En agosto del año 2000, el fuego arrasó 2.500 hectáreas, en su mayor parte de pinar, puso en peligro al pueblo entero (estuvo a punto de ser desalojado) y dejó una huella imborrable.
Vecinos y autoridades han recordado aquellas horas críticas, los medios desplegados, la solidaridad vecinal y la lenta pero firme recuperación del monte.
Además, los testimonios han servido para rememorar la emoción, la angustia y la esperanza de aquella jornada que unió a todos los pueblos del Izana frente a las llamas.
Veinticinco años atrás. Unas horas terribles. Se producen unas imágenes nunca esperadas. Todos colaboran… Con vistas del fatal incencio comienza el documental.
Tras esta introducción, Caraba nos muestra los testimonios de aquellos que vivieron tan graves sucesos. ¿Dónde estaban? ¿Cuál era la situación? ¿Qué ayuda podían ofrecer?
Afirman que no estaban preparados para aquel inesperado incendio. Unos ayudaron utilizando cubos y ramas; otros, llevando agua y bocadillos a los que trabajaban intentando extinguir el incendio. Un incendio que se extendió con gran rapidez en el que el viento influyó negativamente, aunque los cambios de dirección evitaron que llegara al pueblo, a Tardelcuende. De todos modos, estuvieron preparados una serie de autobuses para evacuar a los vecinos si hubiera sido necesario. «Se pasó mucho miedo«, afirma una vecina.
La lluvia generada por una tormenta nocturna favoreció la extinción del fuego. Lo que no evitó que la gente mayor llorara ante lo que nunca había visto. Una situación donde tuvieron que utilizar sábanas mojadas sobre cabeza y cuerpo para poder entrar en el bosque. Bomberos y voluntarios quedaron impresionados al contemplar cómo de manera súbita saltaban las piñas a grandes distancias debido al calor. El fuego evolucionó de sur a norte con la suerte de que cambió la dirección del viento y evitó males mayores. Se produjeron diversas lenguas y el viento hizo también que las llamas se desarrollaran en las copas de los pinos. Las brigadas se relevaban cada diez horas, descansando cinco.
«Las máquinas, comentan los testigos, realizaron calles que lograron cortar el avance del incendio y conseguir perimetrarlo, porque el momento era muy complejo, ya que el pino resinero es como una antorcha, y había que acotar los flancos para estrangularlo.» En esta gravísima situación, los medios aéreos fueron fundamentales, así como los técnicos que vinieron de León, Zamora y Valladolid.
Mercedes Melendo asegura que para su padre, Manuel, «fue uno de los peores días de su vida.«
Por su parte, David Ormazábal habla de la movilización de los medios y del magnífico trato que recibieron los periodistas por parte de la población de la zona en aquellas largas horas de trabajo.
Poco tiempo después del fatídico 25 de agosto del año 2.000, José Antonio Díaz y Susana Gómez Redondo realizaron una exposición y un libro con fotografías del primero y textos de la segunda, ambos de extraordinaria calidad, material que tiempo más tarde sirvió para que Víctor Cid dirigiera un vídeo con ellos.
En la segunda parte de su documental, Caraba profundiza en los testimonios de la recuperación de la zona.
Se asegura que, después del incendio, se sacó la madera, y dos años después se comenzó a repoblar, teniendo en cuenta que el 80 % se regenera naturalmente. Y ya entre 2004 y 2007 fue a un ritmo muy rápido, alcanzando dos millones y medio de pinos en doscientas hectáreas sembradas. Con el fin de evitar posibles nuevos incendios, en la repoblación se hicieron caminos, cortafuegos y se arreglaron cien kilómetros de pistas.
En la comarca del Izana «se vive el monte como si fuera parte de tu casa.» La colaboración comunitaria es extraordinaria. Antes había sido Monte de la Mancomunidad con ingeniero propio.
El aprovechamiento resinero fija la población (la película muestra cómo se extrae la resina). Para el alcalde de Tardelcuende los resineros tradicionales han vivido hasta dos generaciones de pinos en «una profesión solidaria: No es que fuera un medio de vida, era la vida.» Y continúa: «El monte, cuanto más se cuida, más produce» y es necesario aprovecharlo.
Los últimos minutos del vídeo se dedican a comentar la evolución positiva de la zona durante estos veinticinco años, a contemplar el futuro con optimismo. El momento «hay que verlo con esperanza. La experiencia nos dice que hay que unir a la gente, dejar un legado de los que han vivido antes.«
«La naturaleza ha hecho su función. El monte se ha recuperado. queda la ilusión de volver a ver el monte como estaba. Veinticinco años después, se vuelve a ver el monte.«
Del negro al verde, una obra de destacada importancia testimonial y gran calidad visual.