retorno a Seúl

¿Adónde quieres ir, Fredie?



Director: Davy Chou

Guion:  Davy Chou

Fotografía: Thomas Favel / color

Música: Jérémie Arcache

Montaje: Dounia Sichov

Productores:  Katia Khazak, Charlotte Vincent

Intérpretes: Ji-Min Park,  Oh Kwang-rok, Guka Han, Kim Sun-young, Louis-Do de Lencquesaing


Idioma (VOSE): Francés, coreano, inglés

Duración: 119'

SESIÓN 03.04.24

Puede que ustedes tengan la sensación de deja vu cuando les cuente que Retorno a Seúl gira alrededor de una chica adoptada. Hace menos de dos meses les hable del problema de la adopción en Corea del Sur, con ocasión de Broker. El relato histórico de porqué este país asiático lideró durante décadas la tabla niños abandonados o adoptados por extranjeros, daría para un ciclo interesante de películas y documentales que reflejarían el drama del que fue víctima y autora aquella sociedad hace menos de medio siglo. Pero Retorno a Seúl supera con mucho la pretensión testimonial para situarse en la categoría en la que compiten las grandes películas.

Fredie (Ji-Min Park) es una joven francesa de sangre coreana. Fue entregada en adopción a sus padres europeos cuando contaba con poco menos de un año. Carece de cualquier recuerdo de su pasado asiático, pero de forma fortuita debe quedarse haciendo escala en Corea,  pues su viaje a Japón -de “mochilera” con recursos- ha tenido que suspenderse al sobrevenir la temporada de tifones. A Fredie no le importa, le encanta improvisar y encuentra un albergue para pasar unos pocos días en Seúl. El idioma no le preocupa mucho. No obstante, se asegura de que en su alojamiento hablen francés o, en su defecto, inglés. Fredie hace amigos y relaciones con facilidad, pero es una de las muchas capas con las que se protege. Es imposible saber lo que está pensando, su existencia consiste en un itinerario donde no hay sitio para los recuerdos. Es un joven tiburón que no puede dejar de nadar porque moriría; una especie de autista que, paradójicamente, necesita relacionarse con los demás evitando que los demás se relacionen demasiado con ella. “Podría borrarte de mi vida en un instante”, le confiesa a uno de sus muchos enamorados. 

En una de sus tantas decisiones improvisadas manifiesta su interés por contactar con sus padres biológicos. Un interés que, hasta entonces, nunca dio muestras de tener. Terminan concertando una cita sólo con el padre ya que su madre, no responde a ninguno de los telegramas que le manda el centro de adopciones. 

A los que esperan que su reencuentro con el progenitor y su familia coreana sea un perfecto clímax de bella emotividad, ya se pueden olvidar. El padre cree que ama su hija, pero en realidad ama el recuerdo de una niña que nunca llegó a tener, más allá de unos meses. Fredie se siente desubicada, no entiende su lengua y se empieza a arrepentir de esa cita poco después de concertarla. A pesar de ello, su familia de sangre intenta convencerla para que se quede en Corea. Esa petición le irrita aún más, necesita huir, pero no sabe dónde. 

La relación con su padre, la no-relación con su madre o el perderse en los tugurios de Seúl con amigos distintos cada día, nos muestran todas las capas con las que oculta su tremenda soledad interior. Sabe usarlas como máscaras de teatro clásico coreano o japonés, que le ayudan a adaptarse a cada momento. Por eso, lo que pretendía ser una visita breve a Corea se convierte en una estancia de años, contada de forma excelente en tres actos perfectamente marcados: La llegada a Seúl, sus años de yupi de día y “malota” de noche; terminando con una introspección que le muestra en lo que se ha convertido y en una serie de acontecimientos finales bellos, pero a la vez muy amargos. Podríamos decir que en la primera hora se nos muestra la Fredie vista por los demás y en la segunda mitad a un alma atormentada perfecta,  formada por un cúmulo de perfectas imperfecciones. Es posible  que todos nosotros seamos como Fredie, sólo que ella lo es a tiempo completo.

El director, Davy Chou, sabe también lo que es el desarraigo. Nació en Francia, de padres camboyanos que huían del genocidio que padeció el país en los años setenta. No es adoptado, pero conoce lo que es sentirse de niño extranjero en su propio país. Se considera francés, aunque también volvió a su patria familiar para rodar la ópera prima: Diamond Island, un fresco que retrata la transformación al capitalismo más kitsch de una juventud heredera lejana de ese siniestro año cero que creó Pol Pot. Con Retorno a Seúl asciende unos escalones más y, de alguna manera, se contagia del extraordinario talento procedente de la cinematografía coreana, facturando una película que, si no es una obra maestra, se le acerca bastante.

Retorno a Seúl consigue que empaticemos con alguien tan poco empático como Fredie, convirtiendo su experiencia en una road movie emocional, donde la vida nos apremia a que escojamos el camino adecuado. Pero, ya lo dijo el gato de Cheshire: “Si no sabes adónde quieres ir, no importa qué camino sigas”.  Somos las decisiones que tomamos y cada vez que lo hacemos nos recuerdan una vez más que se vive como se muere: solo.

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