Cuando Parker asumió el encargo de hacer una versión cinematográfica de la obra Evita, sabía que tenía ante sí tres de retos. El primero era despojar a la película el ropaje de opera de Broadway, sin que perdiera su indudable carácter musical. El segundo, más difícil aún era juntar Andrew Lloy Webber con Tim Rice para realizar los oportunos cambios en la película. Esta pareja había tenido momentos de éxito en el pasado, pero, por distintas razones, las relaciones entre los dos se habían roto y caminaban por separado. El tercer y último obstáculo, era enfrentarse a todos los millones de personas, la inmensa mayoría de Argentina, que consideraban a la primera mujer del General Perón, poco menos que una diosa sobre la tierra o la personificación de la Virgen María con acento porteño. Debo decir que este último problema tuvo un mal arreglo, por no decir que no tuvo arreglo. La figura de Eva Perón trasciende las ideologías en Argentina y es adorada por un amplio número de compatriotas, poco importa que en su vida haya bastantes sombras también.
El primer paso era cambiar parte del texto y las situaciones, liberando al personaje del cliché, al igual que a la figura del Che. Del guion se encargaría Parker y Oliver Stone y para todo lo que fuese modificar la letra o introducir nuevas aportaciones musicales, estaban la pareja de enemigos, reconciliados temporalmente. Sin traicionar la historia que pergeñó Tim Rice, fueron liberando de polvo esa clásico de Broadway. Añadieron una nueva canción compuesta por los dos y que redefiniría mejor al personaje.
El paso por la Argentina fue motivo de polémica. Madonna era una cantante controvertida y provocadora, no era precisamente Julie Andrews, a lo largo de su vida de estrella de rock ha tratado de unir su talento a la búsqueda de cierto escándalo calculado. Por ese motivo, el rodaje se limitó a alguna escena en el balcón de la Casa Rosada y secuencias sueltas por Buenos Aires. No muchas porque la ciudad que conoció Evita había cambiado mucho desde entonces, y no para bien, precisamente.
El rodaje por las calles de Buenos Aires, sus casas señoriales y palacios, tuvo que hacerse en Budapest.
Al final, polémicas aparte, la Evita de Alan Parker conserva la esencia de la original, pero con un “barnizado” que la mejora. Pero tienen que saber una cosa, si no les gustó Evita en el patio de butacas de un teatro, es posible que tampoco les guste ésta. Échenle la culpa a Lloyd Webber y Tim Rice. Nosotros la hemos seleccionado porque merece la pena y porque nos permite tener una visión global de la música en el cine de Alan Parker.