Pantalla Grande

The innocents

Niños malos



Director: Eskil Vogt

Guion: Eskil Vogt

Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen (Color / 2.40:1)

Música: Pessi Levanto

Montaje: Jens Christian Fodstad

Diseño de Producción: Simone Grau Roney

Dirección Artística: Marius Winje Brustad

Vestuario: Marianne Sembsmoen

Productores: Maria Ekerhobd, Misha Jaari, Mark Lwoff

Productor Asociado: Ragna Nordhus Midtgard

Co-Productores: Eva Jakobsen, Mikkel Jersin, Lizette Jonjic, Katrin Pors, Magnus Thomason, Eskil Vogt

Productores Ejecutivos: Dave Bishop, Celine Dornier, Axel Helgeland, Eric Tavitian

Intérpretes: Rakel Lenora Fløttum, Alva Brynsmo Ramstad, Sam Ashraf, Mina Yasmin Bremseth Asheim, Ellen Dorrit Petersen, Morten Svartveit, Kadra Yusuf, Lisa Tønne, Erina Eidsvold Tøien, Marius Kolbenstvedt, Kim Atle Hansen, Nor Vaagland Torgersen


Idioma (VOSE): Noruego

Duración: 117'

SESIÓN 10.04.24

Una parcela particularmente espinosa dentro del cine fantástico y de terror es la que se encarga de retratar los comportamientos anómalos del colectivo infantil. Protagonista de no pocos títulos inolvidables, desde The bad seed (Mervyn LeRoy, 1956) hasta El otro (The Other; Robert Mulligan, 1972), pasando por las obras maestras de Jack Clayton ¡Suspense! (The innocents, 1960) y A las 9, cada noche (Our Mother’s House, 1967), o la española ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1975), esa “infancia perversa” ha proporcionado buenas dosis de escalofríos, pero, sobre todo, ha invitado a abrir de vez en cuando el debate irresoluto sobre el origen y la presencia del mal en el ser humano. Ante la posibilidad de aceptar y normalizar la crueldad como un rasgo inherente al homo sapiens, cabe preguntarse si ese pecaminoso gen ha formado parte de nuestro ADN desde siempre, o si lo hemos adquirido con posterioridad a consecuencia del devenir vital. Asunto éste que siempre genera controversia y que, en estos tiempos de corrección política, (auto)censura intelectual y cancelaciones varias, parece haber alcanzado la categoría de tabú, a pesar de que la reciente proliferación de atrocidades protagonizadas por menores debería estar haciendo saltar todas las alarmas sociales, educativas y paternofiliales.

Por lo tanto, debemos calificar de valiente a Eskil Vogt, director de The innocents (De uskyldige, 2021), por su audacia al penetrar en la zona más oscura del mundo infantil, sosteniendo que la crueldad no es un “privilegio” exclusivo de los adultos. No obstante, Vogt desarrolla su tesis mediante el siempre agradecido recurso de la fábula, lo que permite abordar casi cualquier cuestión de la vida real, por delicada que parezca, mediante la terapéutica dialéctica metafórica de un cuento o, en este caso, un film de terror. Una fórmula ya utilizada en su primer largometraje como realizador, Blind (Blind, 2014), y, sobre todo, en algunos de sus mejores guiones para el director Joachim Trier, entre los cuales sobresalen La peor persona del mundo (Verdens verste menneske, 2021) y Thelma (Thelma, 2017), este último un magnífico film de carácter fantástico, donde el elemento sobrenatural —real o imaginado— servía, como en su ópera prima, para perfilar la personalidad de su atribulada protagonista.

The innocents narra la mudanza durante los últimos días del verano de dos niñas de corta edad, Ida (Rakel Lenora Fløttum) y su autista hermana mayor Anna (Alva Brynsmo Ramstad), en compañía de sus padres (Ellen Dorrit Petersen y Morten Svartveit), a un barrio periférico de Oslo donde acaban de fijar su nueva residencia. Antes de que el grueso del vecindario regrese de las vacaciones, entre los bloques de apartamentos medio vacíos y un espeso bosque cercano, Ida y Anna hacen amistad con otros dos niños residentes, Ben (Sam Ashraf) y Aisha (Mina Yasmin Bremseth Asheim), descubriendo poco a poco, como parte de un juego infantil, que los cuatro poseen sorprendentes poderes telepáticos y de telequinesis. Sin embargo, la diversión degenera pronto en una serie de situaciones inquietantes y paulatinamente descontroladas, ignoradas por los adultos, pero que suponen una amenaza real e inimaginable para la comunidad. Película de cocción lenta, la tragedia se va fraguando de manera inexorable hasta desembocar en un clímax tan sobrio como espeluznante, que, evitando las formas enfáticas y estridentes del actual cine de género, sobrecoge al desplegar una intensidad emotiva como nunca se ha visto (ni se verá) en un film Marvel. En este sentido, la austeridad nórdica de Vogt se encuentra mucho más próxima al M. Night Shyamalan de El protegido (Unbreakable, 2000), que a cualquiera de los mamotretos digitales con súper poderes manufacturados recientemente en Hollywood. Permitiendo, además, no desviar la atención de lo que aquí importa, como es una reflexión profunda y sincera acerca de la infancia, ese universo complejo y maravilloso al que los adultos han perdido toda posibilidad de acceso, y que encierra una forma privativa y desacomplejada de entender la vida y las relaciones sociales, donde la felicidad, la angustia y la crueldad conviven en un cosmos desordenado e impredecible, pero, a su vez, generador de vida. En palabras de su director: «Creo que los niños están más allá del bien y del mal, o, mejor dicho, antes del bien y del mal. Pero no creo que sean angelitos, que nazcan puros. De hecho, al principio carecen de cualquier sentido de la empatía o de la moral, algo que, no me cabe ninguna duda, debe ser enseñado (…) Pero el verdadero sentido de la moralidad ha de estar en tu interior, en lo que percibes de forma espontánea como bueno o malo, y para descubrir esa brújula moral el niño debe experimentar transgrediendo lo que los padres dicen que es correcto o incorrecto. Para mí era importante que incluso el niño más peligroso de la película no fuera simplemente un malvado. Que todos mantuvieran su humanidad».

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